Si bien no estuve por allí, sí seguí la retransmisión vía Twitter (un poco desangelada, quizás por el efecto “más de lo mismo” y que a estos encuentros no asiste tanto quien lo necesita para innovar sino quien busca “hacerse ver”). Aunque no es mi intención aquí y ahora escribir sobre este asunto, otra vez, ya muchos saben lo que pienso al respecto; faltan eventos útiles, es decir, de aprendizaje colectivo dentro de la profesión o de formación y guía para quienes deseen autogestionar sus estrategias online...
... bueno, al lío que me extravío. La ironía me pierde.
El asunto es que por allí anduvo Javier Sánchez Lladó, responsable de paquetería e-commerce (ahí es ná) de Correos y Telégrafos de España... d-e C-o-r-r-e-o-s... uno de los actores del teatrillo de marionetas de las aduanas canarias, por si organizadores, asistentes o viandantes no recordaban tan peculiar asunto. Sánchez Lladó, un mandado dentro de la organización, como lo somos todos dentro de las nuestras o dentro de las organizaciones de nuestros clientes, dio sus consejos,
Si bien hace ya casi tres años que no tocaba este tema en el blog, tantos como llevo sin ser coleccionista, cosas de dedicar mi tiempo a crear una empresa; y haberlo explicado ya en su momento, cosa de revolver en la hemeroteca de esta u-erre-ele; veo conveniente recordar como está el asunto, en el momento actual y desde el punto de vista del ciudadano, que es el que nos afecta, ya sea porque consumamos -quien pueda en estos tiempos- o porque vendamos -quien se atreva-.
Haciendo memoria de la historia
Cuando desapareció nuestro querido puerto franco, de las pocas cosas buenas que el viejo Francisco nos dejó en herencia (un dictador católico que gobernó las españas durante unas cuatro décadas -wiki para los nativos digitales-), perdimos un sistema aduanero relativamente independiente y autónomo de lo que era el área peninsular y que fue impulsado por una burguesía capitalina, de Las Palmas y de Santa Cruz, con un fuerte arraigo europeo, especialmente inglés.
Aquello, para quienes aún lo recuerden, hizo de las islas un destino no sólo turístico sino un lugar donde venir a comprar tabaco, donde comprar electrónica de última generación, a mitad de precio, donde la gasolina costaba mucho más barata, donde los automóviles que los madrileños imaginaban aquí circulaban por nuestras calles. Un pequeño paraíso donde una población con el salario medio más bajo del país disfrutaba de las mieles de una abundancia de productos made in The World a unos precios, más o menos, asequibles, envidia de valencianos, toledanos, asturianos... catalanes... sorianos.
Supongo que, como todo en esta vida -incluso en las estrategias social media-, el sistema era mejorable así que tendría sus detractores. Supongo, porque el puerto franco era parte de la idiosincrasia canaria. Eso nos hacía un poquito diferentes, formaba parte del orgullo isleño; reconocía implícita aunque no explícitamente cierta independencia, si no política, sí (casi) económica. Daba virtud al hecho geográfico -mal que le pese al hombre del tiempo- de unas islas que estaban a 2.000 kilómetros de Madrid.
Aquel entramado, pues, necesitó de su propio sistema aduanero, que fue delegado en las concebidas y respetadas agencias y en las empresas de transportes, quienes se encargaban de hacer todo el papeleo y de recaudar, para la Hacienda central, los consabidos impuestos reducidos. Es decir, aquella “libertad” le convenía al estado porque de ella también sacaba algo que devolvía, en parte, a las islas a través de las ahora moribundas delegaciones provinciales. Y en el tránsito de las cosas el lobby aduanero rascaba su ganancia, no pequeña, generaba puestos de trabajo, codiciados, y pasaba a formar parte de las burguesías capitalinas.
Matando a la gallina: caminando hacia Europa
Cuando la piel de toro y su clase política aspira, unas cuantas décadas atrás, a formar parte de ese amasijo de intensiones en ocasiones amables, en otras perversas, que es Europa y su mercado único, más pensando en las oportunidades para el tejido productivo repartido por el área peninsular, al que se le abrían prometedores horizontes -y que luego iría sufriendo el efecto de los que compiten desde el norte, la falta de un mínimo de protección y el esnobismo hispano-, que en las cosas que pasaban 2.000 kilómetros más abajo, justo entre Baleares y Túnez, aquí, cierto lobby capitalino se pone nervioso.
Es decir, si entramos en un mercado único, que función tenemos nosotros, los aduaneros. Y si no tenemos función, si por nuestras manos ya no pasa ningún papelote oficial que justifique seguir rascando beneficio extra del tránsito de mercancías, más allá del propio que genera el hecho de transportar... ¡Ay, madre! ¿De dónde sacaremos perritas?
Y ahí, las mentes lúcidas parieron:
- el impuesto general indirecto canario, el IGIC, que pretendía mantener una zona impositiva diferenciada que no agravara el coste de la vida en las islas, ya que nuestra riqueza, distribuida, era menor, lo que hubiera causado una crisis local que habría perjudicado al consumo a través de una subida de precios generalizada como consecuencia de un IVA no adaptado, situación donde muchas empresas hubieran caído en pérdidas, afectando sobre todo a nuestro principal cultivo, el turismo;
- y la zona especial canaria, la ZEC, que pretendía gestionar el hecho diferenciador aduanero o sacar provecho de él y justificaba su existencia, además, porque sería un atractivo para el mercado inversor. ¡Ilusos! Al menos daba nombre a un nuevo formato, más europeo y moderno, de lo que era el viejo puerto franco, que además rememoraba cierto pasado al que no deseábamos volver.
Aún, y por si acaso alguna queja popular, se creó o se mantuvo la figura de la autogestión, que estaba reconocida -y sigue reconocida- en la normativa. Ocurre que entre lo opaca que es la información y que aunque te lo autogestiones, el aduanero puede seguir cobrándote si le da la gana, porque puede retener tu mercancía -algo que hace hasta nuestro Correos- pues la cosa estaba y sigue estando como un poco jodida.
Correos cierra la puerta de atrás
Y menciono a nuestra querida empresa en lo positivo -en pasado- y en lo negativo -en presente- porque todo este asunto del IGIC dejó al margen, con intención o por despiste, a la institución que por tradición y en este país se encargaba, antes de Internet, en mantener comunicados a sus ciudadanos, como consecuencia de la hermosa costumbre de escribir a mano mensajes de cariño o de riña, en negro, azul o rojo, según el BIC del momento, sobre blanco o blanco a rayas, según lo disponible de la ocasión.
Correos ocultaba un pequeño ir y venir de mercancías que la propia legalidad permitía, ya que estaba exento del asunto impositivo toda ida y venida por importes inferiores a 25.000 peseticas, 150 euros. Así, uno podía comprar por catálogo libros, revistas, discos, ropa o coleccionar cualquier cosa que le placiera y disfrutase, porque el camino de atrás estaba libre, y además era lícito. Y también vender.
Pero ocurrió que hacia el verano de 2009, con el estallido de la crisis, la privatización de Correos, un poco antes o un poco después, y que esa querida institución era víctima oculta y callada de Internet -los nativos digitales ya no escriben de puño y letra misivas de amor ni de odio-, algún nuevo gurú de la gestión empresarial contratado para maximizar beneficios cayó en la cuenta que poner unos guardas en la puerta de atrás con la función de cobrar peaje le aportaría sustanciosos beneficios -hasta o sobre los 2.000.000 de euros, calculé yo una vez-. Dicho y hecho.
Un poco antes Correos empezó a derivar paquetes voluminosos a aduaneros privados que cobraban, como siempre, los que ellos querían -la norma pone desde-. Así la vieja empresa nacional podía aprender el cómo y, sobre todo, evaluar el cuánto le podría repercutir. La cosa es que, negocio le vio quien tenía que tomar la decisión porque empezaron a gestionar ellos mismos el DUA (documento único aduanero que pretende, vía ocultismo y magia, complicar lo simple diciendo que se simplifica lo complejo) facturando 6,30 euros por un papel impreso que ponía 0 euros de IGIC. Es decir, gana la banca, pero no la autonómica.
Frente a las primeras quejas de los ciudadanos que poníamos el grito en el cielo, los
Y como resultado, un eRoadShow
Llegamos a 2013, el comercio electrónico se presenta como la tabla de salvación para muchos pequeños y medianos negocios del país. ¡Ah! Sí, claro, también para Canarias, políticamente seguimos siendo España, aunque no estemos en el venerado mercado europeo.
Los social media isleños, como en cualquier otro lugar, cantan el mantra del e-commerce porque en un momento donde el consumo cae en picado, ampliar límites geográficos, sobrepasando el localismo es una alternativa de supervivencia para muchos. Con lo que no contábamos es con que nuestra propia administración autonómica fuera cómplice de ciertos viejos lobbys y cierta gran empresa pública poniendo vallas y candados al comercio, no ya exterior, sino al que deberíamos de considerar interior, con la España peninsular y todo lo que hay desde ahí y hacia arriba, en algo que llaman Unión Europa.
Como remate, hay que oír a un señor reconvertido no hace mucho a lo digital, darnos consejos cuando su empresa ha sido, y es, cómplice de esta situación de “militarización” aduanera. O escuchar un caso de éxito cuyo ingrediente secreto es... marcharse a Madrid. ¡Tain! ¡Tachán! Y para oír eso cobraron 18 euros a cada pobre asistente.
Qué alternativas nos quedan
Al ciudadano canario no le quedan muchas opciones. Si quieres comprar un respuesto para tu vieja moto, si buscas una maqueta, si tu prima te manda un traje desde Soria, si tu amigo de Barna te quiere regalar un libro, si deseas tener el último regulador de aire... además del IGIC -y yo soy el primero que quiero pagar lo debido-... unos señores, vestidos con traje... o con polo amarillo... van a estirar la mano para que pagues un impuesto no reconocido, pero conocido como gestión aduanera, de la que te dirán, mentirosos ellos, que es cosa de la Hacienda canaria pero no te dirán que es para sus propias y privadas arcas.
En resumen, no hay alternativas, o pasas por el aro o te quedas con Zara, AlCampo y poco más. Porque un mercado tan restrictivo tiende a la homogeneización del consumo matando la diversidad de gustos y placeres, de opciones de vida. El mapa de distribuidores oficiales “sólo para Canarias” que el puerto franco hizo germinar como setas ha desaparecido, víctimas de la ZEC -¡qué cosas!-. Los mayoristas locales compran a mayoristas nacionales, así que el producto se encarece porque la cadena de intermediarios se multiplica, como las malas gripes. Algo en lo que ganan especialmente aduaneros... y Correos. ¿Quieres pruebas? ¿Por qué crees que tenemos la cesta de la compra más cara del país? ¡Ingenu@!
Para el tejido empresarial pequeño, ese que crea la diversidad, tampoco le quedan alternativas. Seguir tragando ajo aunque eso implique encarecer el producto en el punto de venta. Para quienes ven en el comercio electrónico una alternativa, un cubo de realismo frío y desagradable, porque van a tener muchos problemas para vender a un toledano, a un murciano o a un sevillano, ni te cuento a un inglés, alemán o noruego -venderles en destino desde las islas-.
Una vía de salida
La única vía de escape, una alternativa para las islas, ahora mismo, es vender conocimiento. Tenemos suerte, el conocimiento no hay que empaquetarlo. Aquí el señor Sánchez Lladó -y no es que la haya cogido con él, sino que el hombre representa a quien representa- no tiene mucho que pintar, ni decir. Ni necesitamos “trasladarnos a Madrid” para ser un caso de éxito. Podemos vender, en igualdad de condiciones, un veintitantos por ciento más barato a las empresas peninsulares, o europeas.
Ahora mismo, para ser franco, de nuevo, montar una tienda online para exportar producto fuera de las islas es una opción barata -incluso muy barata, si usted se deja asesorar bien- a nivel de recursos tecnológicos y hasta sencillo de implantar -le cuenten lo que le cuenten- pero compleja, esquiva, molesta y hasta desilusionante en su parte 1.0, aunque suene extraño que en estos tiempos que corren donde lo que necesitamos son alternativas se quieran limitar tanto las oportunidades.
Así está el asunto. Es posible que todo este texto esté lleno de incorrecciones. Que la ironía, como suele ser habitual, se me haya ido de las manos. Que la redacción no sea la más creativa. Pero mire usted, lector o lectora, es lo que hay, es lo que tenemos y es algo sobre lo que, ahora mismo, no hay ninguna intención de poner solución. Porque hay unos pocos que ganan mucho, a su costa y a la mía.
Con todo mi cariño,
Ángel Cabrera,
ciudadano y canario.