No tengo una gran relación con mi padre. Es cierto. ¡Para qué negarlo! (Tampoco voy a dar más explicaciones.) Pero él me enseñó a conducir. Cuando era jóven, allá por los años cincuenta del siglo XX comenzó a trabajar para un taller de mecánica, pero como me ha contado en alguna ocasión, no ganaba de aprendiz ni para el jabón para lavarse la grasa de las manos. Así que pasó de aprendiz a un taller de carpintería. Y carpintero fue. Hasta que se pasó a repartidor de pan.
Y siendo repartidor de pan vine yo al mundo, un día lluvioso de marzo de 1971. Y mi vida transcurrió, en parte, en furgones de reparto.
El primer vehículo del que tengo recuerdos fue un
Morris Minor 1000 Van comprado en 1970 por unas 70.000 pesetas, de las de aquel tiempo (y si no fueron 70.000, fueron 40.000 ó 60.000, pero por ahí iba la cosa). Creo que fue el primer furgón de reparto que tuvieron mis padres. Porque a todo esto he de decir que el trabajo era de ambos. Mi madre, por supuesto, llevaba la parte más pesada. Lo cierto es que el reparto lo empezó ella. (Y de esto tampoco voy a dar más explicaciones.)

No recuerdo que fuera blanco, sino de un color azul cielo claro. Un tío mío, por parte de madre -que dirían los viejos-, tenía otro, ese sí, de color blanco hueso. Si mal no recuerdo. Me encantaba aquel furgón. No sé por qué. Recuerdo que de regreso a casa me montaba
a caballito sobre las cestas de caña, grandes y redondas, en la parte trasera, dejándome caer hacia los lados en las curvas. Me encantaba. Otro de mis juegos preferidos era deslizarme por el hueco entre el faro y el capó del motor. Creo que aún se conserva en casa de mi padre algún intermitente de repuesto y alguna pequeña pieza más.
El furgón de mi padre se vendió para ser sustituido por una
flojilla y nacional SIATA, de la que hablaré algún día. El Morris, creo, no estoy seguro, que lo compró un mecánico y la tuvo rodando bastantes años. Luego se le perdió la pista. La de mi tío desapareció en el desguace, casi con toda seguridad.
A mediados de los años noventa, antes de empezar a coleccionar miniaturas, estuve a punto de comprar una, de segunda mano, parada en un solar desde hacía tiempo, pero su dueño, ante la moda de los clásicos que hubo en aquellos años, me quiso pedir, en aquel entonces, 300.000 pesetas. Decía que era
un coche antiguo. Hice bien en no comprarla porque reconozco que aunque me apasionan los automóviles, soy un poco desastre para su conservación.

En este pasado verano (de 2008) fui a la
V Feria-Exposición de Automóviles Antiguos de La Orotava (Tenerife, Canarias, España). Y allí estaban, tres magníficas piezas, restauradas con un esmero exquisito.
No sólo tuve la enorme satisfacción de fotografiarlos, de que el dueño de una
Minor Traveller de origen inglés, con volante a la derecha, me dejara subir y él mismo me fotografiara al volante de este pequeño vehículo, sino que poco tiempo después de publicar las fotos y el artículo, los propios dueños de estos tres pequeños utilitarios y algunos de sus conocidos dejaron comentarios y hasta alguna información más para poder ver la restauración de otro Morris. Luego, por falta de tiempo y por exceso de proyectos e ideas nunca acabé por establecer y aprovechar ese contacto. Pero es algo que tengo en la lista de
pendientes.
Como he dicho antes, en este blog,
ArteCar24.com está llena de historias.