viernes, 19 de junio de 2009

No sólo las barreras arquitectónicas, también las mentales

La verdad es que en los últimos años se va haciendo un esfuerzo en pro de aquellos a los que los azares de la vida, por un motivo u otro, ha puesto alguna limitación física en su movilidad y por lo tanto se ven obligados al uso de una silla de ruedas.

Ya es difícil, aunque no imposible, encontrar un espacio público al que acceder sea un calvario o un verdadero reto, difícil de alcanzar. Unas administraciones lo solucionan con rampas y otras con ascensores de escaleras. Poco a poco se van poniendo soluciones.

Lo que parece que no se soluciona es la educación y la mentalidad de aquellos que no nos vemos en esa situación, y ejemplos hay muchos, como el que enlazo aquí. Y el que narro ahora, es otro.

Pasaba hoy por delante de un Instituto Social y Sanitario de cierta administración local, y no mencionaré aquí al pecador para evitar susceptibilidades, cuando veo que el subalterno de la puerta había colocado una rampa para que una mujer en silla de ruedas pudiera acceder al edificio (hasta aquí, perfecto), cuyo punto de entrada es una estrecha puerta y un escalón (en realidad la puerta es amplia, pero sólo abren una de las hojas).

Lo patético, lo cabreante, es ver a ese mismo subalterno, saludar a unas pibitas que casualmente pasaban por allí, y le resultaban ser conocidas. Detrás del grupito, apostados él y ellas en la rampa, cual atril, esperaba la mujer en su silla de ruedas, al solajero, con paciencia. Digo yo que este señor acabará tarde o temprano su cortejo y las chavalitas seguirán su camino.

Un poquito de po'favó.