domingo, 16 de agosto de 2009

El bloguero vanidoso (¡ya será menos!)

Escritor y su vanidadY no voy a escribir de Dans, Galli, Wicho, Orihuela y otros personajes que sigo habitualmente (no a las personas, pues a éstas sólo se las conoce, y luego se las persigue, en vivo y en directo, al borde de una cerveza en verano o de un buen café en invierno) sino de un ser más perfecto, de mejor técnica y escritura, de amplio conocimiento y espectro funcional, de una magnanimidad inconmensurable, de... de... de... voy a hablar de mi... (TIC TAC TIC TAC TIC TAC).

De acuerdo, ni yo me creo la parte central de ese párrafo tan poco afortunado. Ahora bien, te advierto, y quedas señalado, pues si te aburren las confesiones bloguerianas, cambia de canal porque éste no es tu reality de hoy. Todo empieza porque aquí y allá Kyles sin ombligo marcan el paso al ombliguismo del bloguero de categoría desconocida. Aquí y allá leo que, parece ser, son (somos, si puedo incluirme) unos cazadores de vanidad, pulidores del ego, buscadores empedernidos de la atención ajena, del reconocimiento y del vitoreo breve.

Y puede ser porque a los hechos personales me remito, que mejor prueba que esa no creo que obtenga. Por lo general, la cosa bloguera en mi caso funciona así. Primero se me ocurre un tema del que me gustaría escribir y me agradaría aún más, opinar, que por eso no cobran, aunque hay veces en que se debiera. Escribo mentalmente durante horas. En el trabajo, en la playa, en el monte. Voy componiendo frases, giros, metáforas y estribillos que voy archivando para luego ser tecleados a 300 pulsaciones por minutos. Si mi corazón (físico) hiciera caso a mis dedos ya me habría dado un patatus cardiaco.

Luego vienen las lecturas repetidas para corregir faltas ortográficas, estilográficas y de redacción; para intentar entenderme y pulir algo el asunto, no sea que quede enrevesado, tendencia natural en mi caso. Y aún así, siempre se escapan erratas como camiones, de las que te enseñan los dientes y no dejas de correr hasta encontrar al exterminador de guardia.

Viene después la miradita rápida a mi galería de imágenes y si no encuentro cosa gráfica que ilustre la idea, me zambullo en el Google Imágenes en busca del acento fotográfico que le falta al texto. Intento no olvidar añadir la coletilla "imagen encontrada en", pero no siempre, porque a mi neurona no le gusta estar en todo y prefiere despistar sus tareas.

Y a por la difusión. Hasta este momento no ha sido sino cosa de ejercicio escolar. Un baño en la tarea colegial que nunca hice y que ahora me empeño en realizar con esmero de ejecutivo fino. Primero se bitacorea el artículo. Al Menéame ni se me ocurre, pero rezo a mi ratón para que algún prestigioso usuario de acentuado karma se pase por aquí y quede enganchado a mis frases, cosa poco fácil por otro lado. Luego el tuiteo entre una pequeña red de seguidores que dejé de alimentar hace ya algunos tiempos; y después el facebuqueo, claro. Pero últimamente sólo lo uso para mantener el contacto con viejos amigos y conocidos, de los de carne y hueso. De los que el tiempo y no la distancia se empeña en mantener a un par de calles en lo físico, suficientes como para no tropezarlos en 10 años, aunque sigan paseando tan campantes en los recuerdos casi a diario.

En los días siguientes me cuelgo del Analytics, pero no ya del Adsense (¡menos mal!) y de los votos que se pueden recopilar aquí y allá. Espero un comentario, o dos, algo que alimente la satisfacción de saberse leído. Busco y visito algún cuaderno de viaje digital relacionado con el tema redactado; comento y ya de paso, enlazo, trackbaqueo que dicen, si puedo, tal y como recomendó Dans hace ya casi tres añitos. Hago un esfuerzo por no caer como spammer ni hoygan, como si el misterioso hecho de escribir bien (o intentarlo) ya nos diferenciara de los segundos -evidente signo de arrogancia- y nos alejara de la temible primera etiqueta. (Y es que spammers somos todos, al menos una vez en la vida, como canta una de nuestras murgas chicharreras -más o menos-.)

Así que, poniéndome en la piel de mi acusador, creo que, efectivamente, tiene razón. ¿No es cierto? A la confesión del acusado me remito sin necesidad de mayor prueba.

Como bloguero de segunda categoría, según la inefable e inteligente clasificación de Marcelino Madrigal no cabe duda de que ando esclavo del netfreeworking, es decir, construir contenido en red esperando una fama, que deseo acompañada de dólares y euros, pero sin llegar a recibir más que lamentables céntimos del Adsense (¡y ya machaqué en mi teclado lo de Adsense no mola, así que ya cumplí!).

Podría recurrir a lo de con 14 años ya escribía y bla, bla, bla..., pero no viene a cuento. Porque es cierto. Todo los autores, todos los compositores, todo aquel que genera o crea en algún sentido o forma es un enorme vanidoso, un gran egomaniaco, inteligentemente camuflado, sutílmente disimulado. Indistintamente de si es leído o escuchado, mucho o poco, de si su pintura se vende por infumables cantidades o la malvende el propio artista en el rastro de turno. Porque finalmente sin esa escalofriante y tenebrosa virtud, todas las grandes obras, todos los grandes (y los pequeños) creadores de todos los tiempos (y de nuestro presente), hubieran sumergido sus creaciones en el sótano del olvido. ¿Qué es, entonces, un blog sin lector? ¡Nada!

Así que, efectivamente, tenías razón. Vanidoso, en busca de reconocimiento que alimente mi intención de seguir escribiendo; en cacería tras un comentario, tras un voto, tras un meneíto divino, tras el suma y sigue de un nuevo seguidor... en definitiva, un vanidoso aspirante a escritor tras la presuntuosa idea de ser leído.

(¡Menos mal que es verano y a estas fechas y con esta pinta nadie lee por estos páramos! ¿O sí?)

¿Y tú? ¿Eres un bloguero vanidoso?

(Imagen encontrada en laperiodicarevisiondominical.wordpress.com.)

5 comentarios:

Julio dijo...

Me lo he leído entero, y eso que comenzar con los nombres de los famosos egosféricos no ayuda -lo hubiera dejado para el final, lo de nombrarlos-. Pero ¿los sigues? Cada uno lleva su penitencia ^_^

En cuanto a la vanidad, canarión, tengo un punto de autosatisfacción. Cuando acabo un artículo que he disfrutado escribiéndolo, lo releo al cabo de unos días y me digo: joder, qué chulo me ha quedao, pues mira, ahí entra el ego a saco.

Por lo general, en mis textos literarios no me gusta casi ninguno y hay alguno que mientras más lo leo menos sé qué sentido tiene dejarlo escrito.

Creo que la vanidad es inherente al ser humano. El asunto es que los hay que sudan vanidad en vez de minerales y toxinas y son cargantes. Como algunos de los que nombras al principio. Excepciones: por ejemplo, Madrigal no me lo parece.

Saludo desde Las Palmas...

Angel Cabrera dijo...

¡Eres un valiente! ¡Leerlo hasta el final! ;) Sobre los mencionados, más que seguir, lo que se dice seguir, los leo, cuando el tema me interesa. De todas maneras, en la red, conocemos personajes construidos sobre letras. Habría que tomar un café con alguno de los citados, o varios cafés, para luego hacerse una opinión. El Sr. Madrigal me parece un maestro de la ironía. Me gusta lo que escribe y como lo escribe. :)

¡Si es que somos unos viciosos del escribir!

nuria. dijo...

"Escribo mentalmente durante horas..."
A mí me ocurre con las fotos :)

Te gusta lo que haces, te gusta escribir, por eso pasa a formar parte de tus momentos cotidianos. E inevitablemente hay un componente de "vanidad" (no tiene por qué ser peyorativa la connotación) desde el momento en que buscas compartirlo con los demás, que sea leído.

¿Vanidoso...?
Posiblemente todos lo seamos un poco cuando queremos hacer llegar a los demás lo que creamos ¿no?

Un saludo, me ha gustado leerte. :)

Amio Cajander dijo...

...y el que este libre de pecado que tire la primera piedra. El blogonanismo (con moderación)tampoco es malo

Angel Cabrera dijo...

¡Gracias por vuestras lecturas! Me gustó recuperar este artículo escribo el pasado verano y del que aún no podría cambiar nada en lo que es el fondo. :)