viernes, 7 de agosto de 2009

El vicio de la queja (¡oiga! ¡y yo el primero!)

Vivimos atados al vicio de la queja. Parece ser una costumbre que los ancestros de los italianos cedieron al mundo latino y todo el área de influencia, más lo conquistado y colonizado siglos después.

Me quejo por el frío y porque ¡fuerte caló! Y me quejo de la lluvia y que nos racionan el agua. Me quejo del colegio de mi hijo y me quejo porque mi hijo no va al colegio todo el año. Me quejo de mi jefe y me quejo -y con razón- porque el trabajo anda escaso. Me quejo de mi bajo salario y me quejo de qué cara está la última pantallaza plana esa, ¡qué guapa está!

El asunto es quejarse. Quejarse sin esperas. Quejarse sin medir el otro lado. Quejarse sin consentir que frente a nuestra boca se reconozca otra persona, con sus propias quejas, obviamente (que muy probablemente incluyan a nuestra persona en su repertorio).

Mis hijos están en un colegio, que es un buen colegio. No por precio ni por exquisito ni por clase ni por otra cosa que no sea su método educativo. El colegio se enfrenta cada año a las circunstancias personales y ¡super-importantes! de algo más de 3.000 binomios padre/madre (no les digo nada cuando el binomio se separa y cada extremo tiene su punto de vista sobre cualquier particular que afecte a su/s hij@/s -y escribiendo así incluyo el singular, el plural, el masculino y el femenino, todo en uno, ya me entiende usted-). A lo que iba, que el colegio afronta con paciencia y cierta intolerancia, todo hay que reconocerlo, algo más de 3.000 beligerantes y paternales asuntos. Al final, no le cuento a usted lo que puede llegar a decir un padre (¡o una madre!) descontento porque no se ha tenido en cuenta "su problema", siempre respetable en su órbita familiar, pero que hay que aprender a relativizar cuando se forma parte de un colectivo, aunque no nos guste y muchas veces sea un trago de agrío orgullo. (En muchos casos "su" problema no es otro sino saberse oído o escuchada, por un ratito al menos.)

Pero, ciertamente, meditando sobre este particular asunto -¡tan particular es mi circunstancia!-, llego a la fácil conclusión de que no es ésto sino el reflejo de nuestra latina costumbre de la queja y el lamento. ¡Señó Arcarde, un piso, Señó Arcarde! (Y yo que también quiero un piso.)

Cada uno está, estamos, yo también, imbuidos en nuestras propias y particulares limitaciones en la vida. Renegados de la autoresponsabilidad de tomar decisiones, de actuar, de llevar las riendas de nuestra cortita existencia; por miedo, obviamente. Porque cualquier cambio de rumbo, cualquier nube en el horizonte, hace temblar nuestro particular y cerrado mundo de manías, aficiones y obligaciones. Al final siempre es mejor que otro decida, que la decisión caiga mal, sí o sí, hasta que la realidad nos enfrente y estampe los resultados. Entonces, a regañadientes, aceptemos un sí, puede funcionar, pero bien chiquitito, que no se sepa claramente que lo hemos reconocido. Queja y lamento, siempre son más seguros, más estables y puede que hasta más rentables (si conseguimos de vuelta, que otro nos caliente el guiso).

Y ya sé que este artículo es un rollo patatero que poco se tiende al entendimiento, pero mira, me apetecía quejarme de los que se quejan, uséase, incluso de mí mismo en ciertos y acostumbrados momentos. Pero sobre todo, de los que se quejan del colegio de mis hijos. Y mira que los respeto. Pero, claro, cualquiera les chista con razones, sentidos comunes y lógicas colectivas. ¡Capaz que no me vuelven a dirigir la palabra, ni hablada ni escrita!