viernes 14 de agosto de 2009

Insumisión a la dicotomía PP-PSOE

(c) EnekoEs curioso lo rápido que olvidamos algunas batallas sociales ocurridas décadas atrás. Los derechos sociales se van adquiriendo tras una dura pugna entre progresistas y conservadores, cada uno con una función propia dentro de la evolución social. Los unos son la lanza del progreso, crean nuevas formas e ideas para un futuro mejor; los otros asientan los cimientos sociales, traen la estabilidad y la seguridad al colectivo. Unos y otros se necesitan aunque, finalmente, la única manera posible en su relación es el continuo enfrentamiento.

Sin embargo, en cuanto el divorcio, por citar un ejemplo, formó parte de nuestro repertorio, dejó de ser una reivindicación progresista y pasó a ser parte de lo que era necesario conservar (obviando los sectores religiosos más extremistas y hablando desde la perspectiva social). Igual sucedió con el movimiento de objeción de conciencia y su acción más combativa, la insumisión. Creo que ahora, 20 años después, sería meritorio recordar aquel movimiento y hacer un trasvase de ideas a nuestro futurista año 2009.

En la últimas décadas los sistemas parlamentarios europeos y en especial, el español, han derivado hacia democracias bipartidistas, polarizadas en dos grupos difusos que, básicamente, podrían etiquetarse como progresistas y conservadores. Aún así y pese a los calificativos, unos y otros no se distancian en exceso en sus fundamentos y prácticas. Por así decirlo, las diferencias estriban más en la vestimenta que en las vísceras. Sin embargo, de cara a las elecciones presidenciales existe la necesidad de que cada empresa-partido defina su propio producto y estrategia a la hora de captar a su cliente-elector.

Ambos grupos, pese a sus continuas declaraciones, adolecen de los mismos males. Básicamente, las corruptelas que se generan a su alrededor cuando alcanzan cuotas de poder en alguna Administración, desde la empresa pública local más pequeña hasta la propia Presidencia del Gobierno Estatal. Siempre habrá hermanos, primos, sucedáneos y apegados, en uno y otro bando, de los que habitualmente tendremos noticias cuando el contrincante arrebate el puesto al gobernante de turno.

Inmersos en esta dicotomía, los medios de comunicación olvidan su papel informativo y pasan a ser herramientas opinativas e incluso órganos de poder propio que tratan de influir (casos diáfanos como El Mundo o El País están a la vista de todo aquel que quiera mirar) sobre aquellos a los que, supuestamente, apoyan y defienden.

Pero ésto no siempre fue así. Aunque las nuevas generaciones ni tan siquiera conciben otras maneras de interactuar con la vida política, los que han pasado la cuarentena aún deberán recordar que la democracia española creció como un sistema tripartidista, en la práctica. Ignoro también si, como alternativa, el multipartidismo es beneficioso o resultaría en un verdadero caos como defienden algunos teóricos sociales (en América Latina parece ser una discusión permanente hoy por hoy). Quizás la dictadura del bipartidismo dé más estabilidad a una región o país. No sabría posicionarme. Sin embargo, sí tengo ya muy claro que hoy es necesaria una insumisión colectiva hacia unas organizaciones políticas, en España, que juegan a ladrones y policías ocupando cada uno su papel, según si gobiernan o hacen oposición, o incluso indistintamente de ésto, en cualquier momento si eso favorece a sus intereses particulares, por encima de la búsqueda del bien general de la sociedad a la que, al menos en teoría, representan.

Gobernar un país es, básicamente, gestionarlo. Las grandes batallas ideológicas y dialécticas ya no existen. Ya nadie lucha a favor o en contra de la esclavitud o por el voto de la mujer o por erradicar el trabajo infantil (hablando de sociedades del primer mundo y generalizando mucho). Hoy las disquisiciones que son titular habitual de nuestra prensa rozan la discusión filosófica, sirven de ingredientes para la diferenciación de una batalla comercial azul vs. rojo, Coca vs. Pepsi, haciendo olvidar al ciudadano de a pie los aspectos realmente importantes.

Como individuo, mi interés básico y primordial se basa en la búsqueda de la felicidad y la estabilidad, propia y de mi familia. ¿Por qué entrar entonces en batallas interesadas que no buscan mis propios fines? Así pues, ante unos mastodónticos partidos que devoran la mayor parte de la tarta en la atención mediática, me declaro insumiso político, objetor al bipartidismo y afín a la pluralidad colectiva (y si me equivoco, el tiempo se hará cargo de hacérmelo saber).

Me declaro harto de las declaraciones tajantes de buenos y malos que no buscan culpables ni limpiar corruptos ni arrogantes, sino en, como ocurre con las empresas, evitar toda crítica "al producto" en venta. Me declaro harto de las falsas intenciones de unos y otros. Me declaro harto de las farsas representadas por gobernantes y aspirantes. Me declaro harto de las mentiras socialistas y populares. Me declaro harto de las declaraciones aburridas y sin contenido de unos y otros. Me declaro harto de que malversen mi voto. Me declaro harto de El Mundo y de El País, del ABC y de Público. Me declaro harto de los Zapatero y los Rajoy. Y aún más, pero mucho, muchísimo más, de la pléyade de acólitos y fieles defensores de zanahoria o rábano en la punta de la razón y el sentido común.

Por una vez, deseo un ecosistema social de partidos políticos que use el sentido común como referente, la moderación como arma, el consenso como guía y que tenga en perspectiva lo macro sin perder de vista nunca lo micro.

(Dibujo por Eneko, blogs.20minutos.es/eneko.)

2 comentarios:

El gramático pardo dijo...

No pretendo ser pájaro de mal agüero, pero hay condados en muchos Estados de USA, en los que día sí, día no, se declara un semi estado de emergencia por disturbios de toda índole.

Saludos

Feroz dijo...

Estoy de acuerdo con la base de tu artículo. Pero el bipartidismo en España, existe sólo en cuanto PP y PSOE son dos máquinas de poder, dos empresas que tienen que colocar a cientos de militantes y familiares. Pero a la hora de la política, de hacer y gestionar cosas, la voz cantante en Hispanistán la llevan los partidos nacionalistas. Hispanistán va de cráneo porque todo gira alrededor del nacionalismo. Todo nuestro sistema político, con los 18 gobiernos, no es más que un intento de contentar al nacionalismo, en vez de denunciarlo y combatirlo, porque es una ideología perversa y destructora del individuo.