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El jardín de los rebeldes jubilados


El jardín de las deliciasAyer tarde estaba de gandul aspirante. Me quedo hasta las tantas de la madrugada jugando con el Google Earth, personalmente la mejor aportación de Google a la humanidad, y luego al día siguiente ando zombie perdido en busca del sueñecito perdido.

Y como todo ente normalito, ciudadano y disimulador en el trabajo, tenía mis tareas cotidianas, entre ellas lavar el coche. Eeeeese peaaaaazo de coche. ¡Qué grande es cuando hay que limpiarlo o arreglarlo! ¡Con lo bonito que son los Smarts esos! Así que ni corto ni perezoso, pero si gandul, me subí a esa cosa monstruosa y me fui a un autolavado. Ayer prefería pagar por oír música mientras tocaba mi turno.

Y como todo cliente, esperarando y distrayendo la mirada, cojo el periódico del día, El Día, que no es periódico para leer a diario ni tan siquiera una vez al mes, pero eso es otra cosa. Y lo empiezo como a muchos nos gusta empezar estos tabloides de opinión, por la trasera, por el culote, que es por donde suele ser más interesante.

El rincón con magia (redacción C. Álvarez)

En una esquina de la calle Los Silos, Manuel Expósito Trujillo y María Amparo Hernández Rivero llevan más de 25 años cuidando de un jardín muy singular. Manuel Expósito, que está en silla de ruedas, dijo a EL DÍA que "antes era un solar donde la gente tiraba basura y como estaba junto a mi casa decidí hacer un jardín. Me felicitan mucho, pero yo pago la luz y el agua, compro las plantas, las podo y me encargo de que todo esté pintado y en perfecto estado. Esa es mi ilusión".

Un rincón destinado al reláx, donde todos los vecinos y visitantes pueden apreciar la labor realizada desde hace muchos años por Manuel, que compra las plantas y flores con su propio dinero, riega con el agua de su casa y se encarga de limpiar el citado espacio para que quien lo desee pueda admirar cómo lo que antes era un lugar vacío y lleno de basura se ha convertido en un bello jardín. Un pozo de agua en cuyo interior, cuando es de noche, se encienden luces verdes y azules es el motivo central en cuyo piso hay dibujada una estrella cubierta con pequeñas piedrecitas y delimitada por unos faroles que no desentonan con las ruedas de carretas y macetas de geranios colgadas en las mismas. El resto de la zona está pintada de verde que se mezcla con el rojo de los detalles y las tejas aprovechadas para dar relevancia a unas palmeras. "En primavera había rosales que llegaron a tener hasta 53 rosas y ya me han dado dos premios en mayo. Antes tenía motivos típicos canarios, pero me robaban los adornos y ahora lo he dejado así", dice.

Si ya lo decía Don J., más o menos, en el bitácoras que le ayudo a mantener, a él y a su señora. Vivimos en la cultura del adocenamiento (ésto no lo dice él, lo digo yo), en la costumbre de lo vulgar. Son los tiempos en que unos cuantos aspiran a trabajar en lo público, en algunas ocasiones por los respetables métodos de la meritocracia y en otras no menos habituales por mangocracia o enchufotesis. Y mientras ésto sucede en un extremo, en el otro, muchos esperan a recibir de lo público, en algunas ocasiones por indiferencia y en otras por puro desinterés.

Y entonces aparecen dos sencillos ciudadanos residentes y adyacentes a un solar. De esos solares que hay en todas las ciudades y que habitualmente terminan por ser usados como estercoleros privados por los vecinos de la calle, pero por ninguno en concreto, eso sí. Una de las mejores expresiones del yo-no-fui ciudadano. Y deciden tomar una sencilla iniciativa, individual, de convertir el improvisado vertedero en un jardín, financiando con su economía pensionista esta ilegal actividad pública (por ocupación). Decisión que fue tomada hace 25 años. Son los antecesores al okupa pelipuntiagudo.

Su rebelión no reside en las palabras ni en escribir un blog ni en participar con opiniones inconsistentes en la columna de un periódico insularista ni por acarrear pancartas subversivas en blanco y negro. Sus actos de espontánea jardinería constituyen la base de esa rebeldía callada. Mostrar interés por el mundo que te rodea y tomar la iniciativa sin esperar al Sr. Arcarde. Así de simple, así de sencillo. Hacer algo por ese entorno ciudadano que te rodea, por los ciudadanos que te rodean. Y hacerlo por puro egoismo, si se quiere. Sumar un grano a lo que podría ser una montaña. ¿De verdad necesita un barrio que su Sr. Arcarde se lo adecente? ¿Y si sus vecinos, no sólo dos, sino cientos, deciden tomar la iniciativa, de manera colectiva, al margen de la eterna espera por ese presupuesto que nunca llega?

No dejo de pensar que es incomprensible como la mayoría de nosotros, ciudadanos aislados en el día a día, vivimos ensimismados en nuestras tarjetas de crédito como si el mundo que nos envuelve no fuera con nosotros. Si en mi calle hay inseguridad y violencia, no me importa si yo tengo una pantalla de plasma en casa; si en mi barrio hay que poner barrotes en las ventanas, no hay peligro si yo tengo ADSL para salir a la irreal realidad virtual; si en mi ciudad no hay jardines, tampoco me preocupa si yo tengo aparcamiento para mi monster truck... Pues entonces, , amigo mío, no tienes nada.

Y yo ya hice lo mio, también. Pagué el lavado y dejé el periódico donde estaba, porque empieza uno a divagar y puede acabar por escribir una entrada utópica en un bitácora improvisado.


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Comentarios

2 Respuestas para "El jardín de los rebeldes jubilados"

Anónimo dijo... 1 de septiembre de 2009 12:33

Es bonito leer que todavía existen lugares así y ciudadanos de a pie que transmitan bondad sin pedir nada a cambio.
El problema a veces surge cuando decides plantar un rosal por fuera de un murito de tu propiedad que da a suelo publico y viene el inteligente de turno para comprobar que has pedido permiso para ello, o te encuentras que el b.... de la pala te lo ha roto porque eso es del Ayuntamiento de turno.
Quizás queda más gente por ahí que lo intenta pero no tiene tanta suerte.

Angel Cabrera dijo... 1 de septiembre de 2009 12:47

¡Aaaaah! Anónimo, eso sucede cuando el Ayuntamiento de turno se asusta al ver que alguno de sus ciudadanos toma la iniciativa sin esperar a que la pesada maquinaria burocrática diga esta-boca-es-mía.

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