miércoles, 2 de septiembre de 2009

Por favor y gracias

Amable, siempre :)¡Vaya! Debe ser preocupante tener casi treinta y diez y hablar en estos términos. Casi me parezco a un viejo. ¿No? Porque aquello de la buena educación, el civismo, la cordialidad en el trato, en realidad siempre ha sido cosa de viejos. Sólo los viejos fueron educados para dar los buenos días, pedir cortésmente una breve atención, solicitar una ayuda y finalmente dar las gracias.

Pues no. No es cosa de viejos ni de nuevos. No es cosa de la cultura ni la costumbre. No es cosa de los tiempos que corren ni de los que se corren con estos tiempos. Es cosa del individuo. Y ya viene siendo chiste de bares los viejos peor educados que los jóvenes. No tiene nada que ver la edad en realidad; ni con la educación recibida, aunque tenga algo que ver; ni tan siquiera el barrio de procedencia ni aún menos el trabajo o la profesión.

Para escoger entre un oyeee, tú, donde estaaá la Plaza del Príiincipe mientras zarandeas los deditos y un buenos días cortés, que capte la atención, para tras una pequeña pausa preguntar podría/s decirme dónde está la Plaza del Príncipe, terminando con un educado gracias cuando se recibe la información, sólo se necesita la predisposición hacia un acto de convivencia colectiva sustentado en el apoyo mutuo.

¿Absurda cortesía inglesa? ¿Pijería majadera y absurda? ¿Falta de personalidad? ¿Hipocresía? ¿Maquiavelismo interesado? Bien, efectivamente, hasta yo pensaba en esos términos. O puede que aún lo piense, pero, después del cuarto "oyeee, tuuú" lo que me apetece es estirar el brazo y dar una tarjetita que ponga "lo lamento, soy sordo ante los necios".

Cuando era un chiquillo, y de eso no hace mucho (nací en los setenta y me estiré en los ochenta), me enseñaron a saludar al llegar a un lugar donde se encontraran personas y a bendecir al ganado donde se hallaran animales. Un hola o un buenos días/tardes/noches bastaban para hacer acto de presencia. Si había un bebé, por aquello del mal de ojo, aunque no creyeses, pues Dios lo bendiga. Y si era una vaca, una cabra u otro animal bípedo, Dios la guarde. Mi abuela saludaba siempre y era más moderna que las modernas abuelas pseudo treintañeras de hoy. Como la televisión era escasa, siempre tenía más valor una conversación. Si pedía, pedía con un puedes, tienes un momento o un por favor. Si era correspondida en atenciones, había un gracias, que si no era expresado en la palabra lo era en la sonrisa. Y si no era correspondida no había un insulto ni una cara torcida sino un creo que ahora no puede, será después. Cuando se marchaba, un adiós, un hasta mañana, un hasta luego o un hasta más ver, según sus propios cálculos sobre la próxima vez que te cruzarías en sus andares. Pero era vieja. Ya era vieja en los setenta. ¡Imagínese usted, señor lector! Ella era de otra época, de la de Alfonso XIII, casi nada.

Hoy no. Eso no. Hoy hay tanta modernidad, con los iPhone, los interneses, los plasmas y los plastas de Telefónica llamando una y otra vez para ofrecer nuevas y competitivas tarifas, que todo eso que aprendí de mi abuela ya no se destila. ¡Dar las gracias, por favor, faltaría más! ¡Anda ya!

Sales de tu casa en dirección a tu trabajo, son las siete y media de la mañana. Aparcas tras un furgón, aprovechando un hueco rácano y cuando te bajas del coche te percatas que en el furgón están descargando mercancía. Buenos días. ¿Quiere que le separe un poco el coche? ¡Psh! Pues estaría bien. ¿No? ¡Jolines con el humor! Empezamos bien la mañana. Lo separas y te despides. De recompensa una mirada atravesada por si te quedaban dudas. Llegas al bar. Buenos días. Un café cortito, por favor. ¡Pin pan pin pun! ¡CLANC! (Es decir, estampido en la cafetera, taponazo en la taza inocente, cañonazo sobre la barra indefensa.) ¿Y a este que le pasa? ¿Cuánto es? ¡Setenta, como en todos lados!. Pagas y un hasta luego correspondido por un ni te he visto. Entras en tu oficina. Menos mal que aún no han llegado. Cruzas los dedos y con educación ya lastimada vas saludando a los que entran: buenos días, buenos días, buenos días, buenos días... Nunca se te agotan los buenos días, pese a todo. Me lo enseñó mi abuela.

No lo sé, pero igual tengo que mandármelo a revisar. O es la edad, que ya no acepta empujones ni desplantes. O son las rodillas, que por alguna práctica mal medida, ya piden más cuidado y mimo en el trato. Quizás es cierto aquello de quien no es de izquierda de joven no tiene corazón y quien no es de derechas de mayor no tiene cabeza. Si acabo leyendo Libertad Digital o escuchando la COPE entonces sí que estaría ya jodido de verdad. Sería otra cosa con otro yo. Pero no la cosa que vió crecer mi abuela.

Aunque prefiero seguir pensando. Pensar que no es cosa de derechas ni de izquierdas ni de populismos ni de nacionalismos, sino de personas y de un valor superior sustentado en el individualismo colectivo. De sentido común, en otras palabras. De no querer ni dar a los demás lo que no quieres recibir. Así de simple, así de egoísta.

Así que úsalo, mi niño, que nada te cuesta. Cambia esa cara de ratón cabreado por una sonrisa. Piensa antes de actuar motivado por tu propia insatisfacción personal, que no es culpable todo aquel o aquello que te rodea, sino tus decisiones pasadas y presentes. Agradece siempre, que ya lo dice el refrán, es cosa de bien nacido. Solicita más que exige (verás que da más resultados). Exprésate pero escucha. Haz valer tu voz sin menospreciar la ajena. Toma la iniciativa y no esperes, pero no avasalles. Busca una alternativa.

Pero, carajo... ¡úsalos! Por favor y gracias forman parte del concepto de ayuda mutua. Forman parte de tu decisión. De tu evolución:

En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta los más antiguos rudimentos de la evolución, hallamos, de tal modo, el origen positivo e indudable de nuestras concepciones morales, éticas, y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. En la amplia difusión de los principios de ayuda mutua, aun en la época presente, vemos también la mejor garantía de una evolución aún más elevada del género humano.

El apoyo mutuo, publicado en 1902, de Piotr Kropotkin, geógrafo, naturalista y teórico anarquista.

Amabilidad, siempre :)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque yo también soy de " Buenos días, buenas tardes ", reconozco que a veces "te hartas" y quizas de vez en cuando hay que dar donde duele "puede que tarde o temprano se les encienda la bombilla".

Me buen escrito, gracias.

Julio dijo...

Pues dos cosas: una, que no vamos a estar siempre de acuerdo, y me huele que en el pleito insular no lo estamos ^_^

Y dos, que el artículo te ha quedado genial -gracias por citar el artículo de Maquiavelo- y que lo tengo que compartir porque es que lo veo tal cual lo explicas, y me sumo al comentaro anterior también.

Yo sé que esto de que no haya debate intenso produce igual menos, pero qué quieres, digo lo que pienso. ^_^

¡Un abrazo!

Julio dijo...

Disculpe de nuevo: estaba pensando en voz alta la cantidad de gente que le haría bien leer esto. A ver si en bitacoras.com espabila el personal y coloca este entre los más leídos, porque tanta tontería tecnológica -con perdón- y más dosis de cotidianeidad no vendría mal de vez en cuando.

Qué a gusto me he quedao... ^_^

Angel Cabrera dijo...

¡Gracias caballero! Viniendo de usted atesoro esos comentarios.

:)

(Bitácoras.com está raro, igual hay estampida generalizada de usuarios veteranos. Es algo de lo que poco se habla, sobre la volatilidad de las redes sociales. No es nuevo, ya que ocurría en las listas de distribución y luego en los foros de hace 10 años.)