Las generaciones nacidas en la primera mitad del siglo XX serán reconocidas, quizás, como las que más cambios han vivido y experimentado en sus vidas en toda la historia del hombre. La modernidad, en su concepto más genérico, se asentó allá por los años sesenta y setenta de ese mismo siglo y hasta hoy hemos avanzado en que más personas llegan a más recursos -en el Primer Mundo, se sobreentiende- y que éstos cada vez son más complejos (y pequeños), siendo nuestros principales avances el transporte y las comunicaciones. Hasta 1900 los triunfos sociales eran más lentos, en su consecución y mucho más en su implantación colectiva, retrasándose generaciones en irradiarse hasta alcanzar el punto de masa crítica. Conclusión ésta muy simple a la que puedes llegar si te gusta leer algo de historia.Sin embargo, las diferencias culturales y sociales entre la generación de nuestros abuelos, de aquellos nacidos entre 1900 y 1930, sus hijos, nacidos durante o en las décadas siguientes a la Guerra Civil Española -1930 a 1960-, educados en el racionamiento y crecidos en la emigración, y nosotros -1960 a 1980-, los que andamos entre los treinta y tantos, cuarenta y pocos o casi cincuenta, son abismales.
La historia de Julio Caballero, grancanario, editor y responsable de la revista digital Poesía+Letras y su blog La ciudad de un billón de sueños, sobre su abuelo y como vivió y regresó de la vivencia de la guerra civil ha traído a mis recuerdos las propias historias de mi abuela, que hoy habría pasado el siglo de edad. Sus relatos históricos del pueblo, su perfecto conocimiento de las líneas de descendencia y ascendencia de los 100 vecinos que allí convivían, de cómo Cho Fulano casó con Cha Mengana y de sus 9 hijos y de los 3 que se quedaron por el camino, de la suerte de aquel que vino con dinero de Cuba y de la pena negra del otro.
Recuerdos de los lloros que tenía de su propia niñez y del miedo que le causaban. Se lloraba a una mujer el día de su boda, cuando algunos, por maldad o por buscar la pelea se subían a la montaña a gritar y resonar el bucio a la novia. De cómo el novio y la familia salían al berrinche y la bronca para defender el honor de la deshonrada. Recuerdos de su niñez. De su boda y su primera casa, unos cuartos de piedra, un suelo de tierra y por ventanas y puertas, unos sacos.
Miseria, sencillez y cultura de subsistencia que se acentuó en la posguerra civil española, donde la cartilla del racionamiento trajo hambre y emigración. Venezuela fue el destino predilecto en aquellas épocas posteriores al igual que Cuba lo fuera antes, pero no único. Mis padres emigraron a Suiza hacia 1969 y trabajaron por aquellas tierras durante un año. (A poco que se hubieran quedado te estaría escribiendo en francés, italiano, alemán o romanche.)
Mi madre, me contaba, cuidaba cabras en los valles colindantes, desde el amanecer, siendo todavía una niña. Cinco años, descalza y pegando brincos en los riscos detrás de unas cabras. Mi padre cargaba medio bloque de tosca porque apenas alcanzaba aún el metro de estatura cuando acompañaba a sus hermanos mayores. De adolescente bajaba a la capital, descalzo, para trabajar de aprendiz de mecánico. Usaba las alpargatas sólo dentro de la ciudad. Pero tuvo que dejarlo porque lo que le pagaban no daba ni para el jabón para quitarse la grasa. Me cuenta que los que pasaban hambre se comían hasta las cáscaras de los plátanos, que no sé si será una exageración suya, pero ahí está su vida para atestiguarlo. Mi madre estuvo meses encamada porque trabajaba limpiando una casa y se asomó a un bidón de carburo con una cerilla con las consecuencias esperadas que le produjeron tremendas quemaduras por la inflamación de los gases.
También había risas, había sentimientos, había camaradería, concepto del prójimo y otros valores simples, llanos y cotidianos -no hablo de la política de aquellas épocas- que, a falta de bienes, ocupan el lugar de las posesiones y las necesidades ilusorias llenándolos de emociones. Recuerdo que mi abuela me contaba de dos que aparecieron corriendo por la vieja casa, exhaustos, huyendo de la Falange, porque a la Falange se le tenía miedo y nadie hablaba. Y dos vasos de agua que les dio para continuar su carrera a las montañas, a ocultarse. No sabía quienes eran, por qué corrían ni si fueron dos más de los miles de desaparecidos en las islas, represaliados por su condición política o por el simple y mortal efecto del chivatazo.
Hoy, año 2009, vivimos en una opulencia ostentosa y hasta insultante. Pasamos de una historia en la que recorrer 20 kilómetros para intercambiar higos de leche por papas suponía un día de esfuerzo empleado sólo en el andar y en el cargar, a una historia en la que llevas a tu familia a comer un pescaito a 80 kilómetros, saliendo al mediodía y regresando a la tarde, con tiempo para el parte del telediario. Pasamos de recibir noticias de los emigrados dos o tres veces al año, por carta, a permanecer conectados virtualmente casi 24 horas al día. Pasamos de vivir el momento sin recordar lunes, miércoles o domingos, arañando la tierra para poder comer y comiendo para poder subsistir a la generación de los desperdicios, de las hipotecas a 40 años, al eso no me gusta o al no quiero comer porque dice Ana y dice Clara que estilizada estás más guapa.
Y de todo esto me acordé por leer la historia del abuelo de Julio y porque hace unos días, uno de esos jubilados, trabajador de muelle de los de antes, de aquel muelle menos mecanizado y teatro del cambuyoneo, vecino de toda la vida del barrio, refunfuñaba en la venta (que hoy ya no es venta sino supermercado o minimarket) que ojalá volvieran los tiempos de antes. Y yo le dije, D. Celestino, ojalá tuviéramos lo bueno de antes y lo mejor de ahora. Pero supongo que soñar es tan barato, gratis dicen, porque es invendible.
(Imagen superior atribuida a Norman Carl, obtenida presumiblemente en 1893, en la zona de Tamarán, Santa Brígida, Gran Canaria. Aparece en varios blogs en la red. Imagen inferior de la zona del Tanque de Abajo en San Cristobal de La Laguna, Tenerife, alrededor del año 1900. Imagen que encontré en L@ Octav@ Isl@.)



















¡Hola Ángel! En primer lugar, gracias por el enlace a la historia de mi abuelo. En el resto, ¡cómo no voy a coincidir contigo! Es que una cosa es el cine o los telediarios y las guerras y otras que un familiar directo haya estado en una... para contarla. Y luego todo lo que comentas de tradición, que siempre me llamó la atención muchísimo. ¡Un artículo muy lindo, un abrazo!
Este comentario lo puedes borrar, pero tras enviarlo me dio un error. Igual es algo puntual, pero un aviso de blogger de un error con un código. Bueno, como es la primera vez, te lo comento, igual era el servidor o algo, o mi conexión. Pero era error que te señalaba Blogger, no el navegador. Pena no lo copié!!! Un abrazo!
Hola Julio,
Gracias. El detonante de volver a traer esos recuerdos ha sido ir leyendo a tu abuelo. Y gracias por el toque sobre el error de Blogger. Le echaré un vistazo por si fuera cosa de la plantilla.
¡Abrazos!