Quiero dejar claro antes que cualquier otra cosa que no critico aquí, ni por asomo, a los que adoran, coleccionan, siguen o fanatizan la innovación y
los últimos avances tecnológicos en su círculo privado. Al igual que yo colecciono miniaturas (
cochecitos para entendernos), me pierdo en la montaña con mi bicicleta o me gustan ciertas lecturas no muy difundidas, hay quien disfruta comprando el último iPod, el más pequeño, el más caro, el que más virguerías tiene. Y es feliz así. Pero no es de ellos de quién hablo en este artículo. Dicho esto...
Creo que podría empezar por intentar definir la palabra
innovación, la que por otra parte describe perfectamente nuestro diccionario: "cambio que introduce novedades". ¿Para qué más palabras? Sin embargo, creo que la definición de
Wikipedia se acerca más al concepto amplio que hoy en día rige esta término tan de moda.
La aplicación de nuevas ideas, conceptos, productos, servicios y prácticas, con la intención de ser útiles para el incremento de la productividad. Un elemento esencial es su aplicación exitosa de forma comercial. No solo hay que inventar algo, sino, por ejemplo, introducirlo en el mercado para que la gente pueda disfrutar de ello. La innovación exige la conciencia y el equilibrio para transportar las ideas, del campo imaginario o ficticio, al campo de las realizaciones e implementaciones.
Si nos vamos a los manuales más básicos de economía aprenderemos que
la manera de crear mercado para un producto es crear ficticiamente la necesidad de ese producto. Así, las empresas tecnológicas llevan años bombardeándonos con publicidad sobre el último teléfono móvil, el ordenador más pequeño y rápido, la última versión de Windows, creando la necesidad ficticia de renovación, cuando busca en realidad que aumente el consumo de su producto. Esto es así y no hay mucho que discutir al respecto. Se vea o no se vea.
Pero advierto, esto no quiere decir que renovarse sea innecesario. Todo lo contrario. Pero sí que hay que tener cierto sentido común.
El fin último de la innovación es el de generar alternativas que solucionen nuevos problemas, originen nuevas alternativas, para finalmente, aumentar el beneficio, ya sea social, político o económico; mejorando la relación coste-efectividad y la eficiencia en el uso de los recursos.
La innovación
no es comprar el último aparato del mercado, algo que en el círculo personal es absolutamente permisible y hasta beneficioso para la economía de consumo, pero que resulta tremendamente dañino en el ámbito de la gestión empresarial (o política en la administración pública) cuando el único motivo de innovar es, innovar.
No voy a citar ejemplos aquí pero sí diré que he visto como se han gastado en un mes más de 3.000€ sólo con la intención de sustituir todos los monitores RGB de los ordenadores de una determinada empresa por monitores LCD, con el único fin de
aparentar modernidad. ¡Como si se pudiera aparentar modernidad poniendo una de estas planas pantallas al lado de un viejo teclado mecánico! El problema es que cuando esta actitud es sostenida en el tiempo, puede suponer y supone muchas veces
la diferencia en la cuenta de pérdidas y ganancias, con una tendencia hacia lo primero antes que a lo segundo.
Hay que tener cuidado de no caer en lo que voy a llamar
esnobación. En la década de los ochenta del pasado siglo XX se hizo muy popular el calificativo de "eres un
snob" en referencia a aquellos que imitaban a quienes consideraban distinguidos o de clase social alta para aparentar ser igual que ellos (
Wikipedia). Proviene de
algún dialecto menor del inglés y su significado original era
zapatero remendón, habiendo sido aceptada en nuestro diccionario como "esnob" en 1990. Por lo tanto se puede
esnobar (aunque ésta no está aceptada por la RAE, obviamente -es un invento para este artículo-). De hecho, hay un mal endémico hoy en día en nuestro entramado empresarial que tiende a la
esnobación.
Hay que huir de aquellos que
ronronean para que la empresa adquiera y otorgue en uso la
última versión del último software anunciado y testado en la PCWorld. No por el hecho en sí de adquirir ese programa puntero, sino porque probablemente detrás no hay una necesidad real de innovación, que aumente nuestra productividad, que mejore la rentabilidad, que produzca más beneficio; sino que hay una necesidad de
esnobismo que a medio o largo plazo sólo producirá pérdidas en las cuentas anuales de la empresa u organismo de turno.
La regla debería ser que si invertimos 1.855,97€ en la versión 2009 de XXX, deberíamos tener previsto en qué y cómo va a mejorar nuestra capacidad y en cuánto tiempo y en cuánta cantidad va a aumentar nuestro beneficio.
Innovar sí, pero hay que gestionar la innovación, hay que hacer
vigilancia tecnológica, hay que plantear objetivos, trazar planes,
ejecutarlos, mantenerlos vivos a través de la retroalimentación y en última instancia y lo más importante, hay que
perder tiempo en
medir los resultados. Una asignatura terriblemente pendiente, sobre todo, para la administración pública.
Empresario, innova, pero no porque el político de turno lo grite a pecho descubierto o porque está de moda (hay jornadas y seminarios sobre el tema casi semanalmente en todo el país) sino por la necesidad de mejorar tu competitividad en el mercado y evalua la relación entre la inversión y el resultado. Busca tu mejor alternativa y no te dejes llevar por aquellos que tienen la mano suelta para gastar de la cartera ajena.
Muchas veces,
innovar puede ser algo tan sencillo como, por ejemplo, empezar a utilizar una red social de amplia difusión, como
Facebook. Para un comercial innovar puede ser construir una amplia agenda de contactos en, no una, sino varias redes sociales, al menos las 3 ó 4 más importantes en su entorno más cercano; innovar es empujar a tus clientes
con cariño a que utilicen también esas redes. Pero
esnobar es que ese mismo comercial desatienda a los clientes que no se suben al carro de una red social, o que ni siquiera utilizan un correo electrónico.
Esnobar es perder oportunidades sólo porque nos consideramos punteros y hemos comprado el último iPhone 3G según ha salido al mercado (yo lo compraré a un tercio de su valor actual, no tengo prisa, ya que el correo electrónico, algo tan sencillo y gratuito, me da el mismo resultado
para mis necesidades actuales).
Innovar es esforzarse en que la informática en la formación básica de los niños y los adolescentes sea una asignatura común y obligatoria.
Esnobar es pretender implantar sistemas de telemedicina sin antes haber invertido en redes físicas de banda ancha de gran capacidad. Innovar es atender el correo electrónico de una organización empresarial o pública al igual que hacemos con el teléfono de cabecera de nuestra centralita.
Esnobar es pretender implantar tecnologías de
web 3.0 en una empresa que aún no ha pasado del uso del fax y del teléfono fijo.
Y todo esto, sin entrar en la discusión filosófica de la imposibilidad de que una sociedad avance si las diferencias entre sus polos son demasiado grandes.
Así que, innova;
innova siempre y de manera constante; pero con sentido común y teniendo claro por qué innovas (
la innovación es el medio, no el fin) y cuáles son tus objetivos.