Y no me refiero a tus sobacos ni al tufillo a tabaco que se impregna en la ropa después del quinto café del día en el bar de al lado, ese donde aún se fuma. No me refiero a que trabajes en una granja o a cualquier otra profesión en la que el olor, el mal olor, es uno de tus inconvenientes diarios. No. Esos, aunque desagradables, son los olores de la vida, tal cual es.Me refiero a que por mucho que insistas en bañarte -literalmente- con tu Nº 5 o abusar de tu Rexona-no-te-abandona (¡y vaya si no te abandona!), el exceso de perfume, colonia o desodorante no huele bien. No es agradable. Atufa, marea, aborrece, rechaza, molesta y entumece las narices.
Sí, ya sé que tengo unas narices muy sensibles, pero qué quieres que te diga. Un buen perfume, sensual, suave y afrutado, que se huele sólo cuando me acerco a su cuello. Eso es oler bien. Un buen perfume, bien usado, es aquel que agrada cuando la distancia es corta y evita que tu olor corporal te delate en las distancias largas, sin molestar ni agredir olfativamente.
Pero un buen olor, eso, es algo difícilmente alcanzable. Saturados por la presencia de la vista, olvidados el tacto y el gusto, el olfato se ve renegado a sufrir los más terribles atentados olorosos. Para mí, que adoro la prudencia y la mesura, huele bien, por poner un ejemplo, la cocina de mi suegra o el olor de la piel de mis hijos. Ese olor a bebé tan inconfundible que no necesita de nenucos ni de ningún otro adorno. Si hablamos de olores inconfundibles, que motivan y movilizan la emoción o el sentimiento te diría que huele bien la huerta cuando se siega la hierba. Si busco un olor en compañía de un tiempo solitario busco el aire que se escabulle en el bosque que recorro con mi bicicleta o con mis botas.
Pero tú, que al pasear por la avenida todo transeúnte que te cruza sabe que has pasado, no porque te vea, no porque te tropiece, sino porque te huele a distancia. Y cuando ya te ha rebasado y te sigues alejando, aún tu perfume marca-del-corte-inglés sigue invadiendo agresivas las fosas nasales de aquellos desconocidos. Tú, no hueles bien. Es insoportable. Así que no, no hueles nada bien.
Resulta desagradable cuando antes de entrar en un ascensor, antes de abrir la puerta ya sabes que al otro lado hay un caballero recién afeitado esperando. Y lo sabes porque vació su after shave encima de su cara recién lustrada y ya auguras que hasta llegar a tu planta tendrás que contener la respiración. No hueles bien cuando lavas la ropa con tu desodorante para evitar mandarla por correo urgente y certificado a la lavadora. No hueles nada bien cuando en tu prominente permanente de peluquería cara vacías entera una colonia de a cinco duros comprada en los chinos. Pero nada bien.
Las perfumerías no huelen bien. Son un cóctel molotov para las napias, para aquella parte del cerebro encargada de gestionar y coordinar los nervios olfativos. Son un verdadero atentado al sentido que traduce los aromas en pensamientos. Una mezcla abusiva de fragancias químicas entremezcladas en el aire, insoportables y nauseabundas.
No, definitivamente, cuando enmascaras lo que eres, no es agradable.
Huele bien, con un aroma exquisito, la piel de la mujer que amo, recién bañada, a la hora de dormir. Huele bien, embriaga, el azahar en la floración del naranjo. Huele bien la tierra al amanecer, húmeda aún por el rocío.
Pero tú, hombre o mujer, con tu disfrazado olor... ¡no hueles nada bien! Y luego pasa lo que pasa...
Una jueza de Úbeda ordenó el precinto de una perfumería y una droguería por suponer que vendían imitaciones. El problema tiene su origen en unas rencillas comerciales surgidas a raíz de una solicitud de cambio del perfume una vez usado sustancialmente, achacando “que no olía bien”.
La jueza, llevando a cabo un manifiesto abuso de poder, consiguió que los dueños de la perfumería le devolviesen el dinero pagado por el perfume y al día siguiente mandó orden de precinto contra los dos establecimientos que regentaba el dueño. Lo peor de todo este caso, es que los propietarios agraviados en este atropello, no iniciaron ningún tipo de acción legal contra la jueza, después de tener ocho días las dos tiendas cerradas de malas maneras. Ha sido el Consejo General del Poder Judicial quién ha actuado de oficio en este caso.
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5 comentarios:
jajajajaja
Àngel, las señoras debemos saber usar con discreciòn los perfumes, lo que nos sucede es que al llevarlos en la piel una misma pasado un tiempo deja de percibirlos, pero los pobres que estàn a nuestro lado noooo, ellos los sufren.
Lo de la jueza, una verguenza.
Elmundoanda patas arriba,los que deberìan dar el ejemplo hacen estas cosas...
Dejo aquì.Besotes
Un exceso de perfume, sea en hombre o en mujer, es insoportable, para mí, que no generalizo. Son mis napias las que hablan, no mi razón :D
Pues si, de vez en cuando pasan a tu lado sobre todo personas mayores desprendiendo una peste de "buen olor" impresionante.
Es como todo en la vida, se peca por exceso y por defecto en el término medio está la virtud.
Un saludo
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