Dónde te apretarán que no te duela, es una frase que se suele oír cuando alguien se refiere a lo que duele cuando le duele a lo que más quiere un padre o una madre: un hijo o una hija. No hace falta mucho, un catarro, algo de fiebre, un llanto desconsolado y tu mente sólo puede centrarse en su bienestar, en cómo curar y reconfortar su pena y su dolorcito.Y no es que uno sea un padre ejemplar, no creo que nadie lo sea. A veces uno pierde los papeles, los chiquillos con su capacidad innata para demandar atención pueden sacarte un gruñido o una palabra más alta que la otra. Forma parte del paquete de tareas englobadas en el oficio de padre o de madre. Oficio para el que no se estudia ni se pasan exámenes que otorguen un título de técnico especialista o licenciado en el difícil arte de la crianza.
Recuerdo en una ocasión, sentado en una terraza, tomando algo. En la mesa de al lado una madre intentaba relajarse de un imposible. Su hijo, de unos 3 ó 4 años, tenía una de las perreras (rabietas infantiles) más impresionantes que he visto nunca. El pequeño monstruito se tiraba al suelo, se revolcaba, daba patadas a la madre, al carrito, a las mesas de alrededor, a los desconocidos. Y lloraba. Lloraba hasta parecer que acabaría desmayándose. Lloraba de una manera exigente, desquiciante. Cerca, una mesa refugiaba a un grupo de repeinadas abuelas adictas al fijador pasado de moda que sin vergüenza alguna miraban descaradas a la podre y desesperada madre, con ese reojo que sólo las viudas pasadas en décadas saben hacer, juzgando como sólo la ignorancia y el desconocimiento puede juzgar. Y comentaban en alto: ¡Jesús, esa madre no hace nada, pobre niño! Pobre madre, ese era mi pensamiento.
Y estoy seguro que, incluso en esa situación, se podría decir que, dónde apretarían a aquella madre que no le doliera. Cuando eres joven y parece que la edad adulta y la libertad e independencia de tus padres llega como una bendición para descubrir el castigo de crecer se te podría tachar de iluso. Un iluso ilusionado, con aspiraciones. Pero un gran iluso. Nadie te contó del precio de andar tu camino y trazar tu veredita. Y en ese camino encuentras una noticia que lo cambia todo: estoy embarazada.
Luego descubrirás que una primera sonrisa, su primer papapapá (y su primer mamamamá, por supuesto), el primer paso, los primeros dientes. Ese primer o primero que no acaba, que a cada momento se renueva y que no dejará que vuelvas a conciliar un sueño profundo y placentero. Porque algo despertó en ti, algo que siempre está alerta, siempre vigilante. Una parte animal, el instinto de protección que se hace fuerte en tu corazón. Domina tu vida en un momento y no puedes, no quieres evitarlo.
Sí, dónde te apretarán que no te duela, dónde habrá un padre o una madre que no sienta como una extensión de su cuerpo los sentimientos y las emociones de un hijo o una hija. (Sí, lo sé, aquel caso o ese otro. Siempre los hay. La prensa sensacionalista ya se encarga de recordar las abominaciones de algunos y algunas que han perdido el juicio, pero no es el caso de la mayoría.)
Así que, aquí me ves, escribiendo sobre los sentimientos y los hijos pero con la mente puesta en el termómetro, en cada golpecito de tos, esperando que ese antibiótico milagroso haga su función más pronto que rápido. Porque puede que cuando rompa el jarrón me enfade, cuando se olvide de hacer las tareas escolares gruña, cuando llegue dos horas después de la hora que le dí de permiso le enseñe esa parte de padre-ogro tan desagradable y necesaria en ocasiones. Pero es parte del juego. Es parte de esa profesión no reconocida para la que no se estudia ni se titula uno.
Y todo estará bien y será lo que debe ser, menos cuando ese dichoso catarrillo secuestra su sonrisa.
(Imagen encontrada en Despertar y Crecer.)
2 comentarios:
Angel: No soy padre, no tengo esa experiencia... Pero tu post me ha conmovido profundamente.
Cuánto amor filial trasunta, cuánta ternura de padre!
Me quedo sin palabras...
Un fuerte abrazo.
Bife.
Si señor, se sufre mucho y se padece tanto que no quise tener mas que uno. Me encantó este post.
Un abrazo Angel
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