Leo, Rayitas, Blanquito, Griso, Peludo... y al último, Uuu; no es que hubiera mucho acuerdo inicial, pero al final es el nombre que le hemos puesto. Y es que siempre hay un gato en casa, desde que era niño, que antes mi casa era la casa de mi abuela, gran señora, siempre lo digo.Y no un gato, sino 4 ó 5 de media, según el año, la camada, los que recogemos de la calle y la suerte en su supervivencia. Nuestros gatos no están dentro de la vivienda sino en la huerta, a su aire, hiendo y viniendo a su gusto y su libre albedrío. Sé que a muchos propietarios de gatos esto no les gusta, aluden a la inseguridad, que disminuye su esperanza de vida. Yo, por mi parte, lo que no entiendo es como se puede encerrar en 70 metros cuadrados a un animal territorial que utiliza y necesita un espacio vital muy grande. Pero, en fin, cada quien no entiende lo que no quiere entender.
No son nuestras mascotas, son... unos... que viven con nosotros, en su propio espacio. Hay una relación comercial entre ambas partes de la familia. Los desparasitamos, alimentamos y damos mimos, cuando se dejan, porque los gatos son muy suyos y ellos deciden. Ellos aportan limpieza, controlan plagas, eliminan lagartijas, controlan los ratones... y hasta las cucarachas.
Anécdotas las tenemos de todo tipo. La peor fue cuando maté, por accidente, a un gato, jugando con él. ¡Eh! ¡No te asustes! ¡No soy un gaticida! Tenía unos 6 u 8 años cuando ocurrió y aún no se me olvida, todavía me pesa la culpa. Empiezo con una negativa, sobre todo por el gatito que sufrió mis juegos, porque el resto son todo lo contrario, excepto por las incidencias externas. Ya me entenderás, más abajo.
Recuerdo una gata, de raza europea, atigrada, que cuando por las mañanas mi abuela me despertaba para ir al colegio y abría la puerta del patio para que entrara el sol, también entraba la gata, se subía a la cama y empezaba a mordisquearme la oreja o la nariz... cuando la gata conseguía que pusiera los pies fuera de la cama, se bajaba, salía por donde había entrado y me dejaba en paz.
Recuerdo un caluroso verano, con dos hermosos gatos negros, enormes, brillantes, que dormían conmigo en el suelo, sobre una colchoneta, uno a cada lado, como si fueran una escolta, dos vigilantes traídos por el destino para cuidar a ese pre-adolescente en ciernes. Lamentablemente aquellos gatos desaparecieron aquel mismo año.
También hay en casa, viviendo con nosotros, dos perros de guarda. Tuvimos una gata (reconociendo aquí que el verbo tener es una metáfora porque a un gato no se le tiene, te tiene él a ti) que dormía con uno de nuestros perros, comía de su mismo plato y le hacía masajes. Como te lo cuento. El negro y peludo schnauzer gigante se ponía estirado, de pie o recostado, estirando el cuello hacia el cielo. Entonces la gata empezaba a afilarse las uñas en el cuello del perro, pero sin hacerle daño. Era todo un espectáculo ver a uno y a otro. El perro disfrutaba. Algún turista mochilero se paraba en el camino para fotografiar la escena. Esta gata vivió varios años en casa, hasta que desapareció.
Esta ha sido una constante con los gatos que conviven en nuestro hogar. Es algo lamentable, sobre todo cuando esos nombres que empecé recitando los ponen los niños pequeños. Son atropellados, envenenados o robados cuando son crías... Sobre todo el asunto del veneno es desesperante.
En casa nos negamos a usar venenos para controlar plagas de campo. Esa función la cumplen, precisamente, los gatos, de manera limpia, sin ningún perjuicio y con un coste mínimo para nuestro presupuesto familiar. De igual manera, del cuidado de la propiedad se encargan nuestros perros. Compartimos hogar pero ellos no son un sustituto ni una excusa por no tener hijos. Tampoco un consuelo contra la soledad. Son parte de la familia y tienen una función, eso es todo.
Pero, muy a pesar nuestro, los propietarios de las fincas vecinas no piensan de la misma manera y usan, sobre todo, matarratas que en ocasiones proporciona el propio Ayuntamiento. Los gatos no suelen comer animales muertos, salvo que el hambre apriete, pero sí pueden cazar a un animal envenenado pero aún moribundo, cayendo también bajo sus efectos.
Tuvimos un año fatídico con el antipulgas de la marca Frontline, en pipetas. Y esta anécdota te la cuento no con intención de desprestigiar a la marca. En aquel entonces usaba sus pipetas para desparasitar a nuestros animales. Mientras que para los perros se demostraba tremendamente eficaz, para los gatos demostró ser "tan eficaz" que acabaron muriendo los cuatro que vivían con nosotros, en el mismo día, entre estertores y vómitos en forma de espuma, apenas unas horas después de haberle puesto el líquido. Pregunté a farmacéuticos, a veterinarios. Ninguno supo darme una explicación, salvo uno de estos profesionales, que reconoció que ya tenía referencias de otros casos, aunque muy pocos. Contacté con la marca pero recibí un silencio por respuesta. Dejé de utilizar este tipo de control parasitario.
Otra de las cosas con las que tenemos que tener un cuidado extremo es con nuestros perros. Mientras que el gigantón de la casa, el schnauzer, convive perfectamente con los gatos, el otro, el San Bernardo, no los soporta y, muy a pesar mío, ya ha matado varias crías. Mientras los gatos son pequeños tenemos que tener un cuidado extremo, cuidarlos casi como si fuéramos padres gatunos sustitutos.
Pero dejo aquí las descripciones prácticas y las anécdotas poco agradables para pasar a lo mejor que te da un gato. Cuando comparte contigo esos momentos de ronroneo, cuando busca, porque él quiere, una caricia o una compañía. Nada más relajante que, cuando estás leyendo en la terraza o sentado en el suelo y el gato viene a ti, voluntariamente, a recostarse a tu lado. Sólo para disfrutar de tu compañía, porque tú disfrutas de la suya. Puedes llamar al gato veinte veces... bsss, bsss, bsss... y no te hará caso, o sí, según le venga en gana. Pero en otro momento, sólo viene.
No concibo vivir una casa donde no haya gatos. Siempre he convivido con alguno de estos ronroneadores. A mi abuela siempre le acompañaron cuando, cosas de la edad, se quedó sola. Los niños están encantados, recibiendo enseñanzas y vivencias impagables. Y aunque son ellos, nuestros felinos, los que deciden cómo entras tú en su clan, al final acaban siempre dando mucho más de lo que reciben. Lo mejor de todo, lo dan porque y cuando quieren, sin obligación, sin compromiso, sin mendigar, sin babear. Dan con estilo. Dan, a secas.
Lo siento por los amantes de los perros pero... no hay color ni comparación. La relación con un perro es, siempre, por muy disfrazada que esté, poseído-poseedor. La relación con un gato es un vis-a-vis. ¡Ya lo sabían los egipcios! Y si no te gustan los gatos y encuentras uno, piensa que son los mejores controladores de plagas menores que existen, sobre todo de roedores; y hasta unos excelentes ahuyentadores de palomas. Pero sobre todo, tienen mucho que enseñarte. Eso por no hablar de que son unos ensoñadores ejemplares. Pero eso es otra historia.
Por cierto, Uuu es un pequeño gatito negro que apareció ayer por casa. Eso es otra cosa habitual. Creo que como en el pueblo saben que les damos cobijo, los abandonan en los alrededores para que encuentren otro hogar enseguida. Bueeeno... Y termino. Qué a gusto me he quedado escribiendo cosas tan del día a día y sin mayor importancia ni trascendencia. Esto sienta bien.
(La foto superior es de gatitos.org; muestra dos ejemplares de raza europea, similares a los que suelen vivir en casa.)
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