miércoles, 28 de julio de 2010

MAC OS X y el humo de Apple: una visión emotiva

iMAC, MAC OS X 10.6Lo reconozco. Mi primer ordenador fue un MSX, un ordenador cuyo sistema operativo era a un tiempo lenguaje de programación, aquel legendario BASIC. Luego mi vida como informático (término que define a la profesión de manera general y que actualmente está en desuso) fue bailando entre sistemas multiusuarios, herederos del UNIX, y los DOS, monousuarios, monotarea, frágiles, inestables... y con tanto éxito en la informática doméstica. Incluso toqué de lejos una mainframe de IBM y algunas minicomputadoras de Fujitsu que utilizaban un intrincado CSP/Fx. Luego pasé muchos años sufriendo y despotricando como el que más a los entornos de escritorio de Microsoft, los denostados Windows, hasta que hace algunos años, en cuanto tuve la oportunidad, me hice ubuntero, por sentido común y por pura pasión.

Pero nunca, absolutamente nunca, tuve entre mis manos un MAC (ni un Amiga tampoco). Y como todo llega en esta vida, ahora es mi momento mackero, acercándome al bonito mundo de Apple a través de un iMac y su MAC OS X 10.6 Snow Leopard. Sí o sí el MAC ahora forma parte de mi vida de programador (al menos desde hace unos días y hasta que el bueno de mi jefe me aguante). Lo que voy descubriendo me gusta, mucho, pero no me sorprende.

Si me permites el paréntesis y no tienes prisas, te cuento una anécdota. En la primera empresa que trabajé, finales de 1989, como programador -en Clipper sobre entornos Novell-, había por la biblioteca de la compañía unas revistas informáticas de 4 ó 5 años antes, entre ellas una de 1984. En una me llamaron la atención dos páginas de publicidad. En la primera se anunciaba un IBM-PC con su MS-DOS 1.0 y un prompt sobre una pantalla de fósforo verde que mostraba un ridículo a:/> (en aquel entonces un disco duro era un lujo absoluto). A sólo un par de páginas, se anunciaba el nuevo ordenador de Apple, un Macintosh con un sistema de escritorio (insisto, año 1984)... ¡y un ratón como periférico de entrada! ¡Qué tiempos! ¡Eso no lo han vivido las generaciones 2.0! Pero volvamos al presente...

Para los actuales usuarios de cualquiera de las distribuciones basadas en GNU/Linux, sobre todo aquellos habituados al escritorio GNOME, migrar a un MAC por necesidad o por decisión (y por ganas de hacer aún más rico al visionario Steve Jobs) no supone ningún trastorno ni complicación extra pues desde que el gigante de la manzana compró NeXT en 1996, demostrando nuevamente su capacidad para adelantarse al futuro del mercado, puso los ojos en los entornos Unix o herederos y los nuevos escritorios visuales que nacían a la sombra de éstos, tan históricamente ásperos para el usuario medio. Aunque para dar el salto definitivo esperaron hasta el año 2002. (Dos años después Canonical Ltd. lanzaba su primera distribución Ubuntu.)

Por eso no me sorprende su filosofía, su estructura, su escritorio ni su funcionalidad. Sí sorprende la fortaleza del sistema operativo, entre otras cosas porque la integración con su propio hardware es de un 100%. Hardware comandado, todo hay que decirlo, por un procesador Intel. Escondido detrás de un más que atractivo entorno visual siguen estando el chmod en el terminal, el protocolo SAMBA para compartir archivos en redes multiplataforma, la misma filosofía en las políticas de usuarios y permisos... Todo sigue estando ahí. ¿Qué vende entonces Apple, además de humo, aunque un humo muy bonito?

Tengo la sensación, al maravillarme con el iPad, el iPhone, el iMac o los MacBook, de estar ante una tienda de juguetes caros, bien diseñados, con clase, pero juguetes después de todo. Ser un buen geek ante nuestra clientela pasa hoy, esnobismo de por medio, por llevar encima o usar en nuestro despacho cualquier cachivache de Apple (y hacer feliz, de paso, insisto, a Steve). Apple se ha especializado en lo mismo que los japoneses en la postguerra: en fabricar lo que ya fabrican otros pero mejor, más rápido, más funcional, más bonito... y más caro (en eso último se diferencian). Un iMac de 21,5 pulgadas cuesta hoy casi 1.200 euros. Uno de 27 pulgadas casi 1.700 euros. Y hablamos de ordenadores personales de sobremesa porque aunque el Presidente de la marca vaya pregonando un mensaje distinto, seguimos hablando de un PC... de un personal computer... de un ordenador personal, iguales (pero infinitamente más avanzados) que aquellos 8086 con MS-DOS.

Aún así, no voy a negarlo. Sólo llevamos saliendo juntos por esas redes un par de días y ya me ha hecho suyo. Estoy encantado con tonterías como poder apagar mi iMac y encenderlo mañana, volviendo a tener un escritorio exactamente igual al que dejo hoy, listo para trabajar en pocos segundos (¡adiós a los interminables arranques!). En una cosa si estoy de acuerdo con Jobs: es Windows (y no el PC -en sus innumerables configuraciones-) quien tiene a medio plazo sus días contados (Microsoft Office, por ejemplo, más una larga lista de software de la marca, está ya disponible para MAC y su última versión de OS X, lo que resulta muy significativo).

Insisto en el mismo tema, Windows y sus interminables arranques, pero también las esperas para iniciar las aplicaciones medianamente complejas, sus eternas vulnerabilidades, sus desorbitados precios en licencias (ahora a la baja), son una competencia raquítica para lo que es el futuro hoy, los sistemas basados en Linux con distribuciones propietarias (lo que es el MAC OS X 10.6) o distribuciones libres donde el modelo de negocio se centra en el servicio y no en la venta de una licencia (caso de Canonical). Una buena muestra de esta segunda apuesta -desde el punto de vista del desarrollo de aplicaciones- es el proyecto OpenPYME.

En definitiva, satisfecho por tener esta oportunidad. Muy satisfecho con el producto, tanto en hardware como en software, de una innegable calidad en cuanto al diseño y el trabajo que hay detrás. Satisfecho porque, usando como metáfora a la Fórmula 1, tengo la oportunidad de conducir un Ferrari cuando habitualmente pilotaba un Renault; pero sin perder de vista que mi Renault igualmente me traslada de la misma manera por la ciudad de lo digital y, como está el tráfico hoy, casi a la misma velocidad y con la misma eficacia que ese rojo Ferrari. Aún así, quién se resistiría.

Volveré a escribir sobre el asunto cuando mi nuevo romance informático ya haya madurado algunos meses, empiecen los primeros desencuentros serios y hagan acto de presencia los primeros reproches.

(Por cierto, eso sí... el diseñador del teclado y el ratón inalámbricos, minimalistas en extremo, de los nuevos iMac, debe ser un sádico que pretende extender el síndrome del túnel carpiano entre los trabajadores del teclado. Como mínimo yo le recomendaría algo de formación en ergonomía.)