martes, 13 de julio de 2010

Medios, redes sociales y privacidad

Medios, redes sociales y privacidadHoy llegué a casa justo a tiempo para ver de pasada el programa de Gente, de RTVE. Justo en el momento en el que entraba en casa, pasando por delante de la televisión, cuando están hablando de las fotos de Puyol (y otros jugadores de la selección española) en su Facebook o de frases otorgadas a este nuevo héroe en su Twitter. No digo que se haya hecho sin permiso, pero surgen algunas dudas sobre el asunto.

No es la primera vez que veo, escucho o leo algo similar. Los grandes personajes y las grandes compañías que manejan sus nombres como marcas están descubriendo las redes sociales y los medios están descubriendo estos perfiles como fuente de chismorreo continúo. En ocasiones éstos, los perfiles, no tienen otro objetivo que el puro marketing, pero, como en el caso de Reverón, que narro más abajo, las fotos salen de una cuenta de usuario atribuible a una persona real (por diferenciarlo de alguna manera).

Hace ahora medio año, la Concejala de Urbanismo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Luz Reverón, saltó a los medios locales por unas fotografías publicadas en la cuenta de Facebook de alguno de los funcionarios del consistorio que, junto con ella, se dieron un viajecito en primera clase a Madrid para conocer en vivo La Noche en Blanco, gastando un buen pico del presupuesto público. En fin, la historia se sale del hilo de la reflexión y, sin que suene a justificación para un comportamiento tan bochornoso (todo lo contrario), ambos casos (Puyol y Reverón) motivan la misma pregunta.

Cuando los medios copian contenido del perfil de un usuario, además de vulnerar un derecho de autoría no reconocida, usando además sin un permiso explícito contenido generado por terceros, vulnera un derecho a la privacidad sobre el que, si no me equivoco, la Agencia Española de Protección de Datos debería de actuar.

¿O podemos presuponer que si un perfil es público, como mi cuenta en Twitter, eso es señal de que se puede utilizar su contenido libremente, sin ningún tipo de restricciones? ¿Es así? Y si un usuario inexperto abre una cuenta en Facebook y no configura apropiadamente sus políticas de privacidad. ¿Igualmente debemos presuponer la misma conclusión? Quizás antes de responder a estas preguntas habría que tener en cuenta que publicar un contenido en la red no significa explícitamente liberarlo para su uso, básicamente porque son los usuarios, a través de sus búsquedas, los que acuden a ese contenido generado y no al revés.

Puedo publicar fotografías personales o que otra persona lo haga, etiquetarme luego (en Facebook) y aquellos que "me busquen", podrían encontrarme. Pero ésto es algo absolutamente distinto a que un medio copie esa información personal y la re-difunda sobre su propio soporte. Además, sin la autorización expresa del implicado. Se mezcla aquí de todo: privacidad, derecho a la información y propiedad intelectual; en un batiburrillo anudado que resulta difícil de aclarar.

Sin embargo, siendo realista, qué consecuencias podría sufrir un periódico o una televisión por hacer un uso ilícito de esta información privada o, cuando menos, sujeta a una autoría no reconocida (como mínimo). Tras un juicio que durará meses o incluso años, una indemnización de unos pocos de miles de euros y la obligación de difundir una nota de corrección o disculpa pública en su propio soporte. Algo que se cumplirá al estilo El Mundo, en una página central, casi oculto y sin repercusión, haciendo real aquello de esconder la mano que tira la piedra. Ocultando su mal hacer.

No me hago esta pregunta como especialista en ninguna de las materias implicadas en este asunto, sino como ciudadano: dónde está el límite del derecho a la información. ¿Quién está legitimado para establecer esos límites? ¿Quién los establece, por tanto?

¿Son los implicados? Puede un periodista difundir un delito pillado por casualidad en una conversación telefónica. ¿O prevalece la privacidad? El sentido común, como ciudadanos, nos pide que el periodista difunda y denuncie el citado asunto. Pero y si el "delito" es una nueva novia. ¿También vale?

¿Son los responsables de venta de espacio publicitario? Puede un comentarista de pacotilla salido de algún granhermano vomitar mierda sobre cualquiera al más puro estilo Patiño-vena-inflada, aireando la vida privada de terceros con el único pretexto de subir la audiencia. ¿O tendría que ser censurable, denunciable, enjuiciable y condenable?

¿Son las empresas? Pueden los medios manipular la información, difundir mentiras (o medias verdades o afirmaciones engañosas o juegos de palabras confusos) en pos de su propio interés o de aquellos a los que defiende (léase la ya tradicional vinculación El Mundo/PP o Público/PSOE).

¿Dónde, cómo y quién pone los límites? ¿Cuándo el uso indebido de una fuente deja de ser el libre ejercicio de la información y pasa a ser un ataque a la privacidad, cuando no a la honorabilidad de las personas afectadas? ¿O una apropiación indebida de la autoría de una imagen o texto?

Entiendo, por mi parte, que una cosa es que yo publique algo en Twitter y otra leer esa frase en un periódico o verla en la pantalla del televisor ya que mi intención es que tú, que llegas hasta ese rincón digital, leas, o si llegas a mi galería en YouTube, veas (por ejemplo), pero no busco hacer el trabajo de un redactor ni facilitarle un copy & paste. Y en último caso, si ocurre, al menos que se cite la fuente. O si algún aspecto de mi privacidad se escapa a mi control, espero que se respete y quede limitado allí donde se ha publicado.

Si entiendo, espero y pido esto para mí, un perfecto desconocido, por qué no querría lo mismo para otros, aunque sean conocidos y reconocidos, famosos o famosillos de poca monta, tan respetables los unos como los otros (es un decir). ¿Debo de esperar que aquellos a los que la fama señala se les niegue derechos que yo ni tan siquiera me planteo que se pongan en duda si me afectan?

La verdad es que cuantas más vueltas le doy al asunto menos claras tengo las respuestas. Salvo por una cosa. Ningún derecho debería de estar sometido a los balances económicos de una empresa mediática. Pero esto, ya lo sabemos, es una utopía y las consecuencias, si las hay, en todo caso, irrisorias.

Aquí me quedo pero te invito a seguir con la reflexión en los comentarios. No escribo todo esto de manera cerrada, sino abierta, porque como simple ciudadano, aún no tengo claro este lío ni el orden de preferencia entre privacidad, honorabilidad, información y autoría, que es todo lo que da sabor a este potaje, aderezado siempre con buenas dosis de intereses comerciales, eso sí, más algo de sazón política.

(Imagen encontrada en tecnowebstudio.com.)