¿Qué cosas? Un... ¿Y como me califico? Yo, un... (Será difícil empezar a escribir este artículo. Quizás porque de escritor tenga pocos estudios.) No sé, quizás valga decir descreído.El asunto es que yo, un descreído, lo reconozco, peregrino religiosamente cada año -o casi- desde hace ya unos cuantos -aunque en los últimos dos he faltado a mi cita- a visitar a la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias. Una talla negra aparecida antes de la llegada de los castellanos durante el siglo XV. Dicen que la actual no es la original y que ésta anda en otra pequeña iglesia de un municipio cercano y no en la Basílica. ¿Quién sabe la verdad? Después de todo, historia y veneración siguen su propio camino.
Lo cierto es que cada año, en las medianías de agosto, en la noche del 14 al 15 -aunque debido a la masa de caminantes ya se está extendiendo a la noche del 13 al 14- una oleada de adultos creyentes y confesos devotos, una marea de jóvenes con ganas de juerga y borrachera y unos cuantos que no sabemos por qué, pero también vamos, quizás por la magia que hay detrás de ese río de voluntades con un mismo fin, nos encaminamos hacia el municipio sureño de mismo nombre, Candelaria, a ver a nuestra particular Morenita; a la Diosa Madre, para los que gusten de místicas y cábalas.
Muchas peticiones concedidas se pagan esa noche. Algunas con sangre de rodilla o pies descalzos. Historias que permanecen en el corazón de cada quién. Es la pequeña aventura de cada verano, el aleteo de miles de corazones encogidos que después de una media de 20 kilómetros entran a la Iglesia y ven la imagen, su imagen, al fondo, lejana pero ya ahí, en la retina impresa, ricamente vestida, agasajada con llantos de alegría y plegarías que desean misericordia para vidas que sufren.
La verdad es que no es necesario creer ni tener confesión ni filiación alguna. Sólo ser sensible a las aspiraciones individuales de tus conciudadanos, de tus vecinos, de los desconocidos que cada mañana saludas con un buenos días gratuito. Sólo hace falta abrir los ojos y prestar atención al murmullo de oraciones perforando los tímpanos. Sólo eso. Aunque tu creencia sea la no creencia, aunque tu fe sea la duda y tu oración la observación; la fe demostrada con amarga y feliz devoción conmueve. Remueve cosas sin nombre ni apellidos dentro de quien quiera prestar atención. Y lo digo yo, un descreído.
Lo reconozco, después de algunas caminatas de jolgorio y fiesta cuando joven -son años para esas cosas-, fue en esta segunda etapa cuando empecé esta tradición particular de caminar cada año hasta la puerta de la Virgen con el único propósito de saludar y dar gracias por el año recibido -las gracias y el saludo de un descreído, ya lo sé, pero así son las cosas, ella lo entenderá-. Porque pedir para mí me parecía un despropósito. Ya bastante anhelo durante los días de laboreo y rutina. No, pedir no.
Bueno, siendo sincero, sí que pido. Pero no es para mí. Es para los que me rodean, para los que necesitan, pero no para mí. No es generosidad, es superstición. Parece que pidiendo para mí me maldijera mi año hasta la próxima peregrinación. Me resulta un acto de egoísmo supino. Aunque no creo que pequen ni se haya de calificar a quien clama por su camino.
Además, cómo va a pedir un descreído. ¿Qué pensaría la virgencita sobre mis peticiones? Me diría que no honro a mis muertos ni visito sus tumbas. Que bauticé a mis hijos por manías miedicas y que de la Primera Comunión nada saben. Que me casé por cumplir con el rito social que me dio carta blanca para robar una hija a su padre y convertirlo primero en suegro y luego en enamorado abuelo de unos nietos traviesos. ¡Nooo! ¿Cómo podría pedir para mí? Pero sí para ellos y ellas. No mucho, sólo lo mejor, lo importante. Poco más.
Una tradición que ya seguía mi abuela y la abuela de ésta, supongo. Dicen las crónicas que antes de la colonización europea los guanches peregrinaban... nombre de los habitantes prehispánicos de origen bereber que se mezclaron con los nuevos residentes tras la conquista -porque no desaparecieron; y bien que le jodía a Franco reconocerlo-. (Perdona la apostilla pero no podía evitarlo, más cuando la patrona está custodiada por las esculturas gigantes de los Reyes Guanches, los Menceyes.)
En definitiva y por no extenderme en lo injustificable, los hados por delante, retomaré esa tradición particular, ese peregrinar del descreído, que unos años nace en la puerta de esta vieja casa y otros desde los puntos tradicionales a lo largo y ancho de nuestro pequeño territorio. Porque nuestro Camino a Candelaria nace en cada puerta, en cada barrio y desde cada municipio. Y algunos andares, desde lugares remotos, que yo lo sé, lo he visto. Siempre hay un alma peregrinando a Candelaria.
Y para terminar de la manera más iconoclasta, o no tanto quizás, pero sí disonante, las palabras de Bilbo Bolsón dedicadas a todos aquellos que un día se echaron al camino en busca de...
Es muy peligroso, Frodo, cruzar la puerta. Vas hacia el Camino y si no cuidas tus pasos no sabes hacia dónde te arrastrarán. ¿No entiendes que este camino atraviesa el Bosque Negro, y que si no prestas atención puede llevarte a la Montaña Solitaria?
(Imagen superior de peregrinos en el Camino Viejo que une los municipios de San Cristobal de La Laguna y el municipio de Candelaria y su Basílica, residencia de la imagen venerada. Fuente: La Opinión de Tenerife, edición digital.)
2 comentarios:
Cada peregrino tiene sus motivos y si las pererinaciones se repiten, las motivaciones van cambiando.
Yo lo comparo con las fiestas del pueblo. De niño vas a donde te llevan, de adolescente donde vayan los amigos y absorbiendo sensaciones, de joven de juerga loca, después con la novia descubres cosas que no habías visto nunca, con los críos vas a lo que te gustaba de niño, en la madurez... ya te contaré que todavía no he llegado...
La comparación es perfecta. :) A mi me conmueve ver la devoción en multitud.
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