Después de haberse celebrado en varias ocasiones -según dónde e intereses particulares o empresariales- el centenario de uno de los inventos más influyentes en la historia del hombre en los últimos 120 años, aún hoy los estudiosos y eruditos del automóvil siguen discutiendo sobre a quién atribuir realmente la autoría de este maravilloso, venerado y detestado invento.La Real Academia de la Lengua Española define automóvil como a un vehículo autopropulsado por un motor propio y destinado al transporte terrestre de personas o cosas sin necesidad de carriles. Partiendo de esta definición son tres los países que históricamente pretenden hacer suya la primera iniciativa por cumplir este viejo sueño ya presente en los diseños de Da Vinci, quién ideó, sin llevarlo a la práctica que se sepa, un vehículo autopropulsado por muelles capaz de moverse por si solo unos cuantos metros.
Los historiadores ingleses, franceses y alemanes han pugnado hasta bien pasada la mitad del siglo XX en demostrar que cada uno de ellos tuvo un antecesor patrio, vivo durante el XVIII o el XIX, que plasmó en el papel, o hizo realidad, el sueño del automóvil. Ingenieros ilustres que pusieron su apellido en la historia del transporte y dieron, en algunos casos, nombre a marcas ya legendarias como Peugeot.
Los ingleses por su parte, aceptando las indiscutibles primeras patentes de Benz, por un lado, y Daimler/Maybach, por el otro, recurren a su gran historia ferroviaria para buscar en sus archivos a inventores atrevidos que intentaron llevar la mecánica del vapor fuera de los raíles durante el XVIII, si bien las iniciativas inventoras se vieron frenadas por normativas absurdas promovidas, según se apunta, por los lobbys de la época que defendían los intereses mercantiles del transporte en ferrocarril (siempre han existido los grupos de presión). Ya Gurney en 1831 se quejaba de los altos peajes que debían de abonar sus carruajes movidos a vapor frente a los tradicionales tirados por caballos.
Esta norma prohibía que se superaran velocidades superiores a los 5 km./hora que se reducían incluso a la mitad dentro de algunas ciudades. Imponía que estos pesados armatostes debían ser manejados por tres personas, una de ellas iría caminando a una distancia de 50 metros, delante del vehículo, portando una bandera roja de día o un farol rojo durante la noche. Estas estrictas normas victorianas frenaron la industria automovilística inglesa haciéndola salir a carrera con algunos años de retraso. Aún así, a partir de 1822 en Inglaterra empezaron a circular algunas diligencias autopropulsadas, movidas por calderas a vapor. La construida por Gurney, el ingeniero que se lamentaba de los peajes, hacía un trayecto de 170 km. entre Londres y Batch portando a 18 pasajeros y su equipaje, a una media de 20 km./hora.
Los franceses por su parte juegan con las cartas de la historia haciendo valer la de un inventor insigne que puso en marcha el primer autotractor de la historia, también movido a vapor. Cugnot, ingeniero militar, inventó y puso en funcionamiento en 1769 un pesado vehículo destinado a propulsar artillería para el ejército galo (imagen superior, fuente Wikipedia). Se podría decir que el primer automóvil práctico, puesto en servicio, concebido como tal según la definición dada por nuestro diccionario, fue lo que hoy, casi 250 años después, son las cabezas tractores de nuestros camiones.
No fue hasta finales del XIX y principios del XX que los ingenieros se pusieron manos a la obra pensando en un vehículo autopropulsado para pasajeros. En aquellos primeros años de la industria automovilística y tras las patentes alemanas, el motor eléctrico y aún incluso el motor a vapor, eran unos fieros competidores y reales alternativas al motor de combustión. Pero esta última opción terminó por imponerse dos claros motivos. Los ingenieros no encontraron la manera de acumular energía eléctrica con la que dar la suficiente autonomía a sus automóviles. Mayor autonomía en aquella época significaba más peso. Por otra parte los fabricantes que aún en el año 1900 se aferraban a los motores a vapor fracasaron en llevar esta tecnología al siglo XX ante el estancamiento de un desarrollo que los hiciera más eficaces.
La verdadera puja para ver quién se lleva el gato al agua está, sin duda alguna, entre los franceses y alemanes. Todo parte de la invención del motor de combustión. Se atribuye a Alphonse Beau de Rochas, ingeniero francés del XIX, el teórico que en 1861 publicó los primeros estudios sobre un motor de combustión interna de cuatro tiempos, lo que constituye el germen de la inmensa mayoría de los motores que circulan por nuestras carreteras aún hoy día. Toda la primera mitad del XIX está salpicada de pioneros y visionarios que buscaban la manera de construir un motor capaz de mover un carruaje. Motores de aceite, de células eléctricas no recargables, de gas de carbón...
Los alemanes responden a los franceses que fue Nicolaus Otto quién, 16 años después de Rochas, registra la patente del primer motor de cuatro tiempos de combustión interna que quema de manera eficiente el combustible en la cámara del pistón. Los franceses replican que fue, sin embargo, Étienne Lenoir quien en 1859 patentó el primer motor de cuatro tiempos. El invento de Lenoir no pretendía mover un automóvil sino que era utilizado con éxito como generador mecánico. Funcionaba con gas de carbón y cuando se montó experimentalmente en un vehículo, sobre 1860, apenas fue capaz de mover el conjunto de una manera que lo hiciera interesante para la industria.
Todo estos son, en realidad los antecedentes, los esfuerzos e intentos de unos precursores que soñaron con el vehículo propulsado y que sembraron la tecnología que Karl Benz y Gottlieb Daimler, ayudado este último por Wilhelm Maybach, personaje que siempre se mantuvo en un segundo e inexplicable plano, quienes por fin sentaron las bases de lo que hoy es el automóvil moderno propulsado por un motor de combustión. Muchas de las soluciones técnicas que aún hoy seguimos utilizando en nuestros modernos y informatizados vehículos nacieron en aquellos años o en las primeras décadas del siglo XX.
En 1885 Daimler perfeccionaba motores estacionarios de cuatro tiempos similares a los de Lenoir y Otto e ideó la manera de montar uno de estos ingenios en una bicicleta sacudehuesos, fabricando la primera motocicleta de la historia. El primer automóvil de cuatro ruedas del pionero alemán tuvo que esperar hasta 1886. Como todos los primeros vehículos era conceptualmente un carruaje de caballos, sin animales, con un motor que impulsaba el eje posterior. Justo el año anterior Benz construía su primer triciclo, al que se considera el padre de todos los automóviles, movido por un sencillo motor horizontal de un cilindro que desarrollaba menos de 1 CV de potencia y giraba a la impresionante velocidad, para la época, de 400 revoluciones por minuto. Lo que pocos aficionados saben es que el primer vehículo real de 4 ruedas de Benz no vio la luz hasta 1893, un año después de que Peugeot, en Francia, hubiera iniciado la fabricación de automóviles utilizando los motores de Daimler.
Benz y Daimler habían hecho algo más que inventar el automóvil, pues ni el concepto ni la idea ni tan siquiera el motor a combustión eran inventos nuevos ni propios. Recogieron lo que era innovador en sus días, juntaron las piezas en un concepto global y fundaron, eso sí, la industria del automóvil, cambiando para siempre y de manera definitiva la historia de la humanidad. Luego vendría Ford y haría el resto (como industrial y como empresario antes que como pionero) al introducir la producción en cadena en 1908.
Y es que la historia del hombre siempre ha estado íntimamente ligada a la movilidad y el transporte.
Fuente: Automóviles Antiguos. Michael Sedgwick, traducción de Alfredo Crespo, publicado por Plaza & Janés, primera edición de 1963.
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