
El tiempo, para empezar, es un asunto psicológico; es una sensación de duración. [...] La cuestión de qué es esta sensación de duración, de qué es lo que hace que uno sea consciente de que algo ocurre «al cabo de un rato», forma parte del problema del mecanismo de la mente en general, problema que aún no está resuelto.
En 1988 (365 días más o menos, arriba o abajo) pasé unas 240 horas perdido en un caserío costero del norte de Anaga, una espectacular zona primigenia al este de la isla de Tenerife. Apenas un caserón con capilla, cuatro viejas casas a ratos reconstruidas y a ratos demolidas por los jipis que pasaban allí largas temporadas y un par de chozos más unos cuantos agujeros para animales... o inexpertos campistas improvisados.
De aquellos 10 días, de todas aquellas horas, vivimos en solitario 7.200 minutos un buen amigo, Tomás, al que aún la vida me permite tropezar de vez en cuando, y quien te escribe. Por vecinos teníamos a un cabrón y a un par de cabras que debía estimar como suyas (hablo de animales) porque ya que las montaba, algo supondría la susodicha relación, igual te los encontrabas en el patio de la vieja casa que invadimos (y ahora hablo de las personas, nosotros) que en las huertas aledañas o al filo de un risco; debajo, unas decenas de metros bajando la loma, la pareja de jipis que tan pronto levantaba muros como tiraba tejados, según la calidad de la hierba fumada esa mañana -me sienta mal si está cortada con mierda, solía decir-; y, de vez en cuando, una vieja, muy vieja, que al paso llegaba desde un caserío aledaño, como a 40 ó 50 minutos andando... ella... nosotros como hora y media; porque otra manera no había y aún no hay de transitar aquellos lugares, ni tan siquiera a caballo. Ir y aún más regresar es una cuestión de tiempo.
Para que este sentido de la duración [del tiempo] resulte útil a un grupo de gente es preciso encontrar un método para medir su longitud que sea universal y no personal. [...] En el momento que elegimos un fenómeno físico objetivo como medio para sustituir el sentido innato de la duración por un sistema de contar tenemos a lo que podemos llamar «tiempo» en ese sentido, no debemos intentar definir el tiempo como esto o aquello, sino solo como un sistema de medida.
Veníamos, aquel par de post-adolescentes, o de pre-adultos (como se prefiera), del mundo civilizado del despertador, de los hoy tan antiguos 80286, de un mundo aún libre del endemoniado invento del teléfono móvil, de un mundo que aún se relamía en su recién estrenada democracia, que seguía experimentando al votar sus votos... para retrotraernos a una cultura, una forma de hacer vida, ya olvidada y disuelta. El tiempo barrió hasta los recuerdos cuando se llevó al último vecino.
Así que aquel par de dieciochos, acostumbrados a dormir hasta el mediodía o acostarse a las tantas de la madrugada con los oídos ensordecidos tras un concierto de vaya usted a saber qué, se enfrentaron, mochila en ristre, al silencio y a esos otros ritmos de la vida. A ese pum-pum silencioso del reloj de la naturaleza. Al baipás de la luz.
Tras la fiesta de bienvenida de los jipis, la primera noche, vino una segunda de meterse en el saco de dormir un mucho más temprano, cuando el cuerpo, listo como la tea, más listo aún que quien se vanagloria en gobernarlo, viendo tanta oscuridad, no acostumbrado a ese nuevo entorno, pedía límites conocidos y descanso. ¡A dormir, pues! Al tercer día eramos casi de la tierra, morrones por lo sucio y por los ritmos. A las seis y media de la mañana ya recogiendo los sacos, preparando el desayuno y planificando la ruta montañera del día; a las siete de la tarde preparando la sopa con el agua de las lapas guisadas y recogidas esa misma tarde en la estrecha y agitada costa escondida bajo nuestros pies.
Y si me preguntas como lo sé de esa manera tan precisa... sólo puedo decir que nuestro tic-tac habitual cambió adaptándose al de la luz, sin planificarlo, sin pretenderlo, solo sucedió. Sin pactarlo nuestros ritmos vitales se acomodaron al ir y venir del nuestro astro gobernante. Cada día que rotaba ante nuestros andares se hacía inmenso e intenso en experiencias. Cada paso que dábamos por los senderos del monte que nos rodeaba era el marco de nuestro tiempo: la comida, a la hora del hambre; el descanso, al peso del mediodía.
Las primeras medidas del tiempo estaban basadas en fenómenos astronómicos periódicos: la repetición del mediodía (el Sol en la posición más alta) marcaba el día; la repetición de la Luna nueva marcaba el mes; la repetición del equinoccio vernal (el Sol de mediodía sobre el ecuador después de la estación fría) marcaba el año.
Esa rápida, rapidísima asimilación de los ritmos naturales, alejados de relojes, de luces artificiales, donde los instintos de comer y descansar gobernaban los relojes biológicos, dejó un recuerdo imperecedero en mí. La sensación de que el tiempo no pasa ni transcurre, sólo es una sucesión de presentes. Pasados aquellos primeros cinco días, cuando aterrizó el resto de la pandilla de salvajes con los que solía andar, con linternas, vino y pan, ron y papas, whisky y espaguetis, ya-no-recuerdo-ni-lo-que-bebí más, creo, alguna otra cosa para comer, entonces, los ritmos volvieron a ser golfos, juveniles, alocados, de madrugones al uso y encerronas resacadas en el saco hasta la media tarde.
Sin saberlo, todavía alejados de aquello que definimos por civilizado, perdimos lo que tan poco tiempo nos costó recuperar para traer, hasta el pequeño rincón isleño que invadimos, ese más-de-lo-mismo. Nunca he vuelto a tener esa sensación de estar viviendo en sintonía y al ritmo de algo que, de alguna manera, era lo que debía ser. Y no me preguntes cómo lo sé ni por qué, puesto que sólo creo que fue así, que ya es mucho afirmar para un descreído.
Las medidas físicas miden «tiempo físico». Hay organismos, entre ellos el hombre, que tienen métodos de engranarse en fenómenos periódicos (como despertarse y dormirse) aun sin referencia a cambios exteriores (como el día y la noche). Pero este «tiempo biológico» no es, ni con mucho, tan regular como el tiempo físico. Y también está, claro está, el sentido de duración o «tiempo psicológico».
(Citas de Cien preguntas básicas sobre la ciencia, Isaac Asimov, 1973, edición en castellano de 1991 para la desaparecida revista Conocer, del Grupo Z, título original Please explain, traducción de Miguel Paredes.)
(Imagen superior encontrada en el bitácora Testamento de Miércoles.)
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