domingo, 14 de noviembre de 2010

La vieja Singer

SingerCada quien tiene sus propios recuerdos de la niñez que, en momentos puntuales a lo largo de la vida, van resurgiendo del fondo de la memoria como barcos hundidos y reflotados. Puede ser a causa de un olor, un sabor o una frase leída en un libro abierto al despiste. Como este pequeño de bolsillo de 1989, Grandes inventos y sus creadores, escrito por Manuel Giménez para Edicomunicación SA, quien ha escrito decenas de libros didácticos y biografías de grandes personajes de la historia.

La vieja Singer que manejaba mi madre durante las tardes de invierno sigue allí, en el mismo sitio donde la usaba, aunque ya hace 20 años que sus pies no hacen girar la rueca que ponía en marcha el invento de Barthélemy Thimonnier (primera patente de 1830), quien pagó finalmente con su vida el atrevimiento. Cuando este sastre francés inició la construcción industrial de la máquina de coser, los trabajadores de la confección de París consideraron que su medio de vida peligraba y destruyeron las primeras muestras destinadas al mercado, además de poner en fuga a su inventor tras reiteradas amenazas. Finalmente parece que Thimonnier encontró la ayuda de un potente industrial de la época para financiar su fabricación, consiguiendo instalar 80 de sus máquinas en un taller de confección. Sin embargo, el gremio de París consiguió boicotear el negocio llevando a la quiebra a nuestro personaje, quien, arruinado, falleció en la Inglaterra de 1857.

A mi madre le enseñó a coser una vieja, Seña María creo que era su nombre. Ella fue quién la sentó delante de su primera máquina y hasta para hacer pequeñas reparaciones le dio unos conocimientos básicos. La herramienta que fuera de una luego fue de la otra, no sé si con precio de por medio -creo recordar que algo hubo en asuntos de compra y venta-. Cuando ella cosía yo repartía mis juguetes por el suelo -no es la imagen que podemos tener hoy de «un niño con juguetes»-, no muy cerca, para no molestar; allí pasaba las tardes, con mis legos y mis tentes, algún madelman, unos cuantos clics y caballeros medievales que dibujaba y recortaba en cartones.

En 1834 Walter Hunt inventaba en Estados Unidos otro modelo de máquina de coser. Su dejadez a la hora de patentar el aparato hizo que perdiera la oportunidad de comercializarlo en exclusiva. Mientras Thimonnier batallaba con el gremio parisino, Elias Howe mejoraba la máquina de Hunt casi al mismo tiempo que Isaac Singer. Ambos andaban despiertos en las cuestiones burocráticas y terminaron litigando sus diferencias delante de un juez. Fue Howe a quien se le otorgó la patente finalmente.

Singer no se rindió. A él se le atribuye juntar inteligentemente varias patentes relacionadas con la máquina de coser e iniciar su producción industrial tras fundar su propia compañía en 1851, en Nueva York, junto con el abogado Edward Clark. Hacia finales del siglo XX las máquinas ya habían adquirido su pedal de pie lo que daba libertad para trabajar la tela con ambas manos.

La correa de la vieja máquina de mi madre era remendada cada tanto por mi padre. Esta especie de cadena de caucho transmitía el movimiento del pedal al mecanismo de coser. Cada cuanto mi padre le quitaba un cacho, no muy largo, apenas un centímetro, volviéndola a unir con un trozo de alambre. Mi madre manipulaba el mecanismo cuando se salía el pespunte.

La mesa del pie tenía tres gabetas (cajones), una a cada lado y otra a lo ancho, muy estrecha, éstas y la tabla de la mesa, como el cajón de la máquina, estaban fabricados en buena madera. Los cajones servían para guardar agujas, hilos y pequeños repuestos. El hierro forjado lucía un encantador color negro cobrizo ya envejecido en la estructura del pie y un negro lacado, ya gastado, en la propia máquina, con unos relieves elaborados que engalanaban la marca de su fabricante. La mesa tenía una tapa de madera a modo de cobertura protectora que mi madre decoró con tela, sacando cachos de de alguna cortina vieja. En cierta forma es como si, cerrando los ojos, aún oyera el taca-taca-taca de su pedaleo y estuviera observando su mirada absorta y concentrada en la tela. Intentando siempre que el pespunte no se volviera loco antes de terminar el trabajo, que no se partiera la aguja o se doblara, que el hilo no se enrollase en la bobina...

¡Qué cosas! ¡Las tardes de domingo son buenas para los recuerdos!

(Fotografía encontrada en el sistema de compra-venta Olx.com. La de mis recuerdos es igual sólo que con otra gabeta -cajón- a la derecha y una tercera en el frente. En la imagen se puede observar el pie y la rueca lateral que hacia de contrapeso. Sobre la mesa, a la izquierda, se ve la tapa. La mayor parte de las máquinas que aún se encuentran tienen un sistema que escondía el mecanismo bajo la mesa. Las anteriores tenían esta cobertura de madera. En la imagen se pueden apreciar los decorados en color dorado envejecido.)

7 comentarios:

Javier dijo...

Esa máquina es la de mi madre. La llamaré para que mire si alguien la ha "sustraído" del trastero.
Un buen día, los tres hermanos le regalamos una eléctrica y decía "no me apaño con ésto".

La de ropa que ha cosido y los trajes que ha arreglado.

Un abrazo

Angel Cabrera dijo...

Pues mira a ver si alguien te la está vendiendo en olx.com, ponía que la venta se hacía en Barcelona :)

La de mi madre era como ésta, con otra gabeta a la derecha y una tercera en el frontal, muy estrecha.

Mabel dijo...

Guauuu! que me has traído recuerdos! Yo tengo una máquina Singer que tenía mi madre que la obtuvo de su mamá, mi abuela,. Te aclaro que tengo 63 años y 34 de modista. Calculo que debe tener más de 100 años la máquina. La máquina es de hierro y las piezas son de acero, y tiene un mueble tallado en madera con tres cajones de cada lado, que es una obra de arte. Tiene accesorios para poner en el pie cuando coses, que hace dobladillos, pliza, frunce y un montón de cosas más. Tengo una máquina moderna y una remalladora, pero la Singer es la que más uso y a pedal, porque se puede hacer eléctrica. La Singer nunca se rompió ni tuvo service, las otras son de plástico y viven en el mecánico. Para quienes trabajamos en costura, hasta hoy no hay máquina que supere a la Singer.
Yo también recuerdo jugar con las muñecas al lado de mi madre mientras ella les hacía la ropita.
Ahhh si la Vieja Singer hablara, cuantas historias de antaño contaría!!!.
Me encantó que recordaras ésto.
Un abrazo

Angel Cabrera dijo...

Mabel, parece que somos muchos y muchas quienes compartimos estos recuerdos :)

reina dijo...

Yo aprendí a coser con una máquina como esa... era de mi abuela... y se guardaba hacia abajo y quedaba convertida en una mesita... pero siempre estaba abierta... yo le hacía la ropita a las muñecas.... jaja
Pero lo que más me recuerda a mi abuela es el olor a maíz, yo la acompañaba a comprar maíz para las gallinas y ese olor me la recuerda siempre... :)
Muchas cosas me la recuerdan...
Lindo post...!!!

Angel Cabrera dijo...

¿Por qué los recuerdos de los abuelos y abuelas serán tan especiales? :) (Excepciones aparte.)

reina dijo...

Excepciones aparte... será porque eran especiales... :)