
España es un país acostumbrado a vivir de sus arcas públicas. Son muchos los que al terminar unos estudios aburridos realizados por circunstancias antes que por vocación acaban
opositando. Durante años (+20) he tenido relación directa e indirecta con todos los entes administrativos que me rodean (locales, insulares, autonómicos y nacionales) y he sido testigo de las motivaciones que han empujado a la mayoría de los trabajadores de la cosa pública con los que circunstancialmente he ido tropezando.
Un impulso que podría resumirse por: seguridad/estabilidad, tareas sencillas, poco compromiso y mucho tiempo libre (comparándolo con la empresa privada). Desde luego puede afirmarse que la promesa de un sueldo fijo al mes sin mayor preocupación que
cubrir expediente no es cosa nimia ni algo que se pueda desdeñar. Pero si repaso mi joven carrera profesional
no recuerdo haber encontrado a ningún funcionario vocacional. Lo siento si te desilusiono, no es mi intención, tampoco la de generalizar ni la de querer afirmar que no existan. Sólo digo lo que he visto.
En todos estos años he constatado algo. Hay mucha gente trabajadora, cumplidora con su horario y sus obligaciones. Los que cumplen con
el tópico del funcionario que durante tanto tiempo tan bien ha retratado el
Maestro Forges en sus viñetas,
son pocos, los menos, pero esos pocos son muy visibles, escandalosos, los que siempre van molestando e importunando, metiendo zancadillas, quejándose, poniendo excusas y amparándose en su vinculación o filiación sanguínea; y en breve entro en ese asunto.
También he podido constatar durante todos estos años, sobre todo en las administraciones más pequeñas y cercanas, la gran mentira de la estabilidad (salvo para los casos mencionados hace dos frases). Hay una
enorme temporalidad en la Administración Pública. Mucha
interinidad, siempre pendiente de que su plaza sea cubierta, muchísimos contratos por servicios al borde de una finalización repentina porque la cosa o el motivo de su contratación ya cesó, muchos
falsos autonómos, laborales encubiertos que tienen y han tenido a cientos trabajando en condiciones que no aplicaría ni la empresa privada, con sueldos que ni tan siquiera alcanzan al
mileurismo. Otros tantos con contratos por meses, por sustituciones, por bajas... Muchísimos becarios y muchos, pero muchísimos puestos cubiertos con proyectos, con subvenciones europeas o de entes superiores al que la pide y ejecuta.
Y aún así sigue siendo la meca del trabajo seguro para muchísimos jóvenes sin motivación, profesión ni aspiración. Este ogro enorme, la propia Administración, voraz devorador de recursos, insaciable vaciador de arcas y presupuestos, ha crecido empujado por estas aspiraciones y un
sangrante favoritismo implantado por tradición y cultura en nuestros ayuntamientos, cabildos, diputaciones, consejerías, ministerios... por no citar a las fundaciones, empresas y todo tipo de instituciones y organismos públicos diversos, facilitadores del despilfarro injustificado.
Aún recuerdo cuando empecé a trabajar para una empresa que daba servicio de mantenimiento técnico informático a
un Ayuntamiento de esta isla. Según pasaban las semanas y los meses iba aprendiendo a fuerza de poner orejas y observar que allí, la jefa de negociado era esposa del jefe de servicio; que el auxiliar del departamento tal era sobrino de quien fue concejal de algo durante la época cual. Al menos llegué a contabilizar 4 líneas sanguíneas numerosas dentro de aquel organismo, más una pequeña multitud de pequeños núcleos familiares.
Lo mismo vi en las consejerías autonómicas por las que fui pasando años después por una u otra causa, directa o indirectamente. Muchos hijos e hijas del oportuno cargo del momento, sobrinos y sobrinas, esposos y esposas, primos, hermanas y hasta algún nieto. Y allí el
hijo de y acá la
sobrina de. Esto era y es mucho más evidente en ese gran invento de la política que son las empresas públicas, primero, y las fundaciones, institutos y todo tipo de cosas jurídicas que puedas imaginar, después.
La empresa pública, extendiendo esa definición a todas sus formas posibles, ha sido el gran invento de la política durante la democracia y en especial durante los últimos 20 años. Alguien, en algún momento, se dio perfecta cuenta que desviando parte del presupuesto a
Promoción de Algo, Sociedad Anónima, constituida con capital público, podría manejar las
perritas de una forma más flexible y agilizar la inversión al tiempo que aumentar la productividad. Pero pronto, estos objetivos fueron sustituidos por una manera simple de
pagar favores, dar
trabajo a familiares y
desviar fondos para utilizarlos con otros fines, supuestamente lícitos aunque casi siempre no permitidos por las partidas presupuestarias originales, pero en unos cuantos casos entrando en la ilegalidad más absoluta.
La empresa pública fue (y me atrevo a asegurar que sigue siendo) una manera sencilla para muchos de acceder al
cuasi-funcionariado sin pasar por el largo trámite de una oposición. Pero es más, resulta una forma sencilla de percibir
salarios excesivos y escandalosos por ejercer funciones que dentro de la propia administración no rascarían sueldos tan golosos. Han sido especialmente interesantes
los puestos de gerente de todas estas
organizaciones-garrapata. Puestos que debieron siempre de ser otorgados en base a la capacidad curricular del aspirante y no de su filiación política, condición que nunca se cumple ni se cumplió y difícilmente se cumplirá algún día en alguna de estas lacras.
Si un Ayuntamiento cualquiera crea una empresa para promoción turística no se nombra gerente a un destacado profesional del sector sino
a tal o cual varón del partido gobernante, sea el que sea. Y si no había cargos de gerente disponibles, entonces se nombrarán asesores. El
asesor, un ser misterioso, otra manera de meter mano en la bolsa, alguien desconocido para la prensa, personas indefinibles de las que nunca se ocupan los informadores, señores y señoras que
cobran salarios que ya querrían para sí muchos directores de respetables compañías privadas.
En otras ocasiones, estas instituciones creadas para hacer el trabajo que no hacían las propias administraciones, o para hacerlo de manera más ágil (que traducido significa
con menos control) gastaban y gastan, por ejecución del ordena y mando del
politicucho de tercera que toque en turno, invirtiendo el escaso fondo de las arcas públicas en
re-decorar despachos o en otro
coche oficial.
Así que, en definitiva, llevamos algo así como dos décadas expoliando nuestra propia caja de caudales, robándonos a nosotros mismos. Asaltando nuestra hucha cada vez que el nuevo gerente ordenaba cambiar todos los monitores de la oficina por unas pantallas planas para dar aire de modernidad. Invirtiendo de manera desconsiderada, sin sentido, pero con unos bolsillos insaciables, con aires de grandeza victoriana, en
mamotretos que a la postre no tendrían uso ni mantenimiento pero que costaron millones, cuando no billones de euros.
Grandes lúcidos que sin respeto alguno por el voto de sus electores decidieron tal o cual acción despilfarradora sobre la que nunca habrá una evaluación de objetivos conseguidos (o no), de productividad, de retorno de inversión, de relación coste/beneficio o, al menos, una medición del beneficio social para los administrados y supuestos beneficiarios, que somos todos.
No te extrañe pues que se me pongan los pelos de punta cada vez que oigo a una persona decir
estudio oposiciones. Algo que respeto y entiendo. ¿Pero, de qué estudias oposiciones? ¡De lo que sea! Lo importante no es en qué vas a trabajar, qué vas a hacer durante casi un tercio de tu vida, si apruebas y accedes al puesto -caso de no tener la consanguinidad necesaria-. En realidad, esto es lo de menos. El objetivo es tener ese puesto de
pone-sellos que media hora antes de las tres de la tarde puede permitirse el lujo de ir
recogiendo. Un tópico más. Lo sé, uno de tantos que se vienen cumpliendo invariablemente, mal que nos pese reconocerlo.
La Administración Pública, en España, es ese gigante insaciable que invierte poco pero gasta mucho. Una aparente vaca, eterna surtidora de leche a la que
los empresarios no han sido ciegos, en absoluto. Los beneficiados indirectos de las arcas de las administraciones no son sólo aquellos que en teoría nos representan o sus trabajadores, sino las
decenas de miles de empresas de todo tamaño y tipo que por la legalidad o la ilegalidad se han beneficiado dando servicios (y no es raro el caso en el que el citado gasto resultaba del todo innecesario) a este monstruo que vengo desnudando a lo largo de este artículo. En más de una ocasión un oportuno concejal, amigo de la infancia, o un primo, asesor del Director General, saca de un apuro o da un espaldarazo económico a tal o cual empresa gracias a un ocasional contrato otorgado por alguna de las muchas vías directas que la legislación permite.
Pero la hemos agotado, a la vaca, los distintos gobernantes la han apretujado hasta hacerla sangrar. Y ahora nos extrañamos, nos tiramos las manos a la cabeza con el grito en el cielo:
no hay dinero,
fuiste tú, se recorta el presupuesto,
no fui yo, se congelan los salarios,
eres un corrupto, se bajan las pensiones,
tú lo eres más o se producen
EREs encubiertos. Yo sigo observando, en buena parte habiendo sido testigo y actor dentro de esa maraña tan bien descrita (por algo puedo d-escribirlo). Y lo que me pregunto es si de verdad, honestamente y en la intimidad, tenemos motivos para sorprendernos.
¿Nos hemos robado a nosotros mismos durante las dos últimas décadas y ahora buscamos al ladrón? Este país tiene difícil remedio.Lamento escribir este artículo tan poco positivo, pero el Día de Canarias siempre me pone melancólico, porque veo lo que veo, me cuenten lo que me cuenten y pinta lo que pinta: a una panda de gil....las, políticos -y familiares- desalmados que sólo están interesados en medrar a costa de lo público.
(Imagen superior del dibujante, humorista gráfico e ilustrador italiano: Jpergrafando.)