lunes, 26 de septiembre de 2011

De rosales y arrogancias

Éste será uno de esos textos (entrada, artículo, texto, nota...) que no gustará a según quien lo lea y el humor que traiga dibujado bajo el brazo. Más que nada porque es personal, no aporta gran cosa al intelecto racional ni descubre nada en ciencia alguna. Es una impresión de vivencia, tan única, tan intransferible, tan íntima. Tan indiferente e insustancial.

Esta tarde de domingo la hemos pasado recuperando unos viejos macetones de barro. Y yo con mi incipiente lumbalgia. Pero el asunto lo merecía. Primero a vaciarlos y trasplantar un hermoso pimentero para luego fregar, estregando bien fuerte para recuperar ese aspecto a vasija de barro que debiera ser natural a los macetones del (casi-)todo-a-cien. De herramienta un viejo estropajo rescatado en el último segundo de un viaje seguro al cubo de la basura, haciéndole cumplir una última hazaña para, de nuevo, continuar su letanía al vertedero más próximo. Y, finalmente, terminar con el largo ritual de plantación de ocho gajos de rosal.

La verdad es que en ocasiones discurro si no tendremos, la mujer que acompaña los pasos de mi vida y tiene a bien la santa paciencia de aguantar mis quejumbrosas y fútiles penas, más éste, quien te escribe y se apena fútilmente, un cierto y misterioso imán para atraer a los arrogantes. Los altaneros y convencidos de su insustancial autosuficiencia nos surgen, de vez en cuando, aquí y allá, en su medio o en el mío o incluso en el común. Son los que de largo se visten cada día porque nunca necesitan aprender nada nuevo. Ellos saben. Lo saben. ¿Qué les vas a descubrir?

Plantar rosales puede ser una tarea de riesgo. Los dedos, sin guantes protectores, ignorantes de la violenta capacidad de un fino tallo para defender lo que considera le es propio, su vida atada al tronco y la raíz que lo sustenta, se lanzan ciegos a por veinte centímetros de palo verde, arma blanca en ristre y la convicción de la ignorancia en las yemas. En cuatro rápidos movimientos de experto sin título se gana la recompensa y el castigo. Zas, zas, zas, zas. Quitas las hojas, la flor, las púas y chupas la sangre. ¡Cómo duelen! ¡Sí que pinchan!

Los arrogantes hablan sin parar. Padecen de verborrea aguda. Cuando tú, también humano, también con ganas de ser admirado, un poquito al menos (no creo que sea mucho pedir), intentas lanzar tu argumentario, eres soslayado, cazoleteado como si ante ti no hubiera otro individuo, tan inseguro, tan frágil en el fondo aunque no en la forma, sino más bien al revés, una especie de asilvestrada maruja del bricolaje masculino. El arrogante siempre tendrá una respuesta, siempre habrá visto, a toro pasado, los cuernos que mataron al turista despistado. El lo sabía, lo supo, pero prácticamente nunca, vaya casualidad, lo sabrá con la suficiente antelación.

Una vez recompuestos los macetones y habiéndoles proporcionado unos mimos dignos de cualquier perro de alto etiquetado y factura de susto, se procede al rito de la tierra. Piedras porosas para los agujeros del fondo. Picón (siento que no me entiendas, sé que por ahí tiene otro nombre) en capa fina y luego algo de tierra suelta. Unas capas de mantillo del que vende la ferretería a precio de café torrefacto y colombiano, negro que no blanco. O bien mierda de vaca mezclada con arena, que el mismo efecto tiene. Acabada la tarta se aproxima el momento sagrado.

El arrogante querrá, por lo habitual, embaucar tus huesos en sus aventuras o en las aventuras de los arrogantes que idolatran. Porque ya lo dice el refrán, siempre hay un altanero más grande. O el soberbio grande apabulla al chico, que también es una manera de referir el asunto. Sorprendente es que lo mismo te pinta un coche que te programa un canal del televisor, te pinta un cuarto como te fotografía un avión, entiende de inversiones como de tornillos y de marketing como de peluquería. A todo se atreve porque nada teme. En especial porque sabe que más bien temen las víctimas, los que de seguridad poco andan sobrados.

Cuando ya está el macetón preparado y los gajos perfectamente cortados, justo a la altura de la yema, en el sentido de ésta, se espolvorea con hormonas de enraizamiento, por aquello de las trampas a escondidillas y la fanfarronería del buen jardinero de jardines que se supone se es. Con un palito adecuado, porque no es un palito, es el palito, se preparan lo que serán las ataduras de los nuevos rosales. Y allá va, penetrando en la madre tierra, encapsulada y revestida en cerámica roja, hasta clavarse justo el tamaño adecuado. Ni más adelante ni más atrás. Luego con fuerza pero sin malicia se aprieta y reaprieta hasta que queda erguido lo que asoma hacia el cielo. Y ya sólo falta algo de piedra pómez por encima, que retenga la humedad y adorne la fechoría. La guinda, un riego final que sentencia.

Cuando el arrogante atrapa a un inseguro poca salvación tiene. Pobre diablo. Va engullendo la escasa energía del inocente, esa que se guarda con absoluta avaricia para arrastrarse lo que queda de día. Sin que apenas se perciba el atraco del desalmado, o la desalmada, que los hay de unos y los hay de unas, una sombra de insignificancia cubre al moribundo. Al final, apenas balbucea. Y aunque levante el dedo de la moral para pedir el turno a la supervivencia, nada pasa, nada le salva porque allí se abalanza. Los despojos de lo que fue una moral segura acaban pidiendo permiso para existir: ¿Puedo aletargarme en el rincón de la morada de mi pequeñez? ¿Me permites vivir con el oxígeno de este milímetro cuadrado?

Lo cierto es que el arrogante también puede saber de jardinería por haber leído unos cuantos medios libros, de esos que nunca se terminan o se acaban sin haber empezado. O por echarse encima un par de capítulos de bricolaje en lata o, en ausencia de tan rico material, un cursillo de cinco horas de vete tú a saber. Lo que sea que le proporcione la dosis suficiente para elaborar el ritual del aturdimiento. Pero no es el caso, lo aseguro, del jardinero que en este relato y sin pretenderlo, aunque con cierta escandalera, se ha colado entre párrafo y párrafo.

El arrogante hace de su discurso afilados cuchillos rebañadores de moral ajena. El jardinero puntual sólo pasa los minutos compartiendo las experiencias. El altanero atropella discursos ajenos de manera distraída con su autosuficiencia recetada. El jardinero dominguero ni tan siquiera se siente jardinero pero sí dominguero, y a mucha honra. El soberbio cree siempre en la deuda ajena, aunque nada se le deba o aún incluso, lo que viene siendo habitual, que sea él, el personaje deudor.

Por eso yo, hoy, me he guardado algunas espinas, para llevarlas en la cartera, bien colocadas, bien pulidas, y, como soñé en una ocasión, meterlas en la boca del primer arrogante, altanero o soberbio que vengan a mí con pretensión de conquistar mi atención o tan siquiera acercar su envenenada locución a mis oídos. ¡Quedáis advertidos!

(Fotografía encontrada en el foro de InfoJardín.com.)

4 comentarios:

Laura de Bife dijo...

Me encantó esta entrada!!
Sos todo un sabio en esto de plantar rosales (yo no sé ni la cuarta parte de todo lo que hay que hacer...)
Y estoy con vos: después de semejante trabajo que has hecho este domingo, usá las espinas que te guardaste para el primer arrogante que te interpele!!
Y que no se interprete como apología de la violencia....
Se trata de "justicia"...
Saludos y cariños.
Lau.

Ramón María dijo...

Admirado me voy tras leer éste arrebato de guante blanco. Raudo, raudo, por si acaso, tus manos hacen algún movimiento extraño.

Abrazo con ojo avizor.

Mark de Zabaleta dijo...

Gran artículo, que sabe ir llevando hacia un tema complicado..."no hay rosas sin espinas"...en la arrogancia del ser humano !

Saludos
Mark de Zabaleta

Mabel dijo...

Así como has demostrado ser un buen jardinero, has descripto al arrogante y soberbio, y nunca está demás llevar unas espinas al alcance de la mano, siempre hay un merecedor de éstas.
Genial tu entrada con ambos temas y sobre todo relacionándolos.
Abrazo.