martes, 25 de octubre de 2011

El Águila Roja y su lamentable vida

Un cruce entre un Águila Roja y un Tío la Vara.
Gonzalo de Montalvo es el prototipo de héroe español, un señor sufrido que sólo quiere vivir tranquilo pero que está rodeado, muy a su pesar, de una terrible maraña de metepatas. En realidad, eso de ser el Águila Roja, el héroe del pueblo, ir con todo ese cuero, ¡y de negro!, con el calor que se pasa en verano en tierras castellanas, no es lo suyo. No es lo que él quiere, se le nota por la cara de disgusto que pone cada vez que le dan una mala noticia. Que resulta ser demasiado a menudo en cada capítulo. Entre tú y yo, pone cara de, ¡hasta los... me tenéis!

El hombre, lo que quiere, en verdad, es ser el maestro del pueblo, que le paguen sus monedas de oro a fin de mes y santas pascuas. En mi casa paz y Dios en la de los demás. Que tuvo la desgracia de caer un día en algún lejano lugar de oriente donde confluían una espada japonesa con unas enseñanzas chinas y algo de filosofía hindú. Pues mira, cosas así le pasan a cualquiera. Sobre todo en aquella época. Pero que eso sea excusa para estar todo el día salvándo el cuello, literalmente, a los incompetentes que le rodean.

A diferencia del héroe americano que siempre lucha contra el prototipo estereotipado del mal, nuestra local mezcla de hombre metrosexual con traje de cuero, barba de un par de meses y toques a los Bruce Lee, lucha contra la tontería aguda. Tiene su alter ego en el Tío de la Vara. El uno es el otro porque ambos luchan contra el mismo mal latino enquistado, se ve, desde tiempos inmemoriales en la piel de toro que nos recubre.

Seamos sinceros. ¿Quién querría a un amigo como el Sátur al lado? Amigos como esos, quien los tenga a caudales se asegura desgracias a raudales. Lo que le ocurre a nuestro héroe, sin ir más lejos. ¿Y un hijo como el Alonsito? ¡Ay! ¡El Alonso! Que sí, que a un hijo se le quiere y se le ama incondicionalmente pero, por favor, que este muchacho ya está en la edad de ganarse algunos maravedíes y aportar algunos viandas a la mesa. Digo yo. Venga el chiquillo a meter al padre en fregados y berenjenales. Con un hijo así quien quiere amigos. Es una angustia constante. Una desgracia. Está el Gonzalo dando clase a los zagales y de repente entra el Sátur balbuceando: ¡El Alonso, el Alonso otra vez! Y ahí ves a ese hombre a la carrera, con el traje negro, de cuero, en verano (no lo olvidemos), la espada esa tan chula sacada de contrabando del país nipón, con el corazón a toda leche brotando de la boca. ¡En qué carajo se habrá metido ahora el Alonso!

Al menos en algo sí se parece nuestro héroe al estereotipo gringo. En la tensión sexual. La verdad es que, tener superpoderes para no tener una super... ni poder echar un super... en fin, tú ya me entiendes. Hay que ser desgraciado. Todo el día con la adrenalina por las nubes, que eso te tiene que poner ciego al más despistado. Y cuando viene la chavala, además, a portarse como un caballero. Pero no un capítulo, ni dos. No. Por si resultara poco el sufrimiento entre las piernas resulta que una temporada, dos, tres... y llegando al máximo de la crueldad, la muchacha desaparece en algún momento y el pobre Águila, en nuestra España querida, o cualquiera de los súper, al otro lado del Atlántico, se quedan sin novia y sin el polvete del siglo.

Y es que la Margarita está de buen, de muy buen ver. Tú ponte en situación. Con la espada todo el día en la mano, la moza en tu casa, en tu propia casa, insisto, bañándose en un barreño y con la puerta abierta, que ya es casualidad (para mí que es intencionado, sólo para desquiciar al pobre Gonzalo). Encima lo llama la Lucrecia, la señora marquesa, que tiene más peligro que el Motorista Fantasma en una gasolinera. Y le dice el servicio que se pase a los aposentos, que la "señora" lo espera. (¿Señora?) Entra nuestro Águila en su versión civil y qué pasa. ¿Qué crees tú que pasa?

Analicemos la situación. De un lado un mozalbete que camina ya para maduro con la espada en la mano, del otro una marquesa con menos ropa y más calor que un jipi en una playa nudista. Pues está claro. ¿Qué van a hacer? Hablan. Porque en esas situaciones los superhombres sólo hablan. Nada más. ¿Quién quiere ser superhombre?

Luego queda el entramado de despropósitos que rodean al Gonzalo, hombre de paz en realidad, pero es que lo empujan, lo empujan. Por un lado está ese Rey sin nombre, que parece predecir lo que serían los políticos españoles del siglo XXI, es decir, tontos (por no usar otro calificativo). Y está también el Cardenal Mendoza. Ya sé que a muchos eso de que el malo sea el Cardenal no les hace gracia, pero mira, cada institución tendrá que cargar con su propia fama. Y donde el río suena. Algo hubo en aquella época (en las anteriores y las posteriores) para que hoy pongamos por malo al Cardenal (y mira que es hijo de... el muy jodido).

El resto de personajes cumplen su papel. Incordiar, poner la zancadilla o meterse en líos sin ningún motivo. Sólo por fastidiar al Gonzalo. A mí me parece que la serie del Águila Roja tiene tanto éxito porque lo que han hecho sus guionistas es camuflar una crónica de la España actual en la España de ayer. Lo que no resulta muy halagüeño si es verdad que en varios siglos no hemos avanzado nada. Bueno, algo sí. Ahora tenemos coches, móviles e Internet.

3 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Lo describes francamente bien !

Saludos
Mark de Zabaleta

Anónimo dijo...

Genial, ¿y qué me dices de las meteduras de pata históricas? Daría para otro artículo,xd. Un saludo.

Esther dijo...

Realmente genial, lo has bordado,
pero reconozco que me flipan las espadas.
Besos.