jueves, 29 de septiembre de 2011

La Seguridad Social castiga a los autónomos por un error propio

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En estos días me han contado una historia de esas que uno no sabe si creer, dudar o tomarse con espanto. Y en esa historia el lobo es la Seguridad Social y la pobre niña asustada los ni-se-sabe-cuántos autónomos que han tenido que pasar por el aro de la sinrazón del estatus público.

La historia, tragicómica, cuenta como este año, en el mes de enero, el importe por el RETA (Régimen Especial del Trabajador Autónomo para la Seguridad Social) subía, al parecer, unos 24 euros. La trampa de nuestro lobo, de los dentudos trabajadores públicos y sus deficientes regidores, es que al parecer olvidaron incluir esa subida en los recibos de enero. No sé si a todos los autónomos, no sé si a unos pocos, a unos casi muchos, a los de un sector determinado, a los de una primera tirada de recibos, a los de una zona. El asunto debe ser secreto de Ministerio. No es sólo un caso, ya son varias decenas los casos conocidos por referencias a éste, quien te escribe.

Ahora, a mes de septiembre terminado, cuando ya se han reincorporado quienes debían reincorporarse, les han notificado un apremio de cobro con amenaza de embargo por un importe de 30 euros. Los 24 que olvidaron cobrar (ellos, los trabajadores públicos) más 6 euros por intereses de demora. Sí, como lo oyes. La Seguridad Social hace mal sus cuentas y se lo hace pagar a los autónomos.

A las quejas de los susodichos, al parecer, porque todo esto, aunque conocido de primera mano, no es experiencia directa, el funcionario o funcionaria de turno, entre el momento del café, el desayuno y justo antes de ir a Zara informa, debidamente al autónomo quejica que: oiga, señó, u'té pague y luego reclaaame, que ya se le devorverá.

Reconozco que no salía de mi asombro. ¿De verdad? ¿Es decir, te apremian el pago de una diferencia en la subida del RETA que ellos, por error, no aplicaron en el recibo correspondiente y ahora te lo hacen pagar con recargo de intereses de demora? Fue mi inevitable pregunta, algo rebuscada, a medio camino de la afirmación incrédula. ¿Y cuántos autónomos habrán pasado por tan tragicómica situación? Fue el pensamiento que siguió a la citada frase. No creo que se llegue a saber.

Pero si fueron 100, por un decir, 600 euros que se endosa la Seguridad Social por un error propio. Si fueron 1.000, pues 6.000. Y sin fueron 100.000, pues calcula tú el tamaño del cachondeo de los funcionarios y/o funcionarias de este país de lazarillos y/o lazarillas.

Y así, señores, en la nación de los burócratas y los acomodados, el país donde la máxima aspiración del universitario medio es la de aprobar unas oposiciones, es como se ayuda, alienta y apoya al emprendedor y al pequeño/mediano empresario. Tomándole por el pito del sereno.

Ahí queda eso.

(Viñeta, cómo no, del inigualable Forges.)

lunes, 26 de septiembre de 2011

El próximo sábado, 8 de octubre, discurro sobre la fe

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No lo sé, tampoco es que lo tenga muy claro. La fe. ¡Qué rollo! La fe es para los católicos que están todo el día en misa y se tragan lo que sea.

Bueno, la verdad es que yo tampoco sé que es la fe, pero quiero reflexionar sobre esta palabra porque, finalmente, hasta el más incrédulo, en un momento de su vida, cree en algo, incluso en que no cree.

¿La fe? Vaya usted a saber, estimado caballero, que podría ser eso. Pero me agarraré el pecho, jalaré costillas y esternón para un lado y le preguntaré a esa cosa que palpita aquí dentro qué puñetas entiende por fe. Y el día 8 de octubre. Creo que por nada en especial, es un hermoso día, como otro cualquiera. O porque es el 8 de octubre y hace un año lo intentamos, lo hicimos, con la palabra convivencia y hace dos con la palabra solidaridad.

¿Y tú qué puedes hacer? Escribir.

El día 8 te sientas delante de tu ordenador, accedes a tu bitácora, pones la palabra fe en el título y debajo empiezas a destripar tus emociones y tu alma, acompañando a muchos blogueros en esta aventura. ¿Por qué?

¡Y por qué no! ¿Acaso no tienes voz? ¿O vas a esperar a que otro te diga lo que tú debes sentir como fe?
 
:)


(Cartel maravilloso creado por Chema Barragán, de Rayajos en el Aire.)

De rosales y arrogancias

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Éste será uno de esos textos (entrada, artículo, texto, nota...) que no gustará a según quien lo lea y el humor que traiga dibujado bajo el brazo. Más que nada porque es personal, no aporta gran cosa al intelecto racional ni descubre nada en ciencia alguna. Es una impresión de vivencia, tan única, tan intransferible, tan íntima. Tan indiferente e insustancial.

Esta tarde de domingo la hemos pasado recuperando unos viejos macetones de barro. Y yo con mi incipiente lumbalgia. Pero el asunto lo merecía. Primero a vaciarlos y trasplantar un hermoso pimentero para luego fregar, estregando bien fuerte para recuperar ese aspecto a vasija de barro que debiera ser natural a los macetones del (casi-)todo-a-cien. De herramienta un viejo estropajo rescatado en el último segundo de un viaje seguro al cubo de la basura, haciéndole cumplir una última hazaña para, de nuevo, continuar su letanía al vertedero más próximo. Y, finalmente, terminar con el largo ritual de plantación de ocho gajos de rosal.

La verdad es que en ocasiones discurro si no tendremos, la mujer que acompaña los pasos de mi vida y tiene a bien la santa paciencia de aguantar mis quejumbrosas y fútiles penas, más éste, quien te escribe y se apena fútilmente, un cierto y misterioso imán para atraer a los arrogantes. Los altaneros y convencidos de su insustancial autosuficiencia nos surgen, de vez en cuando, aquí y allá, en su medio o en el mío o incluso en el común. Son los que de largo se visten cada día porque nunca necesitan aprender nada nuevo. Ellos saben. Lo saben. ¿Qué les vas a descubrir?

Plantar rosales puede ser una tarea de riesgo. Los dedos, sin guantes protectores, ignorantes de la violenta capacidad de un fino tallo para defender lo que considera le es propio, su vida atada al tronco y la raíz que lo sustenta, se lanzan ciegos a por veinte centímetros de palo verde, arma blanca en ristre y la convicción de la ignorancia en las yemas. En cuatro rápidos movimientos de experto sin título se gana la recompensa y el castigo. Zas, zas, zas, zas. Quitas las hojas, la flor, las púas y chupas la sangre. ¡Cómo duelen! ¡Sí que pinchan!

Los arrogantes hablan sin parar. Padecen de verborrea aguda. Cuando tú, también humano, también con ganas de ser admirado, un poquito al menos (no creo que sea mucho pedir), intentas lanzar tu argumentario, eres soslayado, cazoleteado como si ante ti no hubiera otro individuo, tan inseguro, tan frágil en el fondo aunque no en la forma, sino más bien al revés, una especie de asilvestrada maruja del bricolaje masculino. El arrogante siempre tendrá una respuesta, siempre habrá visto, a toro pasado, los cuernos que mataron al turista despistado. El lo sabía, lo supo, pero prácticamente nunca, vaya casualidad, lo sabrá con la suficiente antelación.

Una vez recompuestos los macetones y habiéndoles proporcionado unos mimos dignos de cualquier perro de alto etiquetado y factura de susto, se procede al rito de la tierra. Piedras porosas para los agujeros del fondo. Picón (siento que no me entiendas, sé que por ahí tiene otro nombre) en capa fina y luego algo de tierra suelta. Unas capas de mantillo del que vende la ferretería a precio de café torrefacto y colombiano, negro que no blanco. O bien mierda de vaca mezclada con arena, que el mismo efecto tiene. Acabada la tarta se aproxima el momento sagrado.

El arrogante querrá, por lo habitual, embaucar tus huesos en sus aventuras o en las aventuras de los arrogantes que idolatran. Porque ya lo dice el refrán, siempre hay un altanero más grande. O el soberbio grande apabulla al chico, que también es una manera de referir el asunto. Sorprendente es que lo mismo te pinta un coche que te programa un canal del televisor, te pinta un cuarto como te fotografía un avión, entiende de inversiones como de tornillos y de marketing como de peluquería. A todo se atreve porque nada teme. En especial porque sabe que más bien temen las víctimas, los que de seguridad poco andan sobrados.

Cuando ya está el macetón preparado y los gajos perfectamente cortados, justo a la altura de la yema, en el sentido de ésta, se espolvorea con hormonas de enraizamiento, por aquello de las trampas a escondidillas y la fanfarronería del buen jardinero de jardines que se supone se es. Con un palito adecuado, porque no es un palito, es el palito, se preparan lo que serán las ataduras de los nuevos rosales. Y allá va, penetrando en la madre tierra, encapsulada y revestida en cerámica roja, hasta clavarse justo el tamaño adecuado. Ni más adelante ni más atrás. Luego con fuerza pero sin malicia se aprieta y reaprieta hasta que queda erguido lo que asoma hacia el cielo. Y ya sólo falta algo de piedra pómez por encima, que retenga la humedad y adorne la fechoría. La guinda, un riego final que sentencia.

Cuando el arrogante atrapa a un inseguro poca salvación tiene. Pobre diablo. Va engullendo la escasa energía del inocente, esa que se guarda con absoluta avaricia para arrastrarse lo que queda de día. Sin que apenas se perciba el atraco del desalmado, o la desalmada, que los hay de unos y los hay de unas, una sombra de insignificancia cubre al moribundo. Al final, apenas balbucea. Y aunque levante el dedo de la moral para pedir el turno a la supervivencia, nada pasa, nada le salva porque allí se abalanza. Los despojos de lo que fue una moral segura acaban pidiendo permiso para existir: ¿Puedo aletargarme en el rincón de la morada de mi pequeñez? ¿Me permites vivir con el oxígeno de este milímetro cuadrado?

Lo cierto es que el arrogante también puede saber de jardinería por haber leído unos cuantos medios libros, de esos que nunca se terminan o se acaban sin haber empezado. O por echarse encima un par de capítulos de bricolaje en lata o, en ausencia de tan rico material, un cursillo de cinco horas de vete tú a saber. Lo que sea que le proporcione la dosis suficiente para elaborar el ritual del aturdimiento. Pero no es el caso, lo aseguro, del jardinero que en este relato y sin pretenderlo, aunque con cierta escandalera, se ha colado entre párrafo y párrafo.

El arrogante hace de su discurso afilados cuchillos rebañadores de moral ajena. El jardinero puntual sólo pasa los minutos compartiendo las experiencias. El altanero atropella discursos ajenos de manera distraída con su autosuficiencia recetada. El jardinero dominguero ni tan siquiera se siente jardinero pero sí dominguero, y a mucha honra. El soberbio cree siempre en la deuda ajena, aunque nada se le deba o aún incluso, lo que viene siendo habitual, que sea él, el personaje deudor.

Por eso yo, hoy, me he guardado algunas espinas, para llevarlas en la cartera, bien colocadas, bien pulidas, y, como soñé en una ocasión, meterlas en la boca del primer arrogante, altanero o soberbio que vengan a mí con pretensión de conquistar mi atención o tan siquiera acercar su envenenada locución a mis oídos. ¡Quedáis advertidos!

(Fotografía encontrada en el foro de InfoJardín.com.)

viernes, 23 de septiembre de 2011

Vodafone, Rajoy, Movistar y Rubalcaba... será porque no oyen

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Estar en redes sociales para escuchar sólo aquello que te bendice los oídos es repetir los modelos de siempre.

Leída esta frase queda todo dicho...

... aunque puede que aún te preguntes qué tienen de común entre sí estas cuatro marcas. Y digo marcas porque hoy en día los apellidos de los líderes políticos se venden como si fueran un refresco, una botella de leche, una caja de galletas o el tostón musical del verano.

  1. Tienen en común que las cuatro utilizan Twitter (@Vodafone_es, @Movistar_es, @MarianoRajoy y @ConRubalcaba).

  2. Tienen en común que cuando se les lanza un tweet que no es una lisonja gratuita -o pagada, que también las hay-, que representa una queja -aún objetiva-, que lanza un reto o resulta ser una pregunta incómoda, se opta por el silencio, la no respuesta o, como mucho, a una finta futbolera.

Para ellos, con todo el amor del mundo, va este corto. Tal vez aprendan viendo lo que no aprenden oyendo.



lunes, 19 de septiembre de 2011

El día 8 de octubre escribo sobre...

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... la fe.

Así, como suena. ¿Y por qué te cuento esto, me dirás? Verás, hace dos años, casi sin pretenderlo, me vi enfrascado en una movilización colectiva de blogs para que un 8 de octubre de 2009 escribiesen sobre su concepto de solidaridad. Y en 2010 se repitió la iniciativa con la palabra convivencia.

La primera vez más de 100 blogueros escribieron su visión personal sobre la palabra, el concepto, la idea, la intuición y el sentimiento que les movía la palabra solidaridad. El segundo año superamos los 400 bailando con palabras e imágenes alrededor de la convivencia.

Eso sin repercusión mediática importante, a nadie le interesó el asunto. A nadie de los grandes, a ningún gurú, a ningún programa ni medio de comunicación -salvo honrosas excepciones-. Fue la acción de los pequeños y silenciosos. De los que parece que no tienen fama ni una digna masa de miles de seguidores pero que, sin embargo, tienen voz que tiene expresión a través de sus artículos.

Fue una tarea enorme en la que yo sólo aporté un granito de arena, minúsculo e insignificante. Y no es por desmerecer ningún mérito personal, es una declaración sincera. Hay una persona que la hizo realidad, un bloguero convencido, J.F. Senovilla, conocido por su Pensamientos JFS. De él fue el mérito realmente. De él y su esfuerzo. Quizás ahora suena a coba gratuita y aprovechada para ver si lo engancho de nuevo en la aventura. No es la intención, y no es así porque este año mi granito es aún más pequeño. El día a día me devora y las prioridades me arrinconan.

Sin embargo no me resisto a tirar la toalla. Con ilusión pero sin pretensión dejo aquí la propuesta a todo bloguero que sienta interés y motivación. Que el día 8 de octubre de 2011 publique una entrada en su blog escribiendo, definiendo, dibujando, ilustrando, versando sobre lo que es, para él o ella, lo que significa, para sí mismo, para sí misma, la palabra fe. La denostada palabra fe. Y el reto es aún mayor para quienes no nos sentimos atraídos, ni poco ni mucho, por la religión.

Y ya puestos, pedir ya un empujón en la difusión de esta iniciativa sería casi vergonzoso por mi parte pero, como bien dicen, quien no pide no recibe, incluyo esa solicitud en mi guante.

La aventura bloguera, cuando menos, resultará curiosa porque, como ocurrió con solidaridad y convivencia, cada quien la entiende a su manera, con sus propios matices y tonalidades, incluso hay roces, malos entendidos, quienes encuentran segundas y terceras intenciones... pero al distanciarte y mirar el puzzle multicolor de explicaciones resulta que todos, creyentes y no creyentes, de izquierdas o de derechas, de un lado o del otro... no se diferencian, no nos diferenciamos tanto en lo esencial, en las entrañas.

Después de todo parece que el hombre y la mujer son buenos por naturaleza y tal vez malos por situación.

¿Qué opinas, le cuentas a tus lectores el día 8 de octubre lo que es para ti y lo que entiendes por fe?

(Imagen de El pensador de Rodin, encontrada en el bitácora La nodriza de las hadas y el rey carmesí.)

sábado, 17 de septiembre de 2011

Escultura viva creada por la naturaleza

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Cada año aparece en el mismo árbol, en la misma época y de la misma manera.

Cada año tiene una forma distinta y cada año nos sorprende igualmente como si la descubriésemos por primera vez.

Sin más palabras.

martes, 13 de septiembre de 2011

Vendo cursos, cómpramelos baratos que luego tienes trabajo seguro

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Cursos de diseño web... y acceda a miles de puestos de trabajo. Ese era el titular de una oferta de formación que llegó hoy a mi correo electrónico. No miré quién lo ofrece ni pongo en duda al formador ni al programa formativo o al contenido.

Lo que critico, lo que señalo como detestable es el hecho de realizar promesas imposibles de cumplir, aprovechando la circunstancia actual de necesidad de trabajo, vinculándolo a una oferta formativa. Así lo reflejé en Twitter, cosa que animó la conversación en mi timeline.

No muy lejos de aquí cierta academia publicita en su portal web ofertas de empleo que luego, al rascar un poco, resultan ser ofertas de empleo público. O en realidad, cuando te citan a una entrevista de trabajo para las citadas y pretendidas ofertas, lo que se destapa es la intención real: vender sus clases de preparación de oposiciones.

La formación profesional es importante. Para muchas personas sin titulación alguna realizar cursos de preparación en centros privados o promocionados por organismos públicos puede abrirle puertas, ponerlo delante de nuevas alternativas, mejorar un poco económicamente, ser más competitivo. Pero no es de recibo, desde la perspectiva del contratante, exigir lo mismo a un titulado universitario, a un titulado en un ciclo formativo medio o superior y a una persona que ha realizado un curso para desempleados.

Aún así, la calidad profesional viene dada por la eficacia en el trabajo. Es decir, que el desempeño de tu actividad se ajusta a la necesidad. Un neurólogo puede ser un chef horroroso. La perfección no existe, el conflicto siempre está presente, forma parte del proceso de aprendizaje continuo. No considero que las lanzas tengan, pues, que afilarse y aventarse contra quienes buscan mejorar en su vida.

Como norma general recomendaría, a quienes buscan la opción de aprender habilidades nuevas, huir de las academias y centros privados que recurren a las promesas de trabajo exitoso y fácil anunciándose en la sección de turno de un periódico. Huir de lo que podría ser tachado de estafa y engaño, de mensajes que aseguran que vas a entrar en un sector profesional de éxito, sea diseño web, riesgos laborales, técnico en calidad, gestión inmobiliaria o cualquier otro. En los últimos años hemos visto ejemplos en todos los sectores.

El éxito profesional, en cualquier sector, viene medido por el esfuerzo personal, por las ganas de aprender y reciclarse de manera continua, por hacer una apuesta permanente por mejorar todos los días, al menos un poco en algo.

Lo otro, la formación, provenga de donde provenga, formal o informal, reglada o no, privada o pública, concertada o pagada, sólo nos provee de herramientas basadas en conocimientos y técnicas. Pero nosotros, tú y yo, somos los que las ponemos en marcha y hacemos de nuestra experiencia laboral una vivencia profesional y una oportunidad de crecimiento personal.

Tú eliges. Pero no elijas, si me lo permites, el engaño ni las promesas de éxito fácil y rápido.

lunes, 12 de septiembre de 2011

De reunión en reunión, hablo o escucho cuando me toca

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Cuando tienes un perfil técnico y decides lanzarte a proporcionar servicios como profesional independiente encuentras una agradable, o desagradable, sorpresa, según tu carácter: la labor comercial.

Para un consultor, un auditor, un programador, un publicista, un especialista en comunicación o un transportista, por citar algunos ejemplos a vuela pluma, tener que visitar a una persona, un potencial cliente, alguien que resultaba desconocido hasta ese momento, para tratar de convencerle de las bondades y de la calidad de su trabajo, de lo que ofrece, de por qué es mejor contratarle a él en vez de a otro, de las necesidades que va a cubrir, de lo que va a ganar con él, puede convertirse en una labor muy cuesta arriba.

Al final, aunque quien se quiere vender lo tiene muy claro, quien escucha no le conoce y, probablemente, ya haya oído muchas propuestas anteriormente. Pero es así, todo empieza por un "hola, soy y hago". Cuando decides dar el paso empiezas a zarandear tu agenda, recurres a tus contactos profesionales más cercanos, no porque te puedan proporcionar una oportunidad de negocio sino porque a su vez tienen un potencial en su propia red y lo que intentas es llegar al siguiente nivel. Haber dejado tras de ti un rastro de profesionalidad y seriedad puede ayudarte mucho en este paso. Eso no significa que no hayas pasado por determinados conflictos. El conflicto forma parte del aprendizaje de cualquier buen consultor o técnico.

A la hora de sentarte con alguien no sólo has de hablar, has de escuchar, prestar atención. Las oportunidades se encuentran en lo que se recibe, más que en el momento en que ofreces. Cuando escuchas se abre un abanico de posibilidades si quien te habla expresa sus necesidades. Las empresas que pueden convertirse en tus clientes buscan cubrir debilidades, no sustituir fortalezas.

Una buena conversación profesional es un intercambio de información útil entre las partes que puede pasar por distintos momentos. Es importante, por lo tanto, para no perder una buena oportunidad, conocer con cuánto tiempo cuentas, sobre todo por respeto hacia quien te presta su atención. También es importante que en la medida de lo posible y de lo que marque tu estrategia la otra persona tenga una idea sobre el tema a tratar en el encuentro.

En ocasiones la conversación puede derivar hacia derroteros no planificados. Si estás atento y prestas atención esas desviaciones pueden convertirse en oportunidades. Es decir, si vas a vender un servicio de pintar un garaje y tu interlocutor te dice que necesita pintar el techo, tienes dos opciones, insistir en tu oferta o dar un golpe de timón y adaptarte.

Al terminar el dialogo intentar llevarte algunas acciones concretas como tareas: enviar una propuesta, ampliar información, ofrecer algún ejemplo o muestra del servicio. Con los nuevos medios digitales aprovecha la oportunidad de alargar el contacto agradeciendo el tiempo y, si te has llevado estas tareas, hazlas en el menor tiempo posible y devuelve una respuesta. No postergues. El empujón que ofrece una conversación dura poco tiempo.

En definitiva, programar un tiempo, tener un objetivo y una meta, ser flexible pese a tus objetivos, adaptarte, conseguir que la conversación se concrete en una acción, agradecer por el tiempo y la atención. Como mínimo, aunque no contraten tus servicios, habrás recibido orientación, consejos, nuevos contactos, oportunidades para mejorar tu propuesta. No pienses que por no obtener un contrato has perdido el tiempo. Lo que es perder tiempo es llegar a esa equivocada reflexión.

Y en marcha. Poco más que añadir. Aquí tienes unos consejos informales, sin pretensión de sentar cátedra, más como una recopilación a toda prisa de experiencia personal. Usa lo que necesites y aporta tu visión en los comentarios. Seguro que muchos queremos aprender de tu propia experiencia.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Yelmo Cines y los detalles de la crisis

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Hoy voy a trollear un poco con Yelmo Cines, para ver si tienen community manager y si está atento. Pero también porque como observador enfermizo de lo que me rodea no puedo evitar centrar mi atención en los detalles, esas pequeñas cosas que habitualmente pasan desapercibidas cuando están pero que desvirtúan un servicio o producto cuando no. Quizás al final incluso les esté haciendo un favor.

Y hablamos de una gran compañía del entretenimiento, con un presupuesto más que importante en mercadotenia. Un producto fabricado al estilo de McDonals, para un gran consumo. Pero, mientras el mastodonte de la comida rápida se ha dado cuenta de que el cuidado por el detalle aporta un valor imperceptible que incita a repetir, otros parecen haber escogido justo el camino contrario como vía de recorte de gastos.

Si hay una víctima temprana en las empresas esa es la pasión por lo pequeño, por lo bien acabado. Se reduce personal y el que queda trabaja más, a ser posible cobrando menos. Los trabajadores habitualmente tienen que dar el mismo resultado con materias de peor calidad y decir a sus clientes que todo sigue igual. Y mentir, se diga lo que se diga, no es plato de buen gusto para casi nadie.

¡Ah! Claro, que no te he contado la historia. Hoy fuimos a pasar un buen rato de cine de entretenimiento con El origen del planeta de los simios, una entretenida cinta que encaja perfectamente con la original realizada en 1968.

Detalle 1. Entramos a la tienda de golosinas que hay dentro del cine, nos gastamos lo habitual, 3 ó 4 euros. Le dan las golosinas a la niña y 10 pasos después... la mitad en el suelo. ¿Y eso? La pequeña bolsa plástica es de tan mala calidad que se abrió por debajo.

Detalle 2. ¿Nachos? No nos queda salsa de queso. Sólo salsa picante, le pongo dos. Un domingo, en la primera sesión de la tarde, ya no tienen uno de los tres componentes de uno de sus productos estrellas.

Detalle 3. Las golosinas, que habían caído prácticamente al pie de dos acomodadores, uno de mayor rango que el otro, a juzgar por la corbata roja y la camisa blanca del primero y el polo de merchandising del segundo, seguían allí 10 minutos más tarde, pisoteadas, dando un aspecto, cuando menos interesante (¿se nota la ironía?), a la moqueta del pasillo.

Detalle 4. La Coca-Cola, y aquí ya se afecta a otra marca, a algún inteligente responsable de ventas se le ha ocurrido eliminar el envase pequeño, han limitado las opciones a mediana o grande. Casi cuatro euros por la mediana. Primero el hielo, hasta arriba, luego lo que queda de refresco. Diez minutos más tarde lo que tienes en el vaso es agua edulcorada que no tiene nada que ver con la Coca-Cola Zero que tú pides.

Detalle 5. Más tiempo de promoción de la propia marca al inicio de la película que tiempo en avances de lo que estará próximamente en pantalla.

La mayoría de los clientes no se percatan de estas cosas. Saben o sienten que ir al cine es como comprar en AlCampo o un Mercadona, donde la desgana de quien te atiende es evidente y salta a la vista. El servicio deja de ser un servicio diferenciado por la atención. Ir al cine es, simplemente, ir al cine, aunque el precio de los productos que consumes con la excusa de pasar una buena tarde excede con creces sus precios normales.

Tampoco es un mal exclusivo de Yelmo. Justo antes de entrar el comentario de una señora que parecía trabajar en una tienda se cruzaba en mi camino. Pues hay veces que entra una clienta y empatizo enseguida. La pregunta es, cómo se puede antipatizar con un cliente (si empatiza en ocasiones, supongo que antipatizará en el resto). No hablo hoy desde el punto de vista del empleado mal pagado y al que se le exige mucho más de lo firmado en un contrato. Seguramente, desde su perspectiva, la desgana y la desatención están justificadas. Señalo a la responsabilidad de la empresa.

¿Y por qué es tan importante el detalle, la atención amable, el cuidado de lo que hace de la experiencia "ir al cine", una experiencia "disfrutar en el cine"? Porque es el camino para atraer su atención, que repita su consumo y que recomiende nuestro negocio. Procurar una experiencia sublime es la mejor manera de atraer el éxito a una empresa. Lo otro es subsistir y prolongar la agonía de una muerte anunciada.