lunes, 31 de octubre de 2011

Gestión integrada de presencia en Internet

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Estaba dándo vueltas a escribir un nuevo artículo sobre qué es el community management, dirigido a amigos, o clientes (potenciales), que entienden la necesidad de estar en Internet desde el punto de vista de sus empresas o marcas, pero que no les suena, para nada, eso de gestionar una comunidad. Para ellos tener una web es, de por sí, el objetivo.

Imagina la cara que ponen cuando se les menciona el posicionamiento, la publicidad en buscadores o redes sociales, el contenido viral, la reputación digital, las comunidades, la gestión de perfiles sociales o la métrica web. Todo eso sin entrar en teorizaciones (objetivos por aquí, segmentos por allá, configuración del mensaje ahora, medimos después).

Mientras le daba vueltas al asunto me encuentro con el cliente "tipo" que teniendo web pide posicionamiento o que gestionando perfiles sociales pide que lleves su página en Facebook o que queriendo desarrollarse en comercio electrónico solicita instalar y configurar osCommerce. Punto. No quieren nada más. Cuando preguntas por las otras actividades, por su web, su blog, sus redes, sus estrategias, sus objetivos, su mensaje, su segmento o cualquier otro aspecto fuera de lo solicitado, entras en el ámbito no corresponde. No es lo que el cliente quiere o ha solicitado. Pero, desde mi humilde punto de vista, supone un error.

¿Qué es la presencia digital?

Alrededor del concepto de presencia digital pivotan otros, de los que se ha escrito mucho, y que en apariencia no tienen mucho que ver. Hago referencia a la reputación digital -vinculada a la marca o a la imagen de un profesional-, de la que hay en la red verdaderos maestros; o la usabilidad -vinculado al diseño-; o la viralidad -vinculada al impacto y el alcance de una acción sobre un contenido-; o la gestión de comunidades -vinculada a las relaciones-; entre otros muchos.

Sin embargo, todas esas acciones tienen que ver con un gran objetivo asociado a quien lo promueve. O así debería ser. Es el "estar para". Sin esa meta presente, que actúe de eje coordinador para las acciones a ejecutar, el batiburrillo de mensajes transmitidos a la comunidad a través de los múltiples recursos que se pueden emplear acaba resultando improductivo y hasta contradictorio; convierte la comunicación digital en un gasto en vez de transformarla en una inversión.

La presencia digital debe ser entendida, por lo tanto, como el resultado global o la suma de todas las acciones emprendidas (o necesarias) para que una marca llegue a su mercado potencial. Y aquí cabe tanto hablar de presencia personal o profesional, de empresa privada como pública, de instituciones como de colectivos.

Si el objetivo general de una empresa es abrir un nuevo canal de ventas (potenciar el e-commerce) a través de un nuevo medio, como es Internet, desde la web corporativa, el propio diseño de la tienda electrónica, el posicionamiento, las acciones en redes sociales e incluso los KPIs predefinidos tienen que apuntar hacia ese fin: vender (ejemplo clave: Dell).

Si el objetivo general consiste en reforzar los lazos con la comunidad natural en la que se desenvuelve la marca (los visitantes de un museo, los clientes de un taller de mecánica, los usuarios de una administración, etc.), fortalecer su relación con él para generar fidelidad (ejemplo clave: Apple), igualmente todas las acciones han de apuntar hacia ese fin.

O puede que el objetivo general sea introducirse en un mercado existente con una nueva marca. Incluso crear un mercado inexistente a través de reflotar una necesidad hasta el momento desapercibida. Como en El Señor de los Anillos, siempre hay uno para gobernarlos a todos: un gran objetivo que define los objetivos específicos y las acciones a emprender.

En cualquier caso, y sin perder de vista que todo cambia con el tiempo, según se van alcanzado metas o éstas se adaptan a las circunstancias, por lo tanto, sin perder flexibilidad, la idea básica es que todas las acciones encaminadas a dar sentido a nuestra presencia en Internet han de regirse por esa visión global.

¿Qué implica la gestión integrada?

Si aceptamos la premisa anterior, cómo explicamos frases, oídas en boca de algunos directivos, tales que "sí, la web, la llevan los informáticos", "¡ah!, lo del Facebook, la empresa de publicidad", "sí, el blog, escribo yo cuando tengo un rato". No siendo raro que todas esas afirmaciones las responda la misma persona en la misma conversación.

De tu negocio u organización y de lo que vendes u ofreces o haces se habla, sí o sí, en la red, ahora mismo y a tus espaldas, sin que puedas controlarlo (pobre iluso quién pretenda tal cosa). Estar para, con coherencia, con un objetivo claro y definido desglosado en objetivos específicos que se persiguen a través de acciones concretas y que encajan en un patrón común, se ha convertido en una necesidad para las empresas, incluso si no son conscientes de su existencia.

Existe una necesidad de integrar todas esas acciones, desde los primeros ladrillos, desde el momento en que decides "tener una web" o "empezar un blog", hasta que sientes interés y comienzas a investigar en las estadísticas web para saber qué está ocurriendo con las acciones emprendidas.

En las pequeñas empresas sus directivos tendrán que adquirir la formación necesaria para entender el lenguaje de los técnicos y saber qué pedir. Tendrán que adquirir conciencia del valor del posicionamiento natural y de la publicidad en buscadores. Tendrán que asimilar la relevancia estratégica de realizar escucha activa sobre su marca y vigilancia sobre la competencia y su sector.

Las medianas y grandes empresas tendrán que optar por un perfil que se responsabilice de integrar todo los procesos tecnológicos y de comunicación para que guarden una coherencia con el objetivo global, con ese estar para.

No me cabe la menor duda de que será un perfil que veremos muy a menudo de aquí a los próximos años en las medianas y grandes organizaciones con conciencia digital. De hecho, con muy diversos nombres, ya se están incorporando al mundo laboral. Aparecen aquí y allá ofertas en las que se perfila la responsabilidad global vinculada a la presencia digital con un cargo o puesto intermedio.

La necesidad no es nueva y ya Jesús Moreno, responsable de marketing de Nintendo Ibérica, en febrero de este mismo año, hablaba de la importancia del citado perfil, aunque él lo circunscribía a las campañas de marketing (por lo tanto, con una temporalidad limitada) y yo lo extraigo de ahí para llevarlo a una nueva posición, con una función estable y permanente.

El responsable de integración ocupará un papel importante dentro de la estructura de la nueva empresa digital, con un perfil de orden transversal, especialmente vinculado a los equipos de informática, comunicación, marketing y publicidad (estén juntos o separados), pero también con un ojo en los departamentos comercial, administración, post-venta y cualquier otro vinculado a operaciones. Por tanto, será el garante de la visión global de la empresa en los medios virtuales.

viernes, 28 de octubre de 2011

Y si tengo poco presupuesto: ¿SEO o SEM?

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Distribución de clics obtenidos
con estrategias SEM y SEO,
según algunos estudios.
Para los que no sepan de qué hablo les aclaro un poco qué es eso del SEO y del SEM, qué implica cada actividad para un negocio cualquiera en lo que respecta su negocio en Internet y, en caso de tener que escoger entre uno u otro a causa del presupuesto -situación habitual en las PYME ahora mismo-, cómo tomar la mejor decisión.

Las siglas SEO provienen de search engine optimization (la actividad) y también puede hacer referencia al search engine optimizer (quién la ejecuta).

Definen el trabajo necesario para posicionar una determina URL (una dirección de un recurso en Internet) con respecto a unas palabras o términos de búsqueda en Google. En realidad sobre cualquier buscador que utilice un algoritmo de ordenación de resultados basado en palabras. Teniendo en cuenta que la araña del gigante californiano se queda con la mayor parte del pastel (según datos de agosto de 2011, el 65% de las búsquedas, frente al 15% de Bing, su inmediato seguidor), hay que reconocer que los SEO centran la actividad en el primero de la fila.

La idea principal es que si un usuario escribe "enviar ramos flores", la web de tu floristería aparezca en primer lugar. Más si la búsqueda incluye un término de localización (nombre de la ciudad de la floristería, por ejemplo). Como según qué palabras esto puede convertirse en una ardua tarea, el objetivo puede ser estar entre los primeros puestos. Y no sólo eso, mantenerse en esa situación, porque tus competidores, como se suele decir, no son mancos.

Las siglas SEM provienen de search engine marketing (la actividad) y también puede hacer referencia al search engine marketer (quién la ejecuta).

Define la actividad de usar plataformas publicitarias (principalmente Google Adwords) que insertan mensajes publicitarios en los buscadores cuando estros muestran resultados de búsquedas. Esos pequeños banners de texto, que aparecen en el lateral derecho y en la cabecera de las búsquedas de manera preferente, por encima de los primeros resultados naturales, son de pago.

Es decir, tú pagas para que a quién busque "enviar ramos flores", indistintamente de tu posicionamiento natural (SEO), le aparezca en esas zonas -ver imagen en este artículo- un breve texto con un enlace a tu recurso en Internet. Y, además, puedes pagar por aparecer o puedes pagar por clic.

La actividad profesional puede ampliarse, y esto es una opinión personal, a la gestión de cualquier plataforma que gestione la inclusión de publicidad en cualquier recurso. Un claro ejemplo está en la propia Adwords, puesto que no sólo optas a aparecer en las búsquedas sino también en páginas y blogs de terceros que a través de Google Adsense se han incorporado al entramado publicitario.

En otras palabras, como generador de contenidos "yo" me adhiero a Adsense cediendo espacio en "mis" recursos webs, mientras que "tú", interesado en publicitarte, utilizas Adwords para configurar "tu" anuncio y hacer que aparezca en búsquedas por determinadas palabras o en sitios (como el "mío") con un determinado tipo de contenido. Es una relación entre quien cede el espacio y quien lo contrata utilizando como intermediario a Google y sus herramientas Adsense y Adwords.

Aclarado el asunto, viene la pregunta. ¿Y qué es mejor? ¿En qué invierto mi dinero -si tampoco me sobra, tal y como andan las cosas-?

Conviene comenzar la respuesta por un acto de sinceridad profesional, ni los propios técnicos tienen una opinión clara y definida. Quién practique SEO venderá SEO y quién practique SEM venderá SEM, pero si recurres a profesionales con experiencia mixta (casi todos), los dejarás dubitativos durante unos segundos y tenderán a una respuesta mixta.

Esta mañana he participado en una breve pero muy interesante conversación con cuatro grandes profesionales de mi entorno más cercano, con experiencia en distintas áreas dentro de lo que abarca la gestión de presencia en la red, y que te invitaría a conocer:

El origen está en una pregunta de Pedro, lanzada en un selecto grupo de profesionales sobre, en caso extremo, teniendo un presupuesto escaso, estar obligados a escoger entre SEO o SEM, a la que cada uno realizó una interesante aportación según su experiencia, que reproduzco aquí con su permiso:

Pedro Baez:
Dejando a un lado que la combinatoria SEO y SEM es la idónea para el mejor posicionamiento posible, la pregunta es, en la relación tiempo/costos, y dando por sentado que en ambas estrategias (SEO y SEM) se contrata a un especialista igual de cualificado y contrastado, ¿cuál es más rentable?

Rosa Ayari:
Son estrategias diferentes, una a largo plazo (SEO) y una a corto plazo (SEM), o mejor dicho, con la primera tendrás un posicionamiento por más tiempo si está bien currado, en el otro caso estarás bien posicionado sólo durante el tiempo que estés pagando la campaña. Yo escojo dependiendo del cliente y de la prisa con la que necesite ver resultados.

Yapci Bello:
Depende de tantas cosas. El tipo de proyecto y el presupuesto es importante para calibrar, claro. Manteniendo el tema de SEO medio/largo plazo y SEM corto/medio/largo plazo mi consejo es combinar haciendo mix, aunque sea con un pequeño presupuesto diario en Adwords. Sobre todo con miras de mejorar el rendimiento del SEO.

Si tenemos que olvidar algo dejemos Adwords, pero para nichos con porcentaje de tráfico alto logrado en Google más vale tener algunas campañas activas, no quedemos ciegos sobre las palabras clave de acceso. No se acaba el mundo pero será un elemento diferenciador.

[En resumen,] mixto predominando el SEO, SEM mas orientado a testear palabras claves.

Ángel Cabrera (yo mismito):
Si no tengo otra que elegir, yo voto por el SEO, porque entre otras cosas puedes formar al cliente en las labores de mantenimiento (si falta presupuesto) y para él sólo le supondrá, en el momento en que tenga las riendas de su web o blog, un coste en tiempo.

Además, con el SEO mantienes tu posicionamiento en el tiempo y aprovechas el long tail de palabras del sitio si te preocupas en investigarlo, mientras que el SEM se termina cuando se termina el presupuesto. Santas Pascuas, tuviste presencia durante un tiempo pero luego, se acabó. Con SEO puedes conseguir que el posicionamiento permanezca.

Ruymán Gil:
[Se venía a sumar a la aportación de Rosa y mía propia.]

La conversación continua aún, incorporando a otros buenos profesionales como José Frechín (www.tunelcarpiano.net), quién introduce unas declaraciones de Rodríguez Zapatero (de Google, no el presi español) quien asegura que el fenómeno web, tal y como lo conocemos hoy, está a punto de terminar, dado el empuje de dos grandes cambios que modifican radicalmente el comportamiento de los usuarios frente a las búsquedas y, por lo tanto, afecta al ordenamiento de resultados, concatenando, a las propias actividades SEO y SEM.

Por un lado la relevancia de la web geolocalizada (es decir, el parámetro local como valor de peso en los resultados), por el otro la web móvil (empujada por smartphones, tablets, netbooks y los nuevos dispositivos móviles que estén por venir). Aunque esto será ya material para algún nuevo artículo.

Espero que si, entre todos no te hemos aclarado las dudas, al menos las hayamos acrecentado, dándote motivos para que sigas investigando sobre la preguntita, porque al final es como quien tiene un coche y tiene que escoger entre echar combustible o cambiar el aceite. Es que, lo uno sin lo otro... ;)

martes, 25 de octubre de 2011

El Águila Roja y su lamentable vida

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Un cruce entre un Águila Roja y un Tío la Vara.
Gonzalo de Montalvo es el prototipo de héroe español, un señor sufrido que sólo quiere vivir tranquilo pero que está rodeado, muy a su pesar, de una terrible maraña de metepatas. En realidad, eso de ser el Águila Roja, el héroe del pueblo, ir con todo ese cuero, ¡y de negro!, con el calor que se pasa en verano en tierras castellanas, no es lo suyo. No es lo que él quiere, se le nota por la cara de disgusto que pone cada vez que le dan una mala noticia. Que resulta ser demasiado a menudo en cada capítulo. Entre tú y yo, pone cara de, ¡hasta los... me tenéis!

El hombre, lo que quiere, en verdad, es ser el maestro del pueblo, que le paguen sus monedas de oro a fin de mes y santas pascuas. En mi casa paz y Dios en la de los demás. Que tuvo la desgracia de caer un día en algún lejano lugar de oriente donde confluían una espada japonesa con unas enseñanzas chinas y algo de filosofía hindú. Pues mira, cosas así le pasan a cualquiera. Sobre todo en aquella época. Pero que eso sea excusa para estar todo el día salvándo el cuello, literalmente, a los incompetentes que le rodean.

A diferencia del héroe americano que siempre lucha contra el prototipo estereotipado del mal, nuestra local mezcla de hombre metrosexual con traje de cuero, barba de un par de meses y toques a los Bruce Lee, lucha contra la tontería aguda. Tiene su alter ego en el Tío de la Vara. El uno es el otro porque ambos luchan contra el mismo mal latino enquistado, se ve, desde tiempos inmemoriales en la piel de toro que nos recubre.

Seamos sinceros. ¿Quién querría a un amigo como el Sátur al lado? Amigos como esos, quien los tenga a caudales se asegura desgracias a raudales. Lo que le ocurre a nuestro héroe, sin ir más lejos. ¿Y un hijo como el Alonsito? ¡Ay! ¡El Alonso! Que sí, que a un hijo se le quiere y se le ama incondicionalmente pero, por favor, que este muchacho ya está en la edad de ganarse algunos maravedíes y aportar algunos viandas a la mesa. Digo yo. Venga el chiquillo a meter al padre en fregados y berenjenales. Con un hijo así quien quiere amigos. Es una angustia constante. Una desgracia. Está el Gonzalo dando clase a los zagales y de repente entra el Sátur balbuceando: ¡El Alonso, el Alonso otra vez! Y ahí ves a ese hombre a la carrera, con el traje negro, de cuero, en verano (no lo olvidemos), la espada esa tan chula sacada de contrabando del país nipón, con el corazón a toda leche brotando de la boca. ¡En qué carajo se habrá metido ahora el Alonso!

Al menos en algo sí se parece nuestro héroe al estereotipo gringo. En la tensión sexual. La verdad es que, tener superpoderes para no tener una super... ni poder echar un super... en fin, tú ya me entiendes. Hay que ser desgraciado. Todo el día con la adrenalina por las nubes, que eso te tiene que poner ciego al más despistado. Y cuando viene la chavala, además, a portarse como un caballero. Pero no un capítulo, ni dos. No. Por si resultara poco el sufrimiento entre las piernas resulta que una temporada, dos, tres... y llegando al máximo de la crueldad, la muchacha desaparece en algún momento y el pobre Águila, en nuestra España querida, o cualquiera de los súper, al otro lado del Atlántico, se quedan sin novia y sin el polvete del siglo.

Y es que la Margarita está de buen, de muy buen ver. Tú ponte en situación. Con la espada todo el día en la mano, la moza en tu casa, en tu propia casa, insisto, bañándose en un barreño y con la puerta abierta, que ya es casualidad (para mí que es intencionado, sólo para desquiciar al pobre Gonzalo). Encima lo llama la Lucrecia, la señora marquesa, que tiene más peligro que el Motorista Fantasma en una gasolinera. Y le dice el servicio que se pase a los aposentos, que la "señora" lo espera. (¿Señora?) Entra nuestro Águila en su versión civil y qué pasa. ¿Qué crees tú que pasa?

Analicemos la situación. De un lado un mozalbete que camina ya para maduro con la espada en la mano, del otro una marquesa con menos ropa y más calor que un jipi en una playa nudista. Pues está claro. ¿Qué van a hacer? Hablan. Porque en esas situaciones los superhombres sólo hablan. Nada más. ¿Quién quiere ser superhombre?

Luego queda el entramado de despropósitos que rodean al Gonzalo, hombre de paz en realidad, pero es que lo empujan, lo empujan. Por un lado está ese Rey sin nombre, que parece predecir lo que serían los políticos españoles del siglo XXI, es decir, tontos (por no usar otro calificativo). Y está también el Cardenal Mendoza. Ya sé que a muchos eso de que el malo sea el Cardenal no les hace gracia, pero mira, cada institución tendrá que cargar con su propia fama. Y donde el río suena. Algo hubo en aquella época (en las anteriores y las posteriores) para que hoy pongamos por malo al Cardenal (y mira que es hijo de... el muy jodido).

El resto de personajes cumplen su papel. Incordiar, poner la zancadilla o meterse en líos sin ningún motivo. Sólo por fastidiar al Gonzalo. A mí me parece que la serie del Águila Roja tiene tanto éxito porque lo que han hecho sus guionistas es camuflar una crónica de la España actual en la España de ayer. Lo que no resulta muy halagüeño si es verdad que en varios siglos no hemos avanzado nada. Bueno, algo sí. Ahora tenemos coches, móviles e Internet.

lunes, 24 de octubre de 2011

Social media, ¿inversión o gasto?

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La diferencia entre gasto e inversión es simple. Lo primero, el gasto contable, hace referencia a los importes habituales destinados al mantenimiento de la actividad de una organización mientras que la inversión corresponde a la adquisición de bienes o derechos destinados a esa misma actividad. Es decir, el recibo de la luz es un gasto que socava el beneficio final y el precio de una patente exclusiva es una inversión que posibilita incrementar ese beneficio.

Sobre si la publicidad y, por extensión el marketing o incluso cualquier acción relacionada con la comunicación, debe enfocarse como un gasto o una inversión, nada puede decirse aún de forma categórica pues aún pervive la discusión sobre si los costes abonados en estos conceptos suponen una depreciación del valor de los productos o servicios en venta o bien facilitan el incremento del beneficio, siendo ambas cosas realidades objetivas pero sin saber realmente cuál prevalece.

Si esto ocurre desde el punto de vista tradicional, cuánto más ocurrirá con la inversión en medios sociales en Internet, marketing online, posicionamiento, diseño web, analítica y todas las actividades implicadas en la imagen y reputación digital de una empresa y sus productos o servicios.

Indistintamente de tu opinión, argumentada, o la de tu cliente, o la mía -es una inversión-, lo importante aquí son las consecuencias de una postura u otra a la hora de vender un servicio o incluso, ya vendido, al presentar un presupuesto o un proyecto. Las empresas que actualmente ofrecen alguno de los citados en el párrafo anterior, o cualquier otro bajo el paraguas de Internet, tienen ahora mismo una gran oportunidad dada la predisposición a escuchar por parte de gerentes, responsables de comunicación o directores comerciales. Aún teniendo esa predisposición en quienes toman las decisiones, empujada sobre todo por la situación actual y la necesidad de encontrar soluciones, todavía nos sentamos frente a directivos que nos ven como un gasto -la mayoría- y los que piensan que somos una inversión -los menos-.

Esa tendencia a pensar que somos un mal necesario esconde un desconocimiento profundo sobre lo que está ocurriendo, la revolución silenciosa de las redes sociales; una pérdida de control, por lo tanto, de las actividades a realizar por parte de quienes son contratados para ejecutarlas; y una carencia grave al no saber cómo medir el servicio que se ofrece ni el tiempo/esfuerzo que implica, tampoco la experiencia o conocimientos necesarios para ejecutarlos.

Nuestra labor, por lo tanto, no está tanto en explicar la tecnología e incluso ir más allá al pretender cubrir unas necesidades obvias, desde nuestra perspectiva. Tendremos que ejercitarnos, como profesionales, en realizar cierta labor evangelizadora, en descubrir esas necesidades, sacarlas a la luz con datos contrastados y objetivos (presencia de la competencia en la red, por ejemplo; o presentación de casos de éxito cercanos, otra buena manera), hacer de guías llevando de la mano a nuestros directivos, diseñando metas objetivas y medibles.

El primer paso para migrar una mentalidad de gasto a otra de inversión pasa porque el cliente entienda el medio y lo que sucede, sea consciente a través de los ejemplos, participe en su gestión y observe los efectos de cada tarea ejecutada, con el objetivo de generar un deseo de estar. Algo que se consigue estableciendo esos objetivos comprensibles y abordables a través de los números.

Al final, estar en Internet es un gasto o una inversión, no por la propia definición de la tarea, sino por el hecho de cómo la empresa afronta la oportunidad. A todas luces y desde mi perspectiva, si la empresa y su órgano director es consciente de que estar facilita el valor añadido a productos y servicios, facilita la fidelización, es una herramienta muy poderosa para generar branding, actúa como un elemento engrasador en el proceso de venta, sin duda alguna podremos disfrutar, como profesionales, vendiendo nuestros servicios como inversión ya que habrá una disposición clara a entender Internet como la oportunidad que en verdad es. La oportunidad de incrementar el beneficio final en la cuenta de pérdidas y ganancias.

Y si, pese a nuestros esfuerzos, conseguimos una cuenta pero aún se nos percibe como ese mal necesario, no malgastes energías en convencer con la palabra, ni tan siquiera con los ejemplos de éxito ni con el posicionamiento de la competencia. Hazlo a través de las cifras. Demuéstralo a través del análisis del presupuesto destinado a nuestra actividad y su repercusión en el beneficio final. Es el idioma que mejor se entiende. En ese momento, cuando la dirección ve como 1 euro pagado se ha convertido en 1 euro neto de beneficio (y eso implica también recuperar lo invertido), habrá terminado nuestra labor formativa. Sólo cabe ya, en tal momento, centrarnos en incrementar ese ROI favorable y, a ser posible, implicar a la propia empresa en la actividad.

viernes, 21 de octubre de 2011

Quien tiene un timeline tiene un tesoro

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A esto de las redes sociales nos apuntamos -casi- todos con una alegría inusitada y un desparpajo, una confianza, un sin saber que es admirable. Y está bien, gracias a esa tendencia los medios sociales se han constituido en potentes alternativas para la proyección comercial de las marcas. La capacidad de segmentación y la posibilidad de establecer diálogos tú a tú con el cliente justifican, por sí solas, la presencia de las empresas en estas herramientas.

Pero, desde la perspectiva del uso individual y al margen de lo que las marcas quieren o lo que los equipos de marketing, con su extensión digital en la figura del community manager, pretenden, lo recomendable es tener un objetivo, un por qué y para qué del uso que damos a las redes sociales.

Sean estas generalistas, como Facebook, orientadas a gestionar las relaciones personales como base (aún con todo el entramado de fanpages, insights, ads...), de contenido como Twitter o YouTube (sí, nuestro Twitter es una red de contenidos sobre la que se construyen relaciones), con orientación profesional generalista, como LinkedIn; o verticales, como Autonautas, de reciente aparición -sobre apasionados del automóvil-, o TrendTation -moda-..., es decir, indistintamente del ámbito de la comunidad a la que te unes, más que por inercia, deberías entrar con ese por qué y ese para qué muy bien definido.

Dado el paso de decidir dónde estar, te toca definir cómo estar. ¿Qué imagen quieres dar de ti? ¿Profesional, personal, lúdica, un batiburrillo? Todo es posible. Pero mantén cierta coherencia. Si elijes utilizar LinkedIn para reforzar tus alianzas profesionales o tener una mejor oportunidad laboral, deja a un lado la informalidad, aleja tu privacidad familiar de ese entorno, no por ocultar ni porque vayas a dejar de ser tú mismo, sino por algo más simple, no toca, como diría un buen amigo.

Sabes dónde estar, con su por qué y su para qué, además has definido cómo, es decir, las características de tu conversación en esa red social concreta, consecuencia también de esas dos preguntas, llega el paso de a quién seguir. Y es aquí donde se cumplen el título de este artículo: quien tiene un timeline tiene un tesoro.

Para los neófitos, se entiende por timeline a la relación de publicaciones, mostradas en orden cronológico, de aquellos a los que sigues. Cuando accedes a Facebook, lo primero que ves es tu timeline (aunque en esta red este término no es de uso común, es lo que se denomina muro). Si vas a tu perfil, el muro se limita a lo que tú publicas, no lo que publican tus amigos. En Twitter sucede otro tanto, una vez identificado, accediendo al sitio web verás tu timeline (aquí sí, el uso del término es generalizado), mientras que accediendo al sitio web, barra, tu usuario, verás sólo tus publicaciones.

Esto quiere decir, que , y sólo tú, tiene la responsabilidad de lo que ocurre en tu timeline (o muro). Tú eres quien decide qué contenidos aparecen de manera habitual (siempre hay sorpresas esporádicas) porque, implícitamente al seguir a otro decides escuchar, aún involuntariamente, sus aportaciones.

Si tu timeline está construido en base a tus intereses (personales, profesionales o lúdicos), así es el contenido que recibes y, en consecuencia, el valor que te aporta. Si en Twitter decides seguir a clientes vas a estar vigilando sus intereses y haciendo, indirectamente, gestión de relaciones; si decides seguir a la competencia o a colegas de la profesión, vas a recibir una formación y reciclaje continuo -facilitas la generación de oportunidades-; si decides seguir a tus amigos y conocidos conviertes Twitter en un chat, tú chat. Lo mismo ocurrirá en otras redes sociales, sean las que sean, orientadas a relaciones u orientadas a compartir contenido, generalistas o verticales. La idea básica es siempre la misma.

Si te quejas porque recibes muchas invitaciones a juegos raros que no te interesan, publicidad no solicitada, te invaden con contenido que no te aporta nada, el problema no es la red, porque ésta es sólo un medio, una herramienta, el problema es cómo escoges a quién seguir. Ocurre lo mismo en la vida real. Si te rodeas de personas que te vacían, te vician, te negativizan, ellos no son los responsables del resultado, el problema es que tú decides mantener o aceptar que esas relaciones entren en tu vida.

Al final, una red social en Internet es una herramienta informática, vacía, que no aporta nada, que sólo sirve para gestionar algo que llamamos relaciones o para compartir algo que llamamos contenido. Es en ese momento, cuando la dotamos de sentido, la contextualizamos. No te escudes en lo mal que funciona ésta o aquella y empieza por tomar decisiones. Empieza por esos por qué y para qué para luego decidir el dónde y el cómo para finalmente tener claro a quién. Y no pongas excusas.

lunes, 17 de octubre de 2011

Decepción y expectativas en tu comunidad online

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A mi modesto parecer, el community management se reduce, aunque no simplifica, a la gestión de la conversación entre las empresas, o sus marcas, ya correspondan éstas a productos o servicios, y sus interlocutores externos, entendiendo por tales a sus clientes, sus consumidores (no siempre quien paga es quien consume/utiliza), sus usuarios (no siempre quien recibe el mensaje es quien consume/utiliza ni quien paga) y su propia supra-comunidad compuesta por proveedores, competidores, socios estratégicos, organizaciones sectoriales y un largo etcétera de afines. Todo esto soportado en los nuevos medios digitales donde la habilidad en el uso de la tecnología es una parte esencial de su actividad.

Es decir, haciendo paralelismos, si una empresa es un cuerpo humano, la comunicación se realiza a través de las percepciones de sus sentidos y se expresa a través de la gesticulación y el sonido, el community manager estaría entre las células del cerebro, una más, de las que gestiona ambas cosas, tanto en sentido entrante como saliente. Percibe, evalúa, conjetura, propone y ejecuta. (Como verás he omitido decide en esa relación de verbos.) Cuanto mayor sea la implicación de la entidad, de cualquier tipo, en su imagen y reputación digital, mayor peso tendrá la voz del community manager dentro de la organización.

Y no hay más. No es un ser con súper-poderes, no es receptor de una sabiduría supra-humana, no es un ente infalible e inalienable. Un profesional, con su perfil, sus necesidades, sus objetivos y sus metas. Lanzada la entradilla, creo que necesaria, aunque luego cada lector decida si sobra o venía al caso, cambio de tema:
La facilidad para generar expectativas y la sencillez para degenerar en decepción son directamente proporcionales, e inversamente relacionadas ambas a la implicación de la organización en su imagen digital.

Puede que el origen de muchos de los errores esté en la facilidad con la que se emite un contenido en la red. Bastan no más de 100 letras y 10 segundos para que, con un poco de suerte y un mucho de empatía ajena, tirar por tierra años y millonarios presupuestos invertidos en branding. Y casos ya conocemos unos cuantos. Crisis producidas no sólo por los equipos directivos de las empresas, ya sea por excesiva presencia o por su total ausencia, sino en alguna que otra ocasión por aquellos en quienes se ha delegado la voz de la organización en la red y confunden al final el atún con el bacalao, lo personal con lo, no ya profesional, sino la imagen de la que se envisten en el momento de comunicar.

Esta confianza ciega de estar respaldados por organizaciones que tal vez han contratado los servicios externos de un community manager o bien han delegado esta labor en alguno de sus trabajadores, seguramente, más en estos tiempos de crisis, ya saturado de por sí con su propio quehacer, pero que sólo pretenden cubrir expediente, estar porque está la competencia, estar porque es moderno o es la moda, debería ser puesta en entredicho por quien se vea en la tesitura de ser la voz de algo en la red.

Las promesas de problemas solventados en pocas horas y no solucionados nunca, los mensajes incumplidos de elevamos su queja a, los compromisos rápidamente olvidados entre la vorágine de actividades que se hacen en cada momento delante del monitor, constituirán, constituyen ya, un germen de perjuicio continuo a la reputación de una empresa, y no exclusivamente hablamos de la digital.

Aquí manda la prudencia y la desconfianza antes por lo propio que por lo extraño. Como mucho, siempre, el usuario (sea cual sea el papel que ocupa en la cadena trófica de la empresa -el que escucha, el que consume, el que paga-) tiene que sentirse recibido. Su mensaje ha sido oído. Se ha recibido su petición. El correo electrónico que envió llegó y es atendido por la organización. Es importante que se sienta señalado, importante, que existe. Pero evitar hacer promesas a las primeras de cambio. Éstas llegarán a su justo tiempo, cuando se sepa exactamente qué se ha de transmitir, prometer o pedir para seguir investigando el caso particular.

A continuación se requiere de paciencia frente al acto de responder. No por echar agua deprisa se apagará el fuego de una crisis en la red mucho antes ni mejor. Los plazos que se notifiquen han de ser realistas de cara a la propia organización. Es preferible contar la verdad (somos pocos y nos parió la burra) dando unos plazos razonables, algo superiores al promedio con el que se resuelvan habitualmente las incidencias, para intentar cumplir de manera holgada, transmitiendo una imagen de eficacia al reducir los tiempos de nuestros compromisos. Obviamente, plazos que a su vez debieran ser razonables desde el punto de vista del otro. No del cliente exigente que lo quiere todo para ayer, sino del perfil promedio. (La empresa tiene que conocerlo y diseccionarlo a través de análisis de tipología de perfiles -ya sean usuarios, clientes o consumidores-.)

De manera preventiva el community manager tendrá que participar en la generación de cierta cultura del compromiso con la empresa. De nada sirve que se responda a una crisis digital en 3 días si las quejas en mostrador no se responden en un mes (acaso alguien duda que quien vino a dar voces en el mostrador no las dará luego en sus perfiles sociales). Partiendo de la base de que hablamos de empresas serias, no chiringuitos con esclavos laborales, debería de buscarse siempre la máxima coherencia entre lo que se dice que se es, lo que se dice que se vende, lo que se dice que se da y lo que realmente se es, se vende y se da.

Si ese compromiso por parte de quienes componen la organización existe y, en su conjunto, existe coherencia entre lo que se transmite y lo que el destinatario final del producto o servicio recibe, podríamos conseguir reducir las quejas a aspectos funcionales, a problemas puntuales en la producción o en la realización de un servicio, que serán fácil y rápidamente solucionados.

Si hay coherencia pero una mala gestión de las personas provoca falta de compromiso, la desgana y el desdén harán el trabajo de la competencia. Y si existe compromiso y voluntad por parte de las personas que componen la empresa pero no hay coherencia y éstos están obligados a mentir, a contar medias verdades, a inflar lo que saben que sólo es humo, igualmente se estará cavando una fosa.

En resumen, y aunque se pueden añadir unas cuantas líneas más, tanto en offline como en online, el community manager debería:
  • Actuar con prudencia y dejarse aconsejar por la paciencia a la hora de adquirir compromisos.
  • Escuchar y hacer saber que se escucha de manera activa.
  • Cultivar la empatía de la organización hacia los destinatarios de su actividad.
  • Generar compromiso dentro para buscar una mayor eficacia.
  • Aportar las herramientas necesarias para generar coherencia entre el mensaje y lo que representa (productos o servicios) visto desde fuera.

jueves, 13 de octubre de 2011

¿Y tú? ¿Te haces "las" preguntas?

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Este texto que estás a punto de leer en tu momento pero yo estoy a punto de escribir en el mío va a ser extenso, denso, poco conciso, divagará, no llegará a ninguna parte y no aportará ninguna conclusión. Cosa que te advierto, y date por entendido o entendida, ahora, y así evitamos crear expectativas más las consecuentes decepciones. Si lo que buscabas es justo lo contrario, aprender algo de alguien, de quien te escribe, hagamos como que no te he dicho nada y simulemos que en esta justa palabra pongo un punto y final.

Pero si aún sigues aquí, en este nuevo párrafo, continua bajo tu cuenta y riesgo, lee bajo tu responsabilidad, a mí no me pidas ni me reclames sobre lo escrito. Porque no lo escribo para ti, lo escribo para que tú lo leas, lo escribo como un ladrón que atraca la cartera de tu tiempo y sin que te percates, te sustrae los atesorados minutos y segundos de tu existencia.

Dicho lo cual, si aún te quedan ganas, sólo me falta decir, bienvenido, bienvenida. Y continúo.

No sé si es por la edad lo que me sucede, aunque juraría que me ocurre a menudo desde que tengo uso de razón. Supongo que a la gran mayoría de las personas que veo habitualmente, y a las que no veo también, a las que conozco y las que no conozco, les sucede otro tanto similar. No lo sé, digo yo que sea así. Aunque dice un amigo mío, de esos que conoces en un curso y con el que intercambias un saludo en cada casual tropiezo, un raro espécimen, actor de profesión, con una profunda experiencia en observar al ser humano, que éste, quien ahora machaca su teclado para que luego, en tu propio ahora, tú leas, tiende a suponer como obvio lo que para la mayoría serían descubrimientos. Yo, tengo calado al chaval. Me dice esas cosas porque me pide dinero. Así que... volviendo al asunto.

Lo que me ocurre, alguna que otra vez, sin beber ni fumar, es que me quedo congelado, la mente en blanco, o no tanto. Hay algo que se va, que se desconecta. Me ocurre en la calle o mientras trabajo, al ir a dormir o comprando en el supermercado. Si es en un sitio con gente, observo con asombro, si es en solitario o a oscuras, divago e imagino como si fuera un reproductor de cine mudo.

Cuando observo, estando solo, o acompañado por mi amigo, el café, y su pareja, el periódico, parece que oyera cierto runrún, como un palpitar sin sangre. Las conversaciones cercanas se cuelan en mis oídos avasallando los tímpanos y se entremezclan. Por momentos parecen música cuando las palabras se enredan de tal manera que ya pierden sentido. Sobre los gestos y las sílabas aparece otra capa de comunicación donde lo que prima no es el significado, es el ritmo, es el tono, es el color, son los graves y los agudos y cómo éstos acompañan movimientos y gestos. Y esta cosa, tan bonita de contar, me sucedió hace pocos días, de nuevo, como tantas otras veces. No es una pérdida de conciencia, en absoluto. No me voy a caer ni me voy a reventar la ceja contra la acera. Nada parecido a eso. Tampoco es locura transitoria ni una pérdida de memoria. Sigo ahí. Pero algo que suponía, era yo, ya no está.

En esta última ocasión me pareció descubrir que algo no encajaba en el andar del mundo. Como si lo que viera y oyese no fueran sino disfraces y papeles en manos de actores que habían olvidado que lo eran. Tanta gente hablando, intercambiando sonidos como pájaros o lobos o ratas o tigres o gallinas o ballenas, que lo mismo da. Pero algo quedaba fuera de lugar. Y eran las propias personas y su devenir, las mujeres y los hombres. No eran conscientes. Faltaba consciencia del aquí y el ahora, consciencia de la brevedad de sus existencias, absortos en nimiedades que apenas suponen un minúsculo grano de fina arena en un inacabable y árido desierto creado con el propio discurrir del tiempo. No somos nada y allí estaban, estábamos, todos, como si en nuestras manos estuviera el pase a una vida eterna, preocupadamente despreocupados, con nuestros problemas, esos problemillas, ocupando el todo más absoluto. Era eso lo que no encajaba esta vez. No eran, éramos, conscientes.

Cuando divago en blanco y negro, o en color, porque no sabría decir qué emisión de recuerdos sintonizan mis neuronas, la vida, mi existencia para ser más exacto, pasa por esa pantalla proyectada en ninguna parte y que ocupa toda la visión de unos ojos casi siempre cerrados. No toda la existencia, o no despertaría en otros tantos años como los vividos hasta hoy, sólo cachos de ella. En ocasiones un trozo de aquella época o bien de esa otra. O un potaje donde parcelas inconexas de mi memoria se cuecen juntas y encajan por arte de birlibirloque, creando un sentido donde antes no lo había. Había otra cosa llamada incertidumbre. Con ese minúsculo despertar se sustituye por certeza, también incierta. Y, bueno, te confesaré que hace un rato, no un rato de horas sino más bien un rato de minutos, pero de varias decenas de minutos, estaba yo en uno de esos estados, revivía tramos de mi niñez. Y sentí que tenía que escribir, además. Como si el asunto ya fuera poco, de por sí.

Yo -casi- me crié despachando pan a domicilio en urbanizaciones acomodadas en los setenta del pasado siglo. El reparto, el nombre que daba la familia al negocio que la alimentaba, terminaba en La Higuerita, un barrio de un lugar cualquiera, en la Venta de Conrado, una venta como otra que tú hayas conocido. Los sábados mi madre aprovechaba la ocasión para hacer la compra de la semana. Donde la mujer de Conrado le sumaba pesetas, ella se las restaba en forma de pan, y así dos familias contentas. El sábado, además, tenía de bueno y señalado que era el día que pagaba la mayoría de las clientas, porque clientes siempre hubo pocos para el reparto. Para entretenerme a mí me tocaba ordenar latas y paquetes en las cajas de cartón donde se transportaba el avituallamiento. Era una tarea que me divertía. Como a todo buen niño era mi forma de atraer atención y halagos recibidos en forma de cálida mano dando unos sentidos toquecitos en la coronilla. Yo, orgulloso enano de 8 ó 9 años, no entendía cómo los adultos no se percataban, como yo, de que una compra bien ordenada, poniendo cada lata y cada paquete en su justo lugar, aprovechaba al máximo el espacio disponible y, donde ellos utilizaban tres cajas, yo sólo necesitaba dos. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Por qué no eran conscientes del valor de hacer las cosas... bien?

La verdad es que yo, porque sigo hablando de ese "yo" que me resulta tan desconocido a ratos, no era especialmente habilidoso con las matemáticas, era bueno, o no tanto pero por encima de la media habitual en aquellos años y en la enseñanza pública, con las letras y las palabras. Ahora bien, te lo diré, en lo que era bueno de verdad, pero de verdad, de verdad, de verdad, era en la lógica, el observar, el deducir, el analizar, el proyectar y el encontrar soluciones, casi siempre inesperadas, y por lo mismo, desoídas. Sin embargo, resulta curioso cómo las intuiciones de las madres se traducen en el lenguaje de las justificaciones que quedan más al alcance de nuestros seres más queridos.

Habiendo potencial en un niño de 8 años de 1979 para eso que vendría después, la lógica binaria que invadiría todos los aspectos de la vida, absolutamente todos, mi madre no me empujó a estudiar informática por los citados poderes extra-infantiles. ¡Qué va! Lo hizo porque era algo moderno que "no hacía nadie". Mujer inteligente y con vocación premonitoria. Y sin cobrar por ello. Yo nunca fui consciente, sin embargo, de las decisiones que se tomaban en mi nombre. No lo era, en lo más mínimo. Tanta lógica parecía tener sus limitaciones. (Dice mi señora, la mujer que tiene a bien permitir que la acompañe en el caminar de esta existencia, que soy un confiado, demasiado confiado. Pero ese es otro cuento, para otro día.)

Así pues, entre esos lapsus en los que me convierto en un casual observador de lo que ocurre a mi alrededor, algo similar a lo que te ocurre a ti, también de vez en cuando, también desde que tienes memoria, y los momentos flashback, empiezan a generarse ciertas y serias dudas sobre mi mí, tu tú, nuestro aquí y el qué coño pasa realmente con esta vida. ¿Todo se reduce a una bronca en un bar, si el gol fue legal, si fue penalti no pitado? ¿Concluye la existencia mal hablando del vecino o del familiar que tanto apreciamos pero, justamente, no está presente? ¿Es un objetivo cobrar a fin de mes? ¡Pues vaya m...! Si acaso esos son los objetivos de una vida, que sé que existe, porque ahora está leyendo esto que yo escribí antes, pero vida que no sabe si seguirá estando dentro de un rato y que no podría asegurar que sigue existiendo la vida que escribió este texto inclasificable.

Al llegar a este momento del desarrollo, tú aún preguntándote sobre lo que quiero contar y yo aún preguntándome qué quiero transmitir de verdad, acabo concluyendo que no tengo claro si somos relojes que hacemos tic-tac por la fuerza de una pila misteriosa, una que nos pondría el Gran Hacedor, o lo quiera que fuese que nos aportó ese impulso al nacer, y que nos empuja a responder escrupulosamente a un designio, subsistir, o quizás dos, procrear. Y de ser así, algo que puede resultar hasta insultante por su evidencia, no tengo claro si ese tic-tac se para en el momento en que la consciencia hace acto de presencia y te hace ver, además del aquí y el ahora, lo que fue, por qué fue y cómo encaja en este, tu, mi presente.

O quizás, después de todo, sea mejor limitarse a la experiencia de la cumplida visita al bar más la obligada discusión sobre el gol de la estrella de turno, criticar al vecino o al familiar no presente, perder el sueño por esas cuentas que nunca terminan de cuadrar -¿aún no sabes por qué no cuadran, chiquillo?-, o cualesquiera de esas otras cosas que nos hacen perder la oportunidad de sentirnos vivos, conscientes, pero al menos nos mantienen tan alegre y sufridamente dormidos.

lunes, 10 de octubre de 2011

El efecto mariposa en la blogosfera (#8octubreLaFe)

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Como ya he contado, pero repito por si es la primera vez que tropiezas con el asunto, fue hace dos años cuando José, de Pensamientos Senovilla, y quien te escribe, idearon intentar dar un empujón a unos cuantos blogueros para motivarlos a escribir sobre el mismo tema el mismo día. Sin un por qué, mal que le pese a algún desconfiado que otro. Y funcionó.

En 2009 se registraron, según el buscador de blogs de Google, +43.100 entradas con la palabra solidaridad. Lo sé, nosotros siempre dijimos que participaron unos 150 porque esos fueron los que levantaron el dedo, los que dijeron aquí estamos. En absoluto podemos atribuirnos esa ingente cantidad de entradas. Pero sí unas cuantas de ellas.

En 2010 se registraron, según el mismo buscador, +39.000 entradas con la palabra convivencia, nosotros contabilizamos unos 500 artículos que, a ciencia cierta, se escribieron intencionadamente para participar en nuestra propuesta: escribir el mismo día sobre el mismo tema.

Este año 2011 ha sido distinto. Primero, mi propia implicación, que si bien nunca he sido el actor principal (siempre ha sido culpa de José, el verdadero motor de todo el asunto), en esta ocasión lo he sido menos aún. Muchísimo menos. En general ha sido distinto, y mejor, porque en este año no he visto grandes implicados sino muchas pequeñas consciencias apuntalando, aportando un granito de arena para conseguir una montaña de voluntades. Voluntades que han buscado el significado de una palabra, la fe, de las que figuran registradas, a día de hoy, +80.800 entradas. ¿Cuántas podemos atribuirnos? Nuevamente vuelve a ser complicado. Quizás 100 ó 200, no creo que lo sepamos a ciencia cierta.

Mi papel se ha limitado a tirar tres piedras al estanque. Es decir, nimio. Podría levantar la mano, decir yo lo hice, yo lo conseguí o cualquier otro yo que se me antojase, pero, ahora que no lee nadie sino tú, confieso que sería un acto de arrogancia y estupidez que rallaría la mediocridad. No. Yo no hice -casi- nada, salvo tirar esas piedras -y ese es el casi-.

Quien lo hizo realidad y posible fue cada bloguero al que le llegó un aliento de entusiasmo, lo acogió en su corazón y en su cabeza, haciéndolo intención, convirtiéndolo en acción. Lo hizo realidad Pensamientos Senovilla y su enorme empuje y capacidad para movilizar voluntades. Lo hizo Rayajos en el Aire ideando un cartel para promocionar la propuesta. Lo hizo Mi pluma de cristal con su entusiasmo y su difusión entre su gran masa de amigas y amigos, lectores fieles.

Lo hizo cada una y cada uno, de los que ahora me olvido y no menciono, personas que decidieron actuar de cable conductor para una idea, absurda en el fondo, sin un fin concreto, pero que cada año supone una gran experiencia para quien participa. Y lo hicieron porque sí.

Para entender la experiencia me remito a las palabras escritas por María en este mismo bitácora cuando aún éste retrasado bloguero no había publicado su participación el pasado sábado, 8 de octubre. Entusiasmada, comentaba a las 00:19 horas:
Y tú todavía sin publicar nada de la fe, ¿cómo andas así? Ha sido impresionante ver desde mi blog a las 00:00, en el lado lateral, todos los blogs con el título de la FE: IMPRESIONANTE.
Al final caes en la cuenta, leyendo textos excepcionales como el de Antonio, en El Mosquitero, que lo menos importante es precisamente eso, la cuenta, el número, la cantidad. Aunque estemos acostumbrados, los profesionales que nos movemos en la red, a priorizar ese elemento, ahora, aquí, el pasado 8 de octubre, era lo que no tenía importancia. Tampoco tenía importancia quien te escribe, aunque se agradecen los elogios y las palmadas en la espalda, porque es bueno, muy bueno, para la salud mental, relativizar y ser objetivo. No querer ver donde no hay. Yo no hice -apenas- nada. Sólo tirar, con fe, un par de artículos al estanque de la blogosfera. Quien lo hizo realidad, tú, si escribiste, es quien realmente tiene el mérito, la experiencia, el éxito y la cifra.

(Pero si aún sientes curiosidad, porque eres de números y no puedes evitarlo, una buena referencia son los artículos recopilados en Pensamientos Senovilla o los artículos incluidos en Bitácoras.com con la palabra fe y publicados ese día: 173. Es un buen referente, ya que para 2010 fueron 308 sobre convivencia y en 2009 llegamos a 134 con solidaridad. Por cierto, recordar que la imagen del cartel fue hecha por Chema Barragán.)

sábado, 8 de octubre de 2011

Fe en mí, fe en ti

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Fe, creencia o confianza.

Eso es lo que dice el RAE, aunque me comenta, y con razón, un buen amigo bloguero, Julio Caballero, de La ciudad de un billón de sueños, que eso no ayuda mucho como inspiración. Y la verdad tiene razón. O tal vez no. Todavía no sé qué opinar.

Si me fijo en la definición lo cierto es que resume, sin que sobre una letra, las dos caras de la fe. La fe en una creencia. La fe depositada fuera. Y la fe como confianza en mí, en ti. La fe depositada dentro.

En el actual proceso electoral, en el que nos encontramos, los discursos políticos actúan como destructores natos de fe. De fe en el sentido de confianza. De confianza necesaria para apuntalar esperanzas, esperanzas que se convierten en el motor de los que deciden dar una patada a la desazón que se ha enquistado como un virus en nuestra forma de ver la vida.

La fe no es patrimonio de creencia alguna. No tiene dueño ni señor. La fe es patrimonio de cada individuo. Cada uno de nosotros tiene un rincón donde la fe se aloja, se refugia o se esconde. Pero está ahí. Esperando a tener un motivo. Para expresarse.

Honestamente, no puedo engañarte, me parece que cuando la fe se deposita fuera, en una creencia, es en realidad el miedo disfrazado del deseo ansioso por cambiar en algo, aunque no se sepa en qué. El miedo a continuar igual y el miedo a cambiar, contrarios y al unísono, desembocan en una excusa. Y la excusa toma forma de dogma. Depositamos la esperanza en forma de fe ciega, de creencia seguida sin reflexión ni meditación, porque de esa manera tenemos la excusa perfecta. Es la fe en que algo de fuera cambie lo de dentro.

Pero esta fe de libro, de panfleto, esta fe en los ritos y en las ideas ajenas, la fe cómoda, sólo tiene un único resultado: todo sigue igual. Y a la historia podemos remitirnos.

Es hora ya que cambiemos este rol. Es el momento de bajar a los predicadores y sus lemas y signos de los altares, porque al hacerlo descabalgaremos a aquellos miedos ya citados, abandonándolos en el camino. Es hora de poner la fe donde debe estar, la fe en nuestra capacidad, la fe en que podemos, la fe que no hay reto ni problema al que no hacer frente.

Sin duda alguna, esa es la fe que quiero atesorar. La fe de la confianza.

(Imagen del personaje Gato, de la saga Shrek. ¿Por qué él? La fábula de El gato con botas, de donde surge el personaje de Dreamworks, es el ejemplo, por excelencia, de confianza en sí mismo.)

jueves, 6 de octubre de 2011

La estela de Steve Jobs subiendo a iCloud

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El título no es mío, es de Moisés Álvarez, que me compartió esta original descripción para la fotografía que envié esta tarde vía Twitter.

En la toma, vía smartphone, con uno de la competencia, además, un HTC Desire con Android 2.2, una curiosa formación nubosa vista esta tarde sobre el área metropolitana de Santa Cruz de Tenerife y San Cristobal de La Laguna.

La frase de Moisés me pareció original, oportuna y un gran homenaje, a la vez que sencillo para un personaje, Steve Jobs, a ratos venerado y a ratos odiado, pero que hoy se ha convertido en un mito. Ha nacido una leyenda.

Junto a su archi-enemigo y eterno rival, Bill Gates, ha sido la pinza ideológica que ha liderado el sector empresarial de la informática durante los últimos 25 años. Algo que, posiblemente, todavía no somos capaces de percibir, pero que dentro de 50 ó 70 años observaremos como hoy se observan a los grandes, verdaderamente grandes, personajes de la historia global.

Y la estela, por supuesto, la estela de Steve Jobs camino del iCloud...


lunes, 3 de octubre de 2011

¿Por qué escribir el 8 de octubre sobre la fe?

9 comentarios
No sé que es la fe y desde luego no me caracterizo por poseer algo a lo que se le pueda poner esa etiqueta y que tenga un color religioso. Pero tampoco tengo nada en contra de, sea lo que sea lo que represente.

Hace dos años, ya ni recuerdo por qué motivo, con qué objeto, más de cien blogueros hispanos escribieron, el mismo día, sobre el mismo tema, la solidaridad. Y aunque fue una experiencia satisfactoria, agotadora, de esas que dices ni loco la repito, pasaron 365 días y, tampoco sin saber por qué o tener un motivo claro, repetimos con la palabra convivencia, juntando más de 500 voces escritas.

Si me preguntan por qué hace dos años propuse a José F. Senovilla de Pensamientos Senovilla, empezar esta aventura bloguera, no sabría responder, honestamente. ¿Qué te voy a decir? ¿Para ganar enlaces entrantes? ¿Para aumentar las visitas? Lo único que obtuvimos a cambio, hablando en plata, fue un pico de tráfico, un supuesto éxito atribuido que duró lo que duró, un 8 de octubre, 24 horas. Ni más ni menos.

No, le pese a quien le pese lo hicimos, sobre todo y principalmente él, el alma y cuerpo de esta iniciativa, por pasión hacia la escritura, la reflexión, el pensamiento y las ganas de compartir diferentes visiones del mundo. Por pasión hacia la comuna bloguera, por ser capaces de juntar maneras de ver y comprender la existencia que nos rodea y demostrar, quizás, que siendo tan diferentes somos tan iguales.

¿Y por qué la fe? Después de todo es un concepto taaan religioso. O no. Sin duda alguna, seas creyente o no, de cualquier confesión religiosa, no importa aquí el carnet ni los símbolos que adoras ni las creencias que veneras, pasamos actualmente por una evidente falta de fe y confianza en nuestro entorno, en la sociedad de la que formamos parte, en nuestros vecinos, en nuestros compañeros de trabajo, en la propia vida y existencia.

Falta fe en nuestras capacidades. Falta fe en nuestro potencial para construir el futuro que nos de la gana. Si es destructivo, así sea, si es creativo, pues también. De hecho, incluso pese a la falta de fe, ya estamos construyéndolo. Y no nos damos cuenta.

La fe, además, es un tema que a la vez supone un enorme reto para los no creyentes, para los que hacen de la razón su máxima, para los que huyen de dogmas y de predicadores. Como yo. Podría haber lanzado la piedra a la ventana de Senovilla envuelto con otra palabra. Humildad, tal vez. Honestidad, me gusta. Pero esos retos son sencillos, trazan caminos comunes. Pero la fe no. El dogma de fe, incluso, es, desde hace 2.011 años, el motor de guerras, hambre, crisis, penas y miserias. El dogma de fe.

Así que ahí queda el reto. Aquí, quien escribe, se va a sentar y escribir varios cientos de palabras, a ver qué se me ocurre. Y me gustaría que tú, bloguera, bloguero, hicieras lo mismo. Sin un por qué, sin un objetivo sin un motivo. Sólo porque reflexionamos en común y compartimos maneras de ver la vida.