A no ser que al final los que interpretan a los que interpretaron a los mayas fueran a tener razón y el mundo diga hasta aquí llegamos, ya no aguanto más a la garrapata humanidad, el 2012 será el año de los brotes verdes. O a buen seguro, de mis brotes verdes. Es mi deseo.
A cinco horas, en mi franja horaria, del cambio de año, no puedo dejar que se me escape la oportunidad de un último artículo. Un artículo para echar un vistazo atrás, una mirada de 365 días y repasar lo que ha sido el 2011, al menos para éste, quien escribe.
¿Cómo ha sido para ti? ¿Qué deseos se cumplieron en este año? ¿Qué buenas intenciones hiciste realidad? Yo, sinceramente, no recuerdo qué pedí para el año que se muere, pero sin las intenciones. Parece que fue el otro día cuando hice mis propuestas y ahora, en unas horas, toca renovar votos e ilusiones.
Es probable que el 2011 lo acabe recordando, por su implicación en mi vida, como el año en que cambió todo. Es el año apropiado, en el que además cumplo 40 años. Esas edad meridiana donde te cuestionas algunas cosas, como lo que significa la seguridad y lo que entiendes por felicidad. La década en que todo cambia va asentando la tendencia, ya nada es como era y esta vez no es una metáfora. Es la constatación de un gran cambio social, cultural, económico y político a nivel global.
Para mí ha representado el año en que he tomado decisiones. Quise cambiar el rumbo de mi profesión, de programador a comunicador digital. Empezaba el año buscando financiación para un Posgrado que avalara la experiencia acumulada en los últimos 16 años y ahora empiezo el 2012 a punto de obtener ese papelito tan anhelado: todo un community manager te escribe.
El 2011 también fue el año en que algunos amigos me dijeron, estás loco, dejar tu trabajo para montártelo por tu cuenta, que tienes un sueldo seguro. ¿Seguro? Pensé. ¿Qué hay seguro en la vida? Todos aquellos (y aquellas) que creen tener algo seguro viven al tiento, con una venda en los ojos. Yo quería ser feliz todo el día, dejar de ser un número para la seguridad social, de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Y di el paso.
Ha sido el año en que he conocido a personas realmente interesantes e importantes, que me han aportado y a las que he aportado. El año en que mi familia, los que dependen de mí y de quienes dependo, me dijeron adelante, pelea por tus sueños, estamos a tu lado. Y esos sueños se van haciendo realidad. Después de cinco meses de sembrar, los primeros brotes verdes empiezan a asomar a la luz. Por eso, mi 2012, promete ser el año de los brotes verdes.
Lo que en principio comenzó como una aventura en solitario, ACmove.com, se va convirtiendo en una aventura en compañía de grandes personas y mejores amigos. De repente surge NexBoreal, un proyecto cuya creación estamos retransmitiendo en directo en Facebook y en Twitter (facebook.com/nexboreal y twitter.com/nexboreal). Y su primera propuesta, un espacio de coworking en Tenerife, que está a punto de abrir, bajo el nombre de NexWorking, al que estamos dotando, por supuesto, de su propia conversación (facebook.com/nexworking y twitter.com/nexworking). Y no serán las únicas propuestas. NexForma, NexTecnia, NexMoción y NexPeriencia vienen en camino, además de lo que yo represento bajo este paraguas, NexComunica.
En 2010 tomé la determinación que, aunque el mundo se hunda, no iba a seguir la línea de pesimismo y derrotismo reinante, aunque tuvieran razón y esa visión catastrófica reflejara más la realidad que una visión optimista. Pero, si estamos en el fondo del cubo, eso ya lo tenemos, lo conocemos, sólo nos queda pensar en cómo subir. Aunque no siempre lo conseguí, para 2011 quise escribir, construir y comportarme en positivo, en esa clave de optimismo continuo. Esas ganas de ver el mundo a través de una sonrisa ha sido el motor de los cambios que me han envuelto. A veces buscados, otras veces llegados a mí, no sé aún cómo.
¿Y para 2012? Es el momento de hacer mi anual ejercicio de intenciones. Qué mejor que a través de la escritura, una de mis pasiones. Para 2012 voy a centrar mis fuerzas en hacer feliz a quién me rodea. Ver el mundo a través del cristal del optimismo y esforzarme por aportar todo lo mejor de mí a todos aquellos a los que pueda aportar. No voy a pedir nada, confío plenamente en la buena fortuna que viene de la mano del dar. Para 2012 voy a seguir (o retomar, que en los últimos meses ha quedado en segundo plano) con la actividad deportiva. Nada mejor para sanear las neuronas que una buena carrera, un buen pedaleo o disfrutar de cinco horas de caminata en la montaña.
Por supuesto, apostar fuerte por mí. Hacer del "mí", no una actitud egoísta sino con el conocimiento de que sólo siendo feliz se puede "hacer feliz a". Crear un futuro para mí, para mis socios y amigos, para nuestras familias y para las personas que se acercan y que se han ido sumando a nuestro esfuerzo, que han creído y creen ahora mismo en lo que estamos construyendo.
Para ti, querida lectora, estimado lector, a buen seguro, cuanto y cuando te llegue con mis letras, procuraré, eso quiero, eso espero, remover algo en tu vida a través de frases, metáforas, palabras y sentidos. Y otra cosa no puedo decir así que, feliz 2012, que todo lo bueno que a buen seguro, mereces, te sea concedido.
¿Y tú? ¿Vas a querer desear lo que deseas? ;)
sábado, 31 de diciembre de 2011
martes, 27 de diciembre de 2011
La traspapelada Nochevieja de Valoria la Buena
Oliver Serrano me invitó, este pasado 22 de diciembre, en la XXXVI Edición del Blogs&Gofio (un encuentro de blogueros y blogueras que se viene celebrando con cada cierta e imprecisa temporalidad) a descubrir la historia de Valoria la Buena, un pueblo de Valladolid que la Nochevieja de 1995 se quedaron si luz... y sin celebrar el año nuevo. Pero empezaron otra curiosa tradición, celebrar el año nuevo en verano.
El equipo de marketing de Vodafone ha recuperado esta historia y ha montado una campaña utilizando como eje central lo sucedido en el pueblo con la intención de que recuperen el espíritu navideño, no olvidado, pero si retrasado a la temporada estival.
Vodafone tiene en su mano, ahora mismo, ganar la partida a su gran rival, Movistar, a través de la vía más simple de todas, el buen servicio y la atención personalizada. Que lo consiga o no, al igual que Pepsi, depende de ellos y de hasta qué punto están dispuestos a creer y apostar por las personas antes que por los porcentajes.
Su campaña Ayuda a Valoria la Buena a recuperar el espíritu de la Navidad es una clara señal de que se camina en esa dirección (como cliente, así lo espero). Veremos si los creativos de la segunda compañía telefónica española son capaces de transmitir ese mismo entusiasmo a la directiva, los accionistas y los empleados.
Y todo esto, sin cobrar. Conste. ;)
El equipo de marketing de Vodafone ha recuperado esta historia y ha montado una campaña utilizando como eje central lo sucedido en el pueblo con la intención de que recuperen el espíritu navideño, no olvidado, pero si retrasado a la temporada estival.
Vodafone tiene en su mano, ahora mismo, ganar la partida a su gran rival, Movistar, a través de la vía más simple de todas, el buen servicio y la atención personalizada. Que lo consiga o no, al igual que Pepsi, depende de ellos y de hasta qué punto están dispuestos a creer y apostar por las personas antes que por los porcentajes.
Su campaña Ayuda a Valoria la Buena a recuperar el espíritu de la Navidad es una clara señal de que se camina en esa dirección (como cliente, así lo espero). Veremos si los creativos de la segunda compañía telefónica española son capaces de transmitir ese mismo entusiasmo a la directiva, los accionistas y los empleados.
Y todo esto, sin cobrar. Conste. ;)
Temas:
comunicación,
marketing
jueves, 22 de diciembre de 2011
domingo, 18 de diciembre de 2011
¿Sabías que... eres un/a desagradecido/a?
Ya sé que estamos en fechas navideñas y quizás lo que toque sea escribir textos cargados de positivismo, alegría, entusiasmo, ilusión. Pero hoy, quien te escribe, no tiene de esos días, tiene de otros, de esos en los que duda del hombre, y la mujer, como colectivo. Yo, pedirte disculpas puedo, pero mejor te aconsejo no seguir leyendo, no quisiera aguar tu fiesta.
Llevo días dándole vueltas al valor del regalo, de la ayuda, de nuestro comportamiento hacia lo recibido, de cuando o cuanto de agradecido me etiqueto. Serán cosas de la cuarentena. Cuando tenía veinte años leer textos como El hombre mediocre me hubiera resultado insultante, un escándalo. Aquel recién estrenado joven adulto aún creía en un humano, y una humana, esencialmente buenos, capaces de crear el Mundo, la sociedad ideal.
Hoy, tras dos décadas de observación, la evidencia me dicta otra cosa, y aunque las observaciones de Giuseppe Ingegnieri me sigan pareciendo igualmente escandalosas, hasta peligrosas, no dejo de reconocer que el hombre, y la mujer, no son buenos, sino instintivos. Se mueven, como colectivo y dejando las raras excepciones individuales a un lado, por impulsos. Impulsos netamente egoístas dominados por la supervivencia y la procreación.
En estas fechas el valor del regalo se enaltece convirtiéndolo en un símbolo de buena voluntad, bien utilizado y mercantilizado por quienes hacen de estas fechas su oportunidad económica. Y, por cortesía, damos las gracias, alabamos el buen gusto, sonreímos utilizando nuestra mascara de la sorpresa, ya bien entrenada.
Pero, ¿realmente somos agradecidos, o agradecidas? En no pocas ocasiones he tendido manos, como tú (estoy seguro de ello). He prestado mis oídos y, lo que es más importante, mi escucha activa, mi atención, hacia quienes buscaban cobijo para penas y desengaños. He aconsejado, orientado y ayudado, como tantos otros y tantas otras, pero, ahora que nadie más me lee, te diré que he conocido a pocos seres agradecidos.
Muchos, tras trazar un mapa extenso y conciso de sus penas sobre la mesa que nos une en un preciso instante deciden echar el cerrojo a su futuro y tirar la llave por la bocana del puerto, bien atada a un gran cubo de cemento endurecido. Actúan como la mafia ante sí mismos, infligiendo un castigo innecesario a sus sencillas vidas.
Otros, sin embargo, agarran lo que pueden, recogen lo recibido, lo aferran con gula y huyen despavoridos, o despavoridas, no sea que quien da cambie de idea y decida reclamar aquello que fue otorgado. Y es que son, somos, soy, tú también lo eres, desagradecidos por naturaleza, por instinto.
Es una discusión harto famosa entre los integrantes de organizaciones de ayuda humanitaria y social, con un bando que defiende que hay que dar a los más necesitados lo que no tienen y otro que promueve que, al contrario, hay que enseñar a conseguir. La discusión llega a tal punto que, no hace mucho, me hicieron una afirmación de esas que escandalizan pero que al mismo tiempo, en tu fuero más íntimo, sabes que no puedes negar. Un buen amigo me decía, los servicios sociales están llenos de personas acostumbradas a extender la mano y no hacer nada por sí mismas. Reconozco que le rebatí esa afirmación, con la sangre y el entusiasmo que tenía hace veinte años, cuando aún disfrutaba de mis recién estrenados veinte. Pero te seré sincero, porque ya no son tiempos de ñoñeces, engaños ni disfraces, algo en mi interior quería darle la razón.
No he conocido a muchas personas esencialmente generosas y agradecidas. Quiero decir, que sean así por su naturaleza. Y yo mismo no se me ocurriría calificar mis actos con tales adjetivos. No sé si decepciono o no, pero para que mentirte, lector, ya que tienes a bien regalarme algunos minutos de tu vida. Puedo decir que mi pareja sí lo es, y un buen amigo gallego, también, quien desinteresadamente me tendió una mano cuando lo necesitaba, sin pedírsela, sin esperar devolución ni agradecimiento, y aún no pudiendo y pasando él mismo por una situación poco favorable. Algunos y algunas más he tropezado pero, de resto, desagradecidos y desagradecidas, todos y todas, yo el primero.
Damos las gracias en Navidad, en Semana Santa, en una misa y en los cumpleaños. Damos las gracias por cortesía o por quedar bien. Damos las gracias pero no otorgamos agradecimiento. Ese sentimiento, o emoción, de dar valor al esfuerzo y el tiempo que otros nos regalan. Otorgar el reconocimiento que recogemos en deuda cuando recibimos, cuando nos ayudan, cuando influyen en nosotros positivamente y nos empujan hacia nuevas alternativas y oportunidades.
Más bien, al contrario, lo regalado, lo obtenido sin esfuerzo, sean conceptos o sean cosas, no lo valoramos. Si no hemos gastado nuestro propio tiempo y esfuerzo, lo agarramos y al bolsillo, pagamos con un par de gracias y olvidamos aquello que tanta ilusión nos hacía, justo hasta el momento de poseerlo. Incluso, algunos o algunas, exigentes, piden más, porque todo les parece poco. Exigen, porque ya acostumbrados a pedir, es mejor seguir llorando, no sea que la teta cambie de rumbo, se seque o piense, incluso, en dejar de manar.
Sin duda alguna no son reflexiones positivas ni audaces, son incluso insolidarias. Pero dime, querido lector, estimada lectora, si en tu pensamiento más íntimo, no llegas a la misma conclusión. Y si realmente no lo crees, demuéstramelo hoy, me atrevo a pedir ese regalo navideño, no dando las gracias, sino siendo agradecido o agradecida, con quien te rodea y te da cada día, aunque tú no lo percibas. No sólo con los seres amados. Agradecido y agradecida con todo lo que llega hasta ti, en cada momento, de todos los desconocidos y desconocidas que se cruzan en tu camino. Y luego, me lo cuentas.
Llevo días dándole vueltas al valor del regalo, de la ayuda, de nuestro comportamiento hacia lo recibido, de cuando o cuanto de agradecido me etiqueto. Serán cosas de la cuarentena. Cuando tenía veinte años leer textos como El hombre mediocre me hubiera resultado insultante, un escándalo. Aquel recién estrenado joven adulto aún creía en un humano, y una humana, esencialmente buenos, capaces de crear el Mundo, la sociedad ideal.
Hoy, tras dos décadas de observación, la evidencia me dicta otra cosa, y aunque las observaciones de Giuseppe Ingegnieri me sigan pareciendo igualmente escandalosas, hasta peligrosas, no dejo de reconocer que el hombre, y la mujer, no son buenos, sino instintivos. Se mueven, como colectivo y dejando las raras excepciones individuales a un lado, por impulsos. Impulsos netamente egoístas dominados por la supervivencia y la procreación.
En estas fechas el valor del regalo se enaltece convirtiéndolo en un símbolo de buena voluntad, bien utilizado y mercantilizado por quienes hacen de estas fechas su oportunidad económica. Y, por cortesía, damos las gracias, alabamos el buen gusto, sonreímos utilizando nuestra mascara de la sorpresa, ya bien entrenada.
Pero, ¿realmente somos agradecidos, o agradecidas? En no pocas ocasiones he tendido manos, como tú (estoy seguro de ello). He prestado mis oídos y, lo que es más importante, mi escucha activa, mi atención, hacia quienes buscaban cobijo para penas y desengaños. He aconsejado, orientado y ayudado, como tantos otros y tantas otras, pero, ahora que nadie más me lee, te diré que he conocido a pocos seres agradecidos.
Muchos, tras trazar un mapa extenso y conciso de sus penas sobre la mesa que nos une en un preciso instante deciden echar el cerrojo a su futuro y tirar la llave por la bocana del puerto, bien atada a un gran cubo de cemento endurecido. Actúan como la mafia ante sí mismos, infligiendo un castigo innecesario a sus sencillas vidas.
Otros, sin embargo, agarran lo que pueden, recogen lo recibido, lo aferran con gula y huyen despavoridos, o despavoridas, no sea que quien da cambie de idea y decida reclamar aquello que fue otorgado. Y es que son, somos, soy, tú también lo eres, desagradecidos por naturaleza, por instinto.
Es una discusión harto famosa entre los integrantes de organizaciones de ayuda humanitaria y social, con un bando que defiende que hay que dar a los más necesitados lo que no tienen y otro que promueve que, al contrario, hay que enseñar a conseguir. La discusión llega a tal punto que, no hace mucho, me hicieron una afirmación de esas que escandalizan pero que al mismo tiempo, en tu fuero más íntimo, sabes que no puedes negar. Un buen amigo me decía, los servicios sociales están llenos de personas acostumbradas a extender la mano y no hacer nada por sí mismas. Reconozco que le rebatí esa afirmación, con la sangre y el entusiasmo que tenía hace veinte años, cuando aún disfrutaba de mis recién estrenados veinte. Pero te seré sincero, porque ya no son tiempos de ñoñeces, engaños ni disfraces, algo en mi interior quería darle la razón.
No he conocido a muchas personas esencialmente generosas y agradecidas. Quiero decir, que sean así por su naturaleza. Y yo mismo no se me ocurriría calificar mis actos con tales adjetivos. No sé si decepciono o no, pero para que mentirte, lector, ya que tienes a bien regalarme algunos minutos de tu vida. Puedo decir que mi pareja sí lo es, y un buen amigo gallego, también, quien desinteresadamente me tendió una mano cuando lo necesitaba, sin pedírsela, sin esperar devolución ni agradecimiento, y aún no pudiendo y pasando él mismo por una situación poco favorable. Algunos y algunas más he tropezado pero, de resto, desagradecidos y desagradecidas, todos y todas, yo el primero.
Damos las gracias en Navidad, en Semana Santa, en una misa y en los cumpleaños. Damos las gracias por cortesía o por quedar bien. Damos las gracias pero no otorgamos agradecimiento. Ese sentimiento, o emoción, de dar valor al esfuerzo y el tiempo que otros nos regalan. Otorgar el reconocimiento que recogemos en deuda cuando recibimos, cuando nos ayudan, cuando influyen en nosotros positivamente y nos empujan hacia nuevas alternativas y oportunidades.
Más bien, al contrario, lo regalado, lo obtenido sin esfuerzo, sean conceptos o sean cosas, no lo valoramos. Si no hemos gastado nuestro propio tiempo y esfuerzo, lo agarramos y al bolsillo, pagamos con un par de gracias y olvidamos aquello que tanta ilusión nos hacía, justo hasta el momento de poseerlo. Incluso, algunos o algunas, exigentes, piden más, porque todo les parece poco. Exigen, porque ya acostumbrados a pedir, es mejor seguir llorando, no sea que la teta cambie de rumbo, se seque o piense, incluso, en dejar de manar.
Sin duda alguna no son reflexiones positivas ni audaces, son incluso insolidarias. Pero dime, querido lector, estimada lectora, si en tu pensamiento más íntimo, no llegas a la misma conclusión. Y si realmente no lo crees, demuéstramelo hoy, me atrevo a pedir ese regalo navideño, no dando las gracias, sino siendo agradecido o agradecida, con quien te rodea y te da cada día, aunque tú no lo percibas. No sólo con los seres amados. Agradecido y agradecida con todo lo que llega hasta ti, en cada momento, de todos los desconocidos y desconocidas que se cruzan en tu camino. Y luego, me lo cuentas.
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reflexión
jueves, 15 de diciembre de 2011
Entre el espeso Punset y la claridad de Hawking
Esta última semana he terminado de leer dos libros, de autores que debieran tener cierto parentesco en su escritura y su fin, pero realmente muy dispares; y de temática similar, la divulgación científica.
El viaje al poder de la mente es una de las últimas obras de Eduardo Punset, para muchos uno de sus mejores trabajos de divulgación. Yo, les reconozco, he sufrido para alcanzar su último capítulo con la sensación final de no tener muy claro qué es lo que el autor me quería transmitir, a mí, sencillo lector. Y no es que desmerezca aquí la innegable y maravillosa labor que como divulgador de la ciencia está haciendo a través de su presencia televisiva, sus blogs y sus obras.
Punset viaja a través de los últimos descubrimientos científicos y los avances en la observación de la mente, pero en algunos momentos una mezcla de vivencia personales, anécdotas con sabor a esto-me-suena y algunas licencias más, despistan al curioso, al que desea aprender lo que no le es posible investigar.
Quizás, mi capacidad intelectual, normal, ni por arriba ni por abajo, de ciudadano medio, no esté preparada para recibir según qué conceptos o ideas. O tal vez, el divulgador confunde en algunos momentos su papel de transmisor de conocimiento y pretende convertirse, él mismo, en científico e investigador, cambiando la pluma y el papel por la bata, la hipotesis y el microscopio.
No me ocurrió lo mismo con el título
El gran diseño, del reconocido matemático y físico teórico Stephen Hawking, escrito conjuntamente con Leonard Mlodinow, físico y divulgador norteamericano, en el que se plasma en un lenguaje claro y directo, casi como si de una aventura se tratase, los últimos avances científicos en las teorías que explican (o intentan explicar) el Universo.
Polémico ya antes de su lanzamiento, niega la intervención de ningún Dios antropomorfo en la creación y surgimiento de los múltiples universos que la teoría M postula. Somos, según los últimos experimentos apuntan, el resultado de una probabilidad inconmensurable, difícil de sintetizar en un pensamiento. El hombre se vuelve minúsculo frente a la inmensidad de la creación y, obligada por ésta, debe caer preso de la humildad que le debiera ser natural condición.
Los autores parten y recorren, una y otra vez, tres preguntas existenciales básicas: ¿por qué existe el universo?, ¿por qué hay algo en lugar de nada? y ¿por qué existimos nosotros? Al tiempo que intentan responder introducen al despistado y ávido lector en los conceptos e ideas más escabrosos relacionados con la física cuántica, la física que investiga lo minúsculo, el germen de la creación. Un viaje, sin duda, apasionante.
Pero a diferencia de Punset, que me tuvo atado a su obra, esclavizado (una obligación que asumí, tengo que terminarlo, por mis...), las palabras de Hawking y Mlodinow, 211 páginas, pasaron ante mí en tres noches. Podría decir que más que leer, devoré el texto.
El viaje al poder de la mente es una de las últimas obras de Eduardo Punset, para muchos uno de sus mejores trabajos de divulgación. Yo, les reconozco, he sufrido para alcanzar su último capítulo con la sensación final de no tener muy claro qué es lo que el autor me quería transmitir, a mí, sencillo lector. Y no es que desmerezca aquí la innegable y maravillosa labor que como divulgador de la ciencia está haciendo a través de su presencia televisiva, sus blogs y sus obras.Punset viaja a través de los últimos descubrimientos científicos y los avances en la observación de la mente, pero en algunos momentos una mezcla de vivencia personales, anécdotas con sabor a esto-me-suena y algunas licencias más, despistan al curioso, al que desea aprender lo que no le es posible investigar.
Quizás, mi capacidad intelectual, normal, ni por arriba ni por abajo, de ciudadano medio, no esté preparada para recibir según qué conceptos o ideas. O tal vez, el divulgador confunde en algunos momentos su papel de transmisor de conocimiento y pretende convertirse, él mismo, en científico e investigador, cambiando la pluma y el papel por la bata, la hipotesis y el microscopio.
No me ocurrió lo mismo con el título
El gran diseño, del reconocido matemático y físico teórico Stephen Hawking, escrito conjuntamente con Leonard Mlodinow, físico y divulgador norteamericano, en el que se plasma en un lenguaje claro y directo, casi como si de una aventura se tratase, los últimos avances científicos en las teorías que explican (o intentan explicar) el Universo.Polémico ya antes de su lanzamiento, niega la intervención de ningún Dios antropomorfo en la creación y surgimiento de los múltiples universos que la teoría M postula. Somos, según los últimos experimentos apuntan, el resultado de una probabilidad inconmensurable, difícil de sintetizar en un pensamiento. El hombre se vuelve minúsculo frente a la inmensidad de la creación y, obligada por ésta, debe caer preso de la humildad que le debiera ser natural condición.
Los autores parten y recorren, una y otra vez, tres preguntas existenciales básicas: ¿por qué existe el universo?, ¿por qué hay algo en lugar de nada? y ¿por qué existimos nosotros? Al tiempo que intentan responder introducen al despistado y ávido lector en los conceptos e ideas más escabrosos relacionados con la física cuántica, la física que investiga lo minúsculo, el germen de la creación. Un viaje, sin duda, apasionante.
Pero a diferencia de Punset, que me tuvo atado a su obra, esclavizado (una obligación que asumí, tengo que terminarlo, por mis...), las palabras de Hawking y Mlodinow, 211 páginas, pasaron ante mí en tres noches. Podría decir que más que leer, devoré el texto.
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
"Rand, Sand, Stars", el nuevo juego casual para iPhone
Está pensado especialmente para los jugadores más jóvenes (ya en su primera semana se posicionó entre los 10 primeros en la categoría juegos/niños en la App Store española), siendo un juego que, como en ocasiones anteriores con otros desarrollos de Medusa, se evita la violencia explícita.
El desarrollo y lanzamiento del juego coincide, además, con la declaración por parte de la ONU del año 2011 como Año Internacional de los Bosques. Con Rain, Sand, Stars aportamos nuestro pequeño granito de arena a la causa (¡ojalá se plantara un árbol real por cada árbol que planta Tsuyu!).
Enlace de descarga:
Argumento del juego
En Rain, Sand, Stars conoceremos al pequeño personaje Tsuyu, una pequeña y afable criatura con el poder de convocar la lluvia. ¡Una habilidad imprescindible en una galaxia azotada por una terrible sequía!
Comenzará su aventura en un sistema de planetoides llamado Yakeraan, habitado por criaturas que tratarán de expulsarle de sus pequeños mundos.
Tsuyu deberá esquivar y correr más que ellos para encontrar lugares apacibles donde llamar a la lluvia y conseguir que los árboles regresen de nuevo.
¡Pero sin dañar a ninguna criatura! Su único objetivo consiste en reforestar la galaxia y los Yaks no pueden ser culpados por la sequía. Además, Tsuyu es una buena persona, nada violento y... bastante pequeñito.
Sobre Medusa
Un estudio de desarrollo, innovador y con gran futuro, creado en Santa Cruz de Tenerife en el año 2009 que con Rain, Sand, Stars continua avanzando y posicionándose en el atractivo y competitivo mundo del entretenimiento digital.
Tras su toma de contacto con Sound Juggler (2009) y su segundo título, Oddy Smog's Misadventure (2010), continúan explorando con este tercer juego el sector denominado 'casual' (juegos sencillos pero muy adictivos y entretenidos que están dirigidos a cualquier tipo de público).
Para contactar y conocer mejor a la empresa pueden visitar su web (www.playmedusa.com), unirse a su página en Facebook (facebook.com/playmedusafb) o seguirlos en Twitter (twitter.com/playmedusa).
(Contenido de este artículo aportado por la propia empresa.)
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martes, 6 de diciembre de 2011
La deuda, la prima y la política que las parió
Tengo la impresión, la desagradable intuición, de que hay dos crisis. Me explicaré.
Por un lado está la crisis de los alcaldes que, cosas de la buena fortuna y el blanqueo de capitales, han sido premiados con 145 décimos del Gordo; está la crisis de los que gustan, luego del duro trabajo de concejal, darse un esparcimiento con los erarios públicos en los prostíbulos de turno; está la crisis de los mercados y los capitales que juegan con las deudas y sus primas, pero sólo aquellas pobres y débiles; y las crisis que juegan en norias con la sensibilidad de una granja de grillos y sapos, que por un sharing son capaces de quemar a su madre en la hoguera de las vanidades.
Viendo la cantidad de cretinos que pueblan los medios públicos de este país sería fácil deducir, erróneamente, que crisis, lo que se dice crisis, no hay, que es un invento de los grandes mercados. Esas crisis a las que hice referencia en el párrafo anterior son las de aquellas que ya no tienen para comprar otro rímel. Las crisis de los que ya no tienen para el club de padel.
Pero por otro lado está la verdadera cara de la crisis. La de aquellos que para dar de comer a sus hijos tienen que recurrir a los abuelos, cuando no con los propios abuelos al comedor público más cercano. Ese al que, aquellos que durante décadas han quemado los billetes públicos, hoy deciden recortar el presupuesto en servicios sociales pero no sienten la menor vergüenza ni mayor desvergüenza en subir sueldos a los asesores y garrapatas habituales.
Mientras comentaristas engreídos, creídos en razones, actúan de voceros de unos partidos u otros, repitiendo mensajes dictados desde la distancia, otros no tienen ni para los hacendados del Mercadona. Y esa es la verdadera cara de la crisis y el paro.
La deuda, su prima y los diabólicos mercados no pasan miserias ni necesidades, no lloran a escondidas porque con 45 años no tienen ni para un juguete de los chinos en estas fechas navideñas. Los cabrones que están detrás de las compras y las ventas de capitales, aquellos que piden sustentar su puñetera mala gestión con los fondos de los impuestos de todos y luego se endosan millonarias indemnizaciones sin pestañear ni ruborizarse, son los que no sufren esta crisis.
¿Crisis? ¿De quién, para quién? Crisis de dignidad, de solidaridad, de aquellos que tienen y a los que sobra en demasía. Esa es su crisis. Es la crisis de sensibilidad hacia los que verdaderamente sufren la otra, la real, en sus vidas. Y no hay más. Sólo esas dos. La crisis de los caraduras y la crisis de los que padecen graves necesidades.
Quizás sea hora de decir basta y buscar alternativas. ¿Tú qué crees?
Por un lado está la crisis de los alcaldes que, cosas de la buena fortuna y el blanqueo de capitales, han sido premiados con 145 décimos del Gordo; está la crisis de los que gustan, luego del duro trabajo de concejal, darse un esparcimiento con los erarios públicos en los prostíbulos de turno; está la crisis de los mercados y los capitales que juegan con las deudas y sus primas, pero sólo aquellas pobres y débiles; y las crisis que juegan en norias con la sensibilidad de una granja de grillos y sapos, que por un sharing son capaces de quemar a su madre en la hoguera de las vanidades.
Viendo la cantidad de cretinos que pueblan los medios públicos de este país sería fácil deducir, erróneamente, que crisis, lo que se dice crisis, no hay, que es un invento de los grandes mercados. Esas crisis a las que hice referencia en el párrafo anterior son las de aquellas que ya no tienen para comprar otro rímel. Las crisis de los que ya no tienen para el club de padel.
Pero por otro lado está la verdadera cara de la crisis. La de aquellos que para dar de comer a sus hijos tienen que recurrir a los abuelos, cuando no con los propios abuelos al comedor público más cercano. Ese al que, aquellos que durante décadas han quemado los billetes públicos, hoy deciden recortar el presupuesto en servicios sociales pero no sienten la menor vergüenza ni mayor desvergüenza en subir sueldos a los asesores y garrapatas habituales.
Mientras comentaristas engreídos, creídos en razones, actúan de voceros de unos partidos u otros, repitiendo mensajes dictados desde la distancia, otros no tienen ni para los hacendados del Mercadona. Y esa es la verdadera cara de la crisis y el paro.
La deuda, su prima y los diabólicos mercados no pasan miserias ni necesidades, no lloran a escondidas porque con 45 años no tienen ni para un juguete de los chinos en estas fechas navideñas. Los cabrones que están detrás de las compras y las ventas de capitales, aquellos que piden sustentar su puñetera mala gestión con los fondos de los impuestos de todos y luego se endosan millonarias indemnizaciones sin pestañear ni ruborizarse, son los que no sufren esta crisis.
¿Crisis? ¿De quién, para quién? Crisis de dignidad, de solidaridad, de aquellos que tienen y a los que sobra en demasía. Esa es su crisis. Es la crisis de sensibilidad hacia los que verdaderamente sufren la otra, la real, en sus vidas. Y no hay más. Sólo esas dos. La crisis de los caraduras y la crisis de los que padecen graves necesidades.
Quizás sea hora de decir basta y buscar alternativas. ¿Tú qué crees?
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