martes, 21 de febrero de 2012

Para ser malo hay que ser inteligente

Cuando la mano avanza hacia el frente alargando su extensión en el dedo de hurgar, vulgarmente llamado índice, lanzando acusaciones y diásporas hacia un otro, presente o ausente, disparando etiquetas y calificativos del tipo mentiroso, falso, vanidoso, engreído... pero sobre todo cuando lanzamos nuestra mayor acusación, mala persona, o hijo/a de señora con profesión muy antigua, en realidad atribuimos al otro, al acusado, al del banquillo, de una inteligencia que ni tan siquiera nosotros, propietarios del dedo hurgador, somos ejemplos vivos de su real existencia.

Y es cierto. La maldad exige inteligencia, incluso en un grado muy superior que el exigido para ejercer la bondad. Para la bondad, entendida así por los otros, sólo hay que dejarse llevar por los deseos ajenos. Pero para la maldad. ¡Ay! ¡Amiga lectora, querido lector! Para la maldad se requiere un grado de inteligencia casi infinito. La maldad exige planificación. La maldad exige intención. La maldad exige perversión. Todo eso, junto, es un hecho tan raro, tan extraño, tan inusual, que casi me atrevería a etiquetarlo de mito, de ilusión, de cuento del hombre del saco.

Lo que la mayoría entiende por maldad no es sino un juicio pervertido y limitado de lo que los otros hacen, dicen o piensan. La maldad, desde nuestra corta capacidad para ver desde fuera, no es sino ese resultado inesperado, esa acción errada, casi siempre motivada por una buena intención. O como mucho por una intención perversa, pero falta de esa inteligencia que la convierta en maldad real.

Lo que para unos es maldad, para otros es lo justo, lo que para unos es bondad, para otros es insidia y malevolencia, los que creen poseer el sentido de la justicia son los maquinadores y perversos de otros que a su vez dictan al mundo sus propias interpretaciones.

Lo que tú y yo, torpemente, etiquetamos de maldad, no es sino el resultado del individualismo, un individualismo endeble, pobre, que no es un acto intencionado en sí mismo sino una falta de visión de la colectividad desde la perspectiva única de quién observa. Es así. Míralo y júzgalo cómo prefieras pero, lo cierto, la maldad que etiquetas a tu alrededor, en tu trabajo, en tu familia, entre tus amigos y vecinos, no es otra cosa que una falta de entendimiento, de empatía hacia lo ajeno, de sincronía en las interpretaciones. Y, en todo caso, una pataleta para llamar la atención, una manera de gritar "¡socorro! ¡necesito que me amen, que me escuchen, que me mimen, que me presten atención!".

El individualismo, la necesidad de hacer prevalecer nuestras aspiraciones por encima de las ajenas, es el principal motor de las pataletas ajenas, y de las propias. Cuando juzgamos las pataletas y las etiquetamos de maldad olvidamos que, en no pocas ocasiones, somos actores principales de nuestras propias miserias. No estamos por encima de ese supuesto mal ajeno, ni por debajo. Sólo que nuestras payasadas fuera de tono llevan su propio ritmo y, cuando actuamos, simplemente, no nos vemos.

Así que no lo olvides. Cuando señales y dictes sentencia, si de verdad crees haber visto la maldad, haber encontrado al malo, al anti-héroe verdadero (y he ahí una gran contradicción), piensa que además del calificativo le presupones una inteligencia casi infinita, seguramente sobrehumana, con toda seguridad, inexistente. Quizás, hacer uso de la empatía permita ampliar tu campo de visión, deshacer las orejeras de burro con las que, parece, venimos equipados de serie, y con un poco de suerte, alcanzar, aunque sea de lejos, un campo de visión de 180 grados, sin olvidar, eso sí, que aún dejas de ver otro tanto que queda fuera de tu percepción, por lo que nunca, absolutamente nunca, vas a poseer una perspectiva completa de la realidad.

Puedes hacer eso, o, como yo y tantos otros, seguir señalando con el dedo de hurgar. Tú decides.

4 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Es una gran reflexión...

Mark de Zabaleta

Kassiopea. dijo...

Interesante. Pero yo me he encontrado en alguna ocasión (afortunadamente pocas) alguna persona muy mala, y no demasiado inteligente. Sí, confieso que he señalado con el dedo de hurgar alguna vez.

Saludos.

Javier I. Sampedro dijo...

Recuerdo cuando me decía mi padre: "Javier, tu crees que todo el mundo es bueno..." y ya sé que no es así, que hay gente con maldad aunque a veces uno que es ingenuo no saber ver las cosas a la primera.

Esa inteligencia de los que practican la maldad de alguna forma, es no hacer ver a los demás que en el fondo no son malos. Es sólo una máscara, que no todos saben llevar. Yo al menos para eso no sirvo, y no es que no sea inteligente, pero prefiero guardar mis esfuerzos para otras cosas.

Esther dijo...

No estoy muy de acuerdo, la verdad, porque puedes ser "inteligente" y ser malo y puedes ser "no inteligente" y ser malo, pero claro habría que definir esa palabra "inteligente".
Yo definiría mejor malo=envidia, malo=quiero, es decir, me he encontrado muchas personas "malas" en mi vida, licenciadas o no, que en el fondo de la cuestíon lo que sienten es envidia, quieren lo que tu quieres ( al fin y al cabo les guste o nó ) es como una vacuna que sólo unos reciben al nacer, pues igual, quiero eso y me da lo mismo si me gusta o no, lo quiero y arraso con lo que sea para tenerlo, creo que tienen la sensación de la "posesión" y para ello recurren con lo primero que tienen a mano, y lo utilizan sin pensar, no creo que a eso se le pueda llamar inteligencia, yo lo llamaría "obsesión".
A veces podemos hacer daño con una sola palabra que salga de nuestra boca "sin pensar".