Reconozco, quizás una arrogancia mía y más bien sea un creo, que no suelo meditar sobre las cosas que habitualmente se meditan a pie de cerveza, a lomos de un café o a las orillas de un menú barato mientras se hojea un periódico. Y digo hojear y no ojear porque estoy seguro que lo segundo se afirma pero no se hace, lo que nos deja en lo primero.
Todo empezó hace algo menos de un mes. Cumplí 41 años y ese día recibí el cariño del núcleo duro de mi familia, de los incondicionales, de las y los que arropan cuando hace frío, las y los que olvidas sin pretenderlo porque siempre están y casi no recuerdas que están, pero siempre permanecen. Incluso aquellos que parece que casi nunca estuvieron -gracias papá, por la visita a la nueva oficina-, fuera por trabajar de sol a sol o fuera por la partida del dominó, hasta esos también me lo demostraron. Fuera de ese círculo recibí el cariño de programas y códigos, de redes autómatas y bots binarios, herramientas digitales varias, algunos centros comerciales y hasta tiendas online allende mis fronteras de espuma y sal.
Uno se pregunta cosas. Porque no sabes si naces imbuido en el ritual de la timidez o sólo ocurre que lo tuyo es el vouyerismo más desapasionado. Observar y reflexionar suena profundo pero es aburrido. Desde acá adentro, pibe, todo se ve aletargado, ¿viste? Las palabras salen a borbotones de las bocas pero los discursos son como sonidos desajustados, incoherentes, monótonos, desafinados. Es como si la colmena temiera verse a sí misma y se arrojara en alocada carrera a los brazos de sus circundantes bailes. ZZZzzz, ZZZzzz, ZZZzzz... así somos. Parece.
Esperar honradez, honestidad, buena fe, palabras cumplidas, deseos sinceros, humildes miradas, paciencia aguerrida o sinceridad confesa es algo parecido a esperar a ser feliz para cuando toque el boleto premiado. La gente se muere todos los días, y un día yo también seré gente y espicharé el hocico, postergando su felicidad para cuando llegue ese boleto de la fortuna.
Y la cosa es que siempre habrá quien venga a pinchar las ruedas de tu autoestima, vaciar el depósito de tu confianza, reventar los manguitos de tus ilusiones. Siempre habrá quién pretenda desenchufar tu entusiasmo de la energía que por el derecho del polvo que tus padres echaron, te pertenece. La cosa es así. Aprendieron a medrar medrando de los que medran con su arte o con su empuje. Y coño, vaya por Dios o por el Diablo, que no hay quien carajo les quite la costumbre. Siempre mamando de la vitalidad ajena.
Yo, como estoy hasta los cataplines (o hasta las escalinatas, según la propuesta de mi corrector ortográfico) de observar y esperar, creo que voy a optar a probar un tiempo por el hacer y la acción, verbos afines pero no iguales que cuando se lían echan unos casquetes impresionantes y engendran una suerte loca. Porque como dice Martini, la suerte, al fin y al cabo, es una actitud. Voy a optar por recordar, demostrar y agradecer a los que de verdad, no dicen que me aman pero lo demuestran con cada pequeño gesto, a cada momento, sin yo pedirlo ni requerirlo ni esperarlo ni exigirlo.
Sí, voy a optar por ese esfuerzo en dar honradez, en cumplir con honestidad, en actuar de buena fe, en comprometerme con la palabra dada -pese a mi ajado, sonado, acostumbrado y famoso despiste-, en desear con sinceridad, en mirar sin avasallar, en apretarme lo que cuelga antes de perder la paciencia y en regir mi boca por la regla de la sinceridad -sin que por ello, la tal Since se convierta en un arma arrojadiza-. Lo voy a probar, y con ganas, porque de tanto observar y analizar el mundo, conseguí que no conseguí nada o que nada cambiara. Nada cambió a decir verdad. ¡Y mira que me quejé con ganas y a grito pelado! Pero como yo no me moví de lo que era, el mundo tampoco lo hizo. Se tapó con sus cerúmenes y ni caso, oiga.
Pero de esta manera, con mi nueva apuesta, quizás, lo que cambie sea otra cosa, dentro de esta amasijo que me va trasladando de un sitio a otro. A buen seguro, eso estoy descubriendo, la vida se me llena más, se me rebosa por todos lados. (A veces tengo mis momentos de vuelta pa'trás, todo hay que reconocerlo.) Ir a una huelga no me alimenta pero plantar oportunidades, regarlas con atenciones, cuidarlas con esfuerzo... eso sí que me da esperanzas, se me llenan las ilusiones de que hay, en algún lado, de algún modo, un otras maneras para otros resultados.
Y terminado mi rollo, ahora te pregunto. ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer a partir de hoy?
1 comentario:
Haces una gran reflexión...que recuerda al soliloquio de Segismundo:¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son...
Saludos
Mark de Zabaleta
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