viernes, 30 de marzo de 2012

¿Hay alguien ahí fuera?

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Reconozco, quizás una arrogancia mía y más bien sea un creo, que no suelo meditar sobre las cosas que habitualmente se meditan a pie de cerveza, a lomos de un café o a las orillas de un menú barato mientras se hojea un periódico. Y digo hojear y no ojear porque estoy seguro que lo segundo se afirma pero no se hace, lo que nos deja en lo primero.

Todo empezó hace algo menos de un mes. Cumplí 41 años y ese día recibí el cariño del núcleo duro de mi familia, de los incondicionales, de las y los que arropan cuando hace frío, las y los que olvidas sin pretenderlo porque siempre están y casi no recuerdas que están, pero siempre permanecen. Incluso aquellos que parece que casi nunca estuvieron -gracias papá, por la visita a la nueva oficina-, fuera por trabajar de sol a sol o fuera por la partida del dominó, hasta esos también me lo demostraron. Fuera de ese círculo recibí el cariño de programas y códigos, de redes autómatas y bots binarios, herramientas digitales varias, algunos centros comerciales y hasta tiendas online allende mis fronteras de espuma y sal.

Uno se pregunta cosas. Porque no sabes si naces imbuido en el ritual de la timidez o sólo ocurre que lo tuyo es el vouyerismo más desapasionado. Observar y reflexionar suena profundo pero es aburrido. Desde acá adentro, pibe, todo se ve aletargado, ¿viste? Las palabras salen a borbotones de las bocas pero los discursos son como sonidos desajustados, incoherentes, monótonos, desafinados. Es como si la colmena temiera verse a sí misma y se arrojara en alocada carrera a los brazos de sus circundantes bailes. ZZZzzz, ZZZzzz, ZZZzzz... así somos. Parece.

Esperar honradez, honestidad, buena fe, palabras cumplidas, deseos sinceros, humildes miradas, paciencia aguerrida o sinceridad confesa es algo parecido a esperar a ser feliz para cuando toque el boleto premiado. La gente se muere todos los días, y un día yo también seré gente y espicharé el hocico, postergando su felicidad para cuando llegue ese boleto de la fortuna.

Y la cosa es que siempre habrá quien venga a pinchar las ruedas de tu autoestima, vaciar el depósito de tu confianza, reventar los manguitos de tus ilusiones. Siempre habrá quién pretenda desenchufar tu entusiasmo de la energía que por el derecho del polvo que tus padres echaron, te pertenece. La cosa es así. Aprendieron a medrar medrando de los que medran con su arte o con su empuje. Y coño, vaya por Dios o por el Diablo, que no hay quien carajo les quite la costumbre. Siempre mamando de la vitalidad ajena.

Yo, como estoy hasta los cataplines (o hasta las escalinatas, según la propuesta de mi corrector ortográfico) de observar y esperar, creo que voy a optar a probar un tiempo por el hacer y la acción, verbos afines pero no iguales que cuando se lían echan unos casquetes impresionantes y engendran una suerte loca. Porque como dice Martini, la suerte, al fin y al cabo, es una actitud. Voy a optar por recordar, demostrar y agradecer a los que de verdad, no dicen que me aman pero lo demuestran con cada pequeño gesto, a cada momento, sin yo pedirlo ni requerirlo ni esperarlo ni exigirlo.

Sí, voy a optar por ese esfuerzo en dar honradez, en cumplir con honestidad, en actuar de buena fe, en comprometerme con la palabra dada -pese a mi ajado, sonado, acostumbrado y famoso despiste-, en desear con sinceridad, en mirar sin avasallar, en apretarme lo que cuelga antes de perder la paciencia y en regir mi boca por la regla de la sinceridad -sin que por ello, la tal Since se convierta en un arma arrojadiza-. Lo voy a probar, y con ganas, porque de tanto observar y analizar el mundo, conseguí que no conseguí nada o que nada cambiara. Nada cambió a decir verdad. ¡Y mira que me quejé con ganas y a grito pelado! Pero como yo no me moví de lo que era, el mundo tampoco lo hizo. Se tapó con sus cerúmenes y ni caso, oiga.

Pero de esta manera, con mi nueva apuesta, quizás, lo que cambie sea otra cosa, dentro de esta amasijo que me va trasladando de un sitio a otro. A buen seguro, eso estoy descubriendo, la vida se me llena más, se me rebosa por todos lados. (A veces tengo mis momentos de vuelta pa'trás, todo hay que reconocerlo.) Ir a una huelga no me alimenta pero plantar oportunidades, regarlas con atenciones, cuidarlas con esfuerzo... eso sí que me da esperanzas, se me llenan las ilusiones de que hay, en algún lado, de algún modo, un otras maneras para otros resultados.

Y terminado mi rollo, ahora te pregunto. ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer a partir de hoy?

domingo, 18 de marzo de 2012

NexWorking, repensando el coworking

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¿Cuántos espacios de coworking caben en una isla de 800.000 habitantes, con unos 150.000 visitantes turistas de promedio, cada día, pateando nuestras playas? ¿Habrá sitio para uno, para dos, para tres... podremos vivir 5, 6, tal vez 7... o para ninguno? Es una interesante reflexión a realizar en este preciso momento, cuando aparece un nuevo espacio de coworking en Tenerife, como están apareciendo tantos otros en el ámbito nacional e internacional, tanto europeo como norteamericano (dónde, por supuesto, es ya una tendencia asentada).

Yo ya era coworker antes de saber qué esa palabra existía (espero que se me permita la licencia y la arrogancia). Mi forma de imaginar la empresa ideal, el entorno de trabajo que me querría disfrutar como profesional independiente, está centrada absolutamente en el concepto del coworking. Esto me lo hizo ver con claridad Ángel González, un magnífico profesional y uno de los dos pies de Coworking Nomad, el primer espacio creado en la isla, en una improvisada conversación el pasado verano. Y es lo que experimenté en espacio COworking, aparecido poco tiempo después, durante mi breve estancia de tres meses allí. No viene al caso por qué mi admiración por los gestores del primero y mi experiencia en el segundo, porque son de esas circunstancias de la vida en las que tú, más que decidir y escoger, simplemente te dejas llevar por las circunstancias y entras en modo aprendizaje intensivo.

Ahora no soy coworker sino nexworker.

Así, como quien no quiere la cosa, nos sacamos un término de la chistera, con una sincera sonrisa en la cara, lo vinculamos a la marca del grupo empresarial que lo acoge, nexboreal, y lo enmarcamos dentro de una idea, el coworking como punto de encuentro, como nexo, como herramienta para sacar al tradicional y manido networking de los eventos de fin de semana y llevarlo al día a día.

Y así nace nexworking.

Un coworking en Tenerife, un lugar que es un motivo para encontrarnos, para trabajar juntos, para buscar soluciones unidos en un frente común, con un objetivo claro y directo: crear oportunidades. Trabajamos intensamente, de sol a sol, con pasión y divirtiéndonos porque creamos oportunidades para nosotros y para quienes nos rodean, para cada persona que entra por esa puerta que tengo ahora mismo frente a mí y que siempre está abierta de par en par.

No vamos a robar los clientes a nadie, ni a unos ni a otros, porque aquí no tenemos clientes, cultivamos amigos y con nuestros amigos, hacemos negocios. No hacemos contraofertas ni bajamos los precios. Así que a nuestros amigos de antaño, a quienes nos conocieron de otros espacios, un mensaje de tranquilidad, las manos abiertas y con las palmas hacia arriba. No hay que desgarrarse las vestiduras sino trabajar juntos para sacar de la penumbra una nueva forma de ejercer una profesión freelance en la que no competimos sino que coopetimos. Una de esas palabras que aprendí el pasado verano y de la que, ahora, estoy absolutamente seguro, nadie puede apropiarse.

nexboreal no hace coworking, como ya he dicho; para nosotros es un medio, una herramienta, un punto de encuentro, un facilitador. La empresa, realmente, es un proyecto dedicado a resolver necesidades y aportar soluciones en el mundo profesional y empresarial. No busca mega-proyectos ni inversiones multimillonarias, prefiere a los emprendedores, a los idealistas, a los que luchan por salir adelante, a los que fracasan, aprenden de su fracaso y vuelven a intentarlo.

Y todo esto, esta filosofía profesional, nos está llevado por un camino que no esperábamos, que descubrimos cada día, con cada centímetro de vida que ponemos en estas mesas y estas sillas con absoluta pasión y felicidad. Es a lo que nos dedicamos realmente, es el marketing de experiencias, es hacer GRANDES COSAS a través de pequeñas cosas, es buscar la Excelencia en todo lo que haces.

sábado, 17 de marzo de 2012

Para qué sirve la innovación... aquí o donde fuera

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Hay muchos tipos de innovación, todos admisibles según el patrón de clasificación y el clasificador que los detalle y enumere. Para este artículo me referiré a tres tipos: la innovación teórica, la innovación promovida desde lo púbico público y la innovación práctica.

La innovación teórica es... bonita. Es aquella que se define y enmarca en elaboradas frases, paráfrasis y otro tipo de figuras literarias, a cada cual más enrevesada pero bella en su uso. Libros y teóricos de la innovación los hay a puñados. Viven de eso, es su trabajo. Son como los ex-concursantes del Gran Hermano, que no son periodistas y pocos alardean de profesión conocida o definible, pero ahí están, marcando el ritmo del espectáculo. Pues lo mismo.

Para innovar, en teoría, sólo hay que tener claros los conceptos y las subvenciones que se publican -o publicaban, que aquellos tiempos ya se fueron- y ser espabilado empatando ambas cosas. La innovación teórica sirve -o servía-, por ejemplo, para justificar la implantación del sistema de calidad que estuviera de moda, obtener un bonito sello del certificador de turno y pagar, en realidad, el furgón de la empresa. Y en algunos casos, hasta rotularlo de vivos colorines con el correo electrónico corporativo (estoy_salido77@hotmail.com, por poner un ejemplo, inventado, pero cercano a un par de realidades).

La innovación promovida desde lo púbico público es la que sirve para justificar el gasto de los presupuestos y que te inviten a desayunar por las mañanas. Un conjunto de personas -respetables- que se sienten seguras en sus puestos de trabajo, con horarios cómodos y sueldos más que dignos, que organizan todo tipo de chiringuitos vinculados a la innovación y en los que, mayoritariamente, asisten, no personas que necesitan innovar sino aquellos que, o bien están convencidos de que hay que hacerlo pero buscan un día de asueto, o bien personas que buscan que las contraten para implantar innovación... al menos teórica.

A los chiringuitos púbicos públicos de innovación se suelen traer figuras estelares allende los mares que vienen a contar lo que nuestros ingenieros, técnicos, marketers, programadores y demás profesionales de nuestro ámbito ya saben. Porque una cosa tengo clara -y de la que nuestro chauvinismo inverso no me hará dudar-, es que nuestra gente, como mínimo, están a la altura del resto de profesionales nacionales. Y digo como mínimo porque lo que realmente creo es que muchos están muy por encima de la media nacional. Ahí queda eso.

Rara vez -nunca en realidad- descubren los actoresss de turno, los de primera fila, una gran verdad, dictan una gran regla para el éxito, descubren alguna técnica que mejore la eficiencia en la rentabilidad de una empresa que no fuera conocida antes o aportan, realmente, algo nuevo. Pero hay que estar allí, porque te enteras de lo que está haciendo tu competencia más cercana -comúnmente llamado echar la meada en patio ajeno-, tienes la oportunidad de hacerte la afoto y, con suerte, caer en gracia y crear alguna oportunidad de negocio.

Pero, porque hay peros y además positivos, frente a todo esto, podemos optar por la innovación práctica. La innovación requiere cambio y, como todo psicólogo te podría confirmar, el cambio siempre produce rechazo porque implica abandonar las zonas de confort. Es decir, pasar de un entorno seguro, seguro por conocido, a otro desconocido y, por desconocido, origen de temores y miedos.

Estos purgatorios organizativos están compuestos por todos aquellos hábitos que definen el funcionamiento práctico y real de una empresa -no esos teóricos que nadie cumple y que figuran en manuales, memorandos y demás cosas fotocopiadas hasta la saciedad-. Muchos de estos hábitos inamovibles llegaron a la empresa porque una vez alguien que está o estuvo en la organización, vio en la televisión, leyó en el periódico... u oyó en un evento púbico público de innovación... algo que le resultó interesante.

Y como de atrevidos el mundo está lleno, el susodicho se dio cuenta que, por ejemplo, tener (cuando debiera ser usar) correo electrónico era bueno. Y como era bueno decidió abrir una cuenta en hotmail, pero como por las noches también lo usa -o usaba- para sus cosas, pues de ahí lo de estoy_salido77, que como ya se enviaron algunos presupuestos, así se quedó y así acabó rotulado en la furgoneta que pagó con la subvención para implantar un sistema de gestión de calidad.

Innovar no es darse de alta en todas las redes sociales, las habidas y las por haber, pero sí es, en realidad, analizar dónde están tus clientes, usuarios o consumidores, los actuales y los potenciales, en los entornos virtuales, y generar presencia allí, en esos nodos, reforzando tu branding, escuchando, aprendiendo y utilizando esa información y esa retroalimentación a tu favor, generando nuevas oportunidades para incrementar tus conversiones.

Innovar no es solicitar un bono tecnológico porque un amigo te pide un favor -que con lo que te dan, ya lo pagas (lo que corresponda) y el resto ya lo arreglamos-. Que dice él que te hace una tienda en Internet, cosa que en realidad te trae al pairo... con todo el trabajo que tienes, encima una tienda en Internet... pero los amigos son los amigos. Y tú firmas.

Innovar sí es analizar tu clientela y evaluar el potencial de la venta online, valorar el potencial de ampliar el ámbito geográfico de tu mercado y marcar el objetivo de incrementar tus resultados un tanto por ciento lo suficientemente significativo como para justificar el esfuerzo de esa tienda en Internet.

Innovar no es pagar tantos miles de euros a un asesor allende los mares por un sello de calidad cuando en realidad los protocolos, los manuales, los procesos, la evaluación y la retro-alimentación te la sudan.

Innovar sí es evaluar con sentido común y eficacia cada procedimiento actual y cómo interactúa con el resto de los procesos que se ejecutan en la empresa para, echándole cabeza, creatividad y ganas, buscar maneras alternativas, no sólo más eficaces, sino más eficientes para la organización.

Y, como para mí, esa es la innovación práctica, yo, lo que querría, tal y como están las cosas hoy en día, es que los que tienen el presupuesto para la promoción de la innovación desde el ámbito púbico público contratasen a los que se dedican a vender innovación teórica, no para que suban a un altar a evangelizar a los ya creyentes -¿qué dichoso mérito tiene eso?-, sino para patear la calle, PYME a PYME, dando un soporte orientado a la innovación práctica, a mejorar la eficiencia (la relación entre los recursos y los resultados), a desarrollar una actividad real que permita generar nuevas oportunidades de negocio. O al menos oportunidades para sobrevivir en el mercado.

Sé que mis deseos son de difícil cumplimiento, porque los innovadores teóricos viven muy bien en su nube. Lo único que tienen que hacer es estar a la última en cuestión de siglas y acrónimos, tener habilidad para verborrearlos allá donde pasen y ese curioso don para dejar impresionados a los miran. Y desde lo púbico público no creo ni considero que tampoco se esté por la labor, porque si no, ¿cómo se justifican los presupuestos de cara a las próximas elecciones? ¿Cómo me posicionaría yo, desde lo púbico público, utilizando recursos púbicos públicos, en un sector, si tuviera que emplear las perritas de la caja en una labor práctica, real, pero anónima?

Así que , como máximo responsable de tu empresa, porque te va en ello el futuro de tu vida, tu familia y tus empleados, mediría muy bien entre invertir mi dinero en lo teórico, invertir mi tiempo en lo púbico público, optar por no hacer nada... o echarle cabeza, creatividad y ganas e implantar una cultura de innovación práctica y continua.

Si haces esto último, sea donde fuera que te lleve el camino, el éxito siempre estará al final.

domingo, 11 de marzo de 2012

¿Y tú, cueces amistad o enriqueces el bolsillo?

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Y que no me entienda mal la lectora o el lector despistado que llega hasta estas frases porque no soy un santo, varón sí, pero no santo. Un tipo normal al que le gusta sentirse útil y ganar dinero. Como la mayoría. Pero no santo. Así que queda dicho, va por delante que yo, también, quiero enriquecer mi bolsillo. O como suelo decir, ganar dinero para no tener que preocuparme por el dinero.

Ahora bien, hablemos de prioridades. ¿Cuáles son las tuyas? Seguro que igual a las mías, y sin que esto pretenda ser un juicio de valor hacia nadie, para ti y para mí, son las personas. Y, además, organizadas en círculos, como en el Google+. Pero las personas antes que el bolsillo, al menos aquellas que se ubican en esos círculos concéntricos, el familiar, el personal, el profesional, el vecinal y todos los que deseemos añadir.

Sigo pensando que no hay tanta gente mala como se pretende. O al menos no tanta como nos pretende hacer creer El Mundo y sus agrias lenguas a sueldo. Lo que sí hay, eso creo, son personas con distintas prioridades y con distintas interpretaciones de la parcial realidad que observamos a nuestra vera.

Y en ese elenco de afinidades y preferencias están los que, ante todo y frente todo, anteponen el enriquecimiento de su bolsillo por delante del bienestar ajeno, aún incluso cuando la amistad, eso que supuestamente ellos definirían por relación mutuamente constructiva entre adultos, haya de ser sacrificado, o puesto en entredicho, o reinterpretado bajo su dudoso diccionario.

Son los tradicionales tacaños, los agarrados, los miserables, los avaros, los muertos de hambre -que se suele decir en mi barrio, en una curiosa antinomia-. Un tipo de persona que no arrima el hombro sino la bolsa, y no para sacar sino para llenar. Es como aquel que va a las romerías para que le den de comer, aunque tenga la despensa llena. O como aquel otro que se apunta a todo tipo de cosas, para ver que le regalan, aunque todo merchandising que pilla acaba finalmente en el cajón de las cosas dispensables -y no es un error ortográfico-.

Las personas así sólo piden. Pueden disfrazar sus exigencias en sonrisas y buenos modales, pero son de ese tipo en el que las comisuras no acompañan al gesto y uno adivina, intuye, cierto engaño, cierta actitud de vende-mulas-viejas detrás de esos ojillos entreabiertos. La mano extendida mientras tanto acentúa las sospechas.

De estas yo he conocido unas cuantas. Y, vaya por delante lo arriba afirmado, aún así no las tacharía de malas. Sí de torpes. O breves en su inteligencia. Tan breves como un mal café. Simples, o simplones que dirían mis hermanos canarios de la otra isla, pero por naturaleza, por genética, porque no les fue dado, se ve, nada más allá de su codicia. Otra explicación no le veo.

Ver a quién es tu amigo pasar penas, sacrificios y sufrimientos y obviar tu obligación en honor a esa -al menos supuesta- amistad y cariño, ni tan siquiera dar calor a sus anhelos, color a sus pocas alegrías, ánimo a sus escasas fuerzas, algo que no cuesta dinero, que no supondrá sacrificio alguno a la cartera, barajando excusas no dichas pero si obvias, haciendo como si no se viera lo evidente, o no se viera nada, como si no ocurriera nada bajo los pies, mientras el mundo ajeno pero muy cercano de los que dices querer o respetar o admirar o necesitar, se derrumba, desde luego, te hace ganador de muchos calificativos, pocos de ellos de la estantería de los agradables.

Los codiciosos tienen eso. Sólo se ven a sí mismos y sólo ven fuentes de ingresos donde debieran ver personas. Todo y todos son recursos a poner en explotación. Importa poco quién pase necesidad si el resultado es que su bolsillo se llena. Poco valor tienen sus súbditos, sus empleados, sus clientes, sus votantes... o sus amigos. Al fin y al cabo son sólo eso, personas. Y las personas no caben en los bolsillos ajados. Las monedas sí.

Yo, con permiso de éstos, sin dejar de ser un tipo normal, un tipo cualquiera, seguiré con mi rollo, con lo mío, dando valor a las personas, aún metiendo la pata o cometiendo errores, por mi parte quiero decir. Es lo que me hace humano -eso dicen-. Supongo que tú, como yo, harás lo mismo. Y a ellos, los tacaños, pues... el tiempo dirá. Al final, todos los bolsillos acaban teniendo agujeros.