Pongamos por delante que ni psicólogo ni coach ni nada de nada. Un particular que pasaba por allí. Un ciudadano que un buen día le dio por nacer y aquí está, escribiéndote a ti, querida lectora, estimado lector, que por aquí paseas tus ojos.
Sé que, como buen signo de agua, además de una enorme capacidad de adaptación, guardo en mi catálogo de particularidades la de estallar en tormenta o la de permanecer en absoluta calma, todo en uno. El elemento vital de la vida tiene eso y sus espejos, para aquellos crédulos de la metafísica -yo el primero-, imitan esa propiedad. Todo en uno.
Pero indistintamente de mi personalidad, de lo que sienta o quiera o espere, de los subidones de energía cuando algo sale a pedir de boca o de aquellos otros días en los que te haces la pregunta, esa de para qué me levanté, lo cierto es que un carácter positivo funciona. Por sí mismo, aunque tú no quieras o los que te rodean te tilden de inocente, simple, ignorante... Pon tú el calificativo.
Poco importa. A cada día que pasa la observación y la intuición me estampan en la cara una hermosa realidad. Aquellos que viven y se esfuerzan por mantener un carácter positivo, constructivo, colaborador, eficiente y tenaz, pese a todo, pese a sus momentos más difíciles, se les va dibujando una sonrisa en sus facciones que, entre otras cosas, contagia, hacia fuera y hacia dentro. Y lo sé no sólo porque lo experimento, sino porque tengo varios ejemplos a menos de un metro de mí durante muchas horas al día.
Cuando decides sonreír al destino, parar tu reloj apresurado y reflexionar, buscar alternativas, afrontar problemas con opciones y soluciones o asumir situaciones (porque cuando no hay lo segundo -soluciones- tampoco existe lo primero -problemas-), no sólo tu actitud cambia. Tu mente se agiliza. Al centrarte en las alternativas entras en acción más rápido, eres más flexible a los cambios y te sientes más satisfecho al no permitirte caer en la lamentación, la queja y el llanto.
Y tu estado de ánimo no es lo único que mejora con el positivismo, con la actitud de hacer-algo en vez de esperar-a-ver-qué-pasa, sino que genera una ola de buenas sensaciones a tu alrededor. ¡Es contagioso! Le pese a quién le pese.
Lo digo por experiencia, no porque sea un ejemplo. Sé que siempre es una cuestión de cómo posicionas tu maquinaria emocional con respecto a tu entorno. Y dependiendo del posicionamiento que escojas, no sólo tú te adaptas al entorno, el entorno reacciona contigo. Lo sé porque cuando tomo las riendas de esa maquinaria, funciona. Da lo mismo la opinión ajena. Simplemente, funciona.
Tengo a mi alrededor personas magníficas, especiales, únicas, desde mi propia familia, pasando por mis compañeros de andadura y proyectos, hermanos ya, y llegando hasta los amigos, los de siempre, los distantes y los nuevos. Pero sólo cuando quiero verlo, esa maravillosa colección de personas se hace presente en una dimensión que es difícil de explicar, aportando todo lo mejor de sí. Una sensación de humildad te invade y todo bien que puedas devolver te parece poco.
Tengo a mi alrededor todo un mundo de recursos, de opciones, de posibilidades, de medios, de canales de comunicación. Pero sólo cuando decido usarlos, mezclarme con toda esa abundancia, empiezan a generar una reacción en cadena. Lo uno te lleva a lo otro. Mientras me mantengo pasivo, sin embargo, esperando a que venga alguien a ponerlo en marcha, nada pasa.
Así que no dejo de ser una persona, normal, un ciudadano, con sus cosas y sus aquellos, pero que está aprendiendo, todos los días un poco, cada día un paso más, rascando un segundo más de positivismo al tiempo que me es dado por derecho de nacimiento -el único bien real que poseemos-. Y los resultados no se hacen esperar. En ocasiones, desbordan, agradablemente.
Y no es que trate de convencerte. Pero si en ocasiones te escribo por desahogo, creo que es meritorio, exigible y recomendable que también te cuente todo lo bueno que hay a mi, a tu, alrededor. No depende de nadie ajeno a mi, a ti, el verlo. Sólo de nosotros.
Un beso para ellas, un abrazo para ellos.
miércoles, 23 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
Cuando el enemigo está en casa
Lo bueno de un blog personal es que, por lo general, no lo leen las personas que uno quisiera o contra quien uno carga las agujas del teclado. Funciona muy bien como un mecanismo de desahogo. Lectores fieles o esporádicos se acercan por tu rincón, te leen con una santa paciencia que no tiene precio y, en ocasiones, veo comentarios.Pero de una manera u otra creo que no me equivocaría si afirmara que quienes escribimos un blog, aunque aspiremos a ser leídos por cientos de miles de ojos, lo hacemos en realidad por y para un entorno no muy lejano. Y hoy mis letras, quizás más que nunca, aunque no la primera vez, van ametralladas contra los enemigos de casa.
No, que no haya confusión. No hablo de casa en el sentido de hogar o de familia, sino de empresa y de profesión, de proyectos y de esfuerzos. En cierta manera, son tantas las horas dedicadas a la labor de hacer cosas, empeñar esfuerzos, a cambio de unas dignas retribuciones, que puede asegurarse que eso, el sitio, también es tu casa.
Uno siempre espera encontrar barreras en todo proyecto que emprende. Parte de la sinergia negativa de cualquier mercado es el rechazo de los que en parte, en todo (o en nada pero creen que sí) ya están posicionados. Lo que ya es incomprensible, inaudito, abrumador en ocasiones, es encontrarlos en casa, en tu casa, en tu proyecto. O en los círculos aledaños. O detrás de las disfrazadas buenas intenciones de las declaraciones más halagadoras (palabreja que casi escribo sin su h).
Aunque no comparto según qué maneras de competir -la fundamentada en el descrédito, sobre todo, cuando otra cosa ni otra vía queda- entiendo que en la viña haya de todo. No es que crea que sea uva de primera, más por un (tal vez) exceso de humildad (no sé si de la buena o de la pichi-pocha) que otra cosa, pero asumo de buena gana -pese a no entenderlo- que, digamos y por citar algún ejemplo, tenga que convivir con el crítico que no acepta crítica, con el moralista que no tiene moral, con el evangelizador que no transpira en su piel aquello que promulga, con el que exige cumplir lo que nunca cumple al exigir... en fin, lo habitual. Que perfecto no hay nadie y el que había, emigró. Pero...
¿Zancadillas en tu propia casa? Eso sí que es inaudito.
No creo que haya nada más desmoralizador que la postergación, la desgana o el desinterés enquistados en un proyecto. Uno puede pasar por sus altibajos, sus momentos zen (delante del funcionario de turno) y su momentos soldado de Troya (delante del político de cuernos), sus momentos verano azul (no nos moverán) y sus momentos ¡argh!, pero al final, basta una sonrisa cómplice en ese compañero de fatigas que no falla nunca ni aunque esté peor que tú -la procesión siempre va por dentro-, un comentario irónico que te pone frente a frente con tus propias miserias y provoca una carcajada que tiene por objetivo destruir ese orgullo dañino que se empecina en enfermarte, para solventar el asuntillo, el mal humor y convertir cualquier cosa, porque nada tiene tanta importancia, en lo que es. Un punto y seguido más.
En realidad, ninguno de esos momentos son malos por sí mismos, son situaciones puntuales, de las que se aprende, constantemente, que te endurecen, te hacen fuerte, más grande, más seguro, más humilde. Te hacen entender que, efectivamente, eres buena uva porque no eres uva de primera. No hay nadie, absolutamente nadie, que haya crecido sin errores (lo que sí hay es alguienes que no crecen ni aún sin ellos, si pudieran evitarlos).
Pero los goles en propia puerta... eso sí que... vaya que... hay que tenerlos... asín (lo siguiente a la susodicha palabra mal escrita es un gesto que no puedo describir).
El desinterés y su hermana la desgana son dos enfermedades graves en cualquier proyecto y se espera de cualquier líder que sepa extirparlos antes de que se propaguen como la mala ostia que se te pone cuando lees El Mundo o ves su telenoticias abriendo con un buenas noches sufrido ciudadano (mala lengua la del Cuestas). El desinterés y la desgana provocan que tus colaboradores sólo quieran afrontar aquello que más les guste o aquello que les resulte simple o que les apetezca hacer, como si en la tripulación de un navío uno pudiera hacer o dejar de hacer según le pace (como a los caballos) y esperar, además, inocente, que el barco haga buen rumbo. Hay que ser ingenuo.
Pero la postergación, ¡ay, la postergación!. Si lo otro era grave, la postergación puede ser mortal. El retraso constante, insistente, persistente... podríamos definirlo como... no, esa palabra no, que hay que ser educado. ¿Qué te diría yo? Mmm. Pon tú el insulto o la palabrota que mejor te cuadre.
Y no es sólo la postergación sino sus inevitables consecuencias. Con la postergación vienen las cancelaciones, la mala prensa, el desprestigio, el tirar por el retrete el esfuerzo de meses o de años, el derroche de las inversiones a causa de las reinversiones, las tensiones, las fricciones y todos los -ones que se te ocurran. Tú los pones, sírvete, de nuevo.
Así que, para concluir con este largo delirio noctámbulo, si te embarcas en un proyecto que te ilusiona, que te apasiona, que te hace feliz pese a 12 horas de trabajo diario, que te permite conocer a gente maravillosa, que te regala la oportunidad de hallar el valor de la amistad, del compañerismo, que te premia con risas, carcajadas y buen humor a raudales... y en uno de los recovecos del camino se embarca un fan de la desgana o el desinterés (mi abuela los llamaba... como los llamaba), déjalo en el primer puerto que encuentres.
Pero si tropiezas con un postergador, si no fuera porque está muy mal visto por los ecologistas y penado por el Ministerio de Medio Ambiente envenenar a los tiburones, yo te propondría que sin mayor dilación lo pasaras por la tabla, le pincharas el culo y lo arrojaras al mar... con un saco al cuello donde cargue y se lleve al fondo de la fosa más profunda del mar de los emprendedores todas sus puñeteras excusas.
Porque de no ser así...
Temas:
comunicación,
innovación,
reflexión
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