A la atención de cualquier político que pase por aquí, honrado
o sinvergüenza, igual da. Gracias por su tiempo en leer.
Estimado/a Sr./a. Político/a,
Soy un ciudadano cualquiera, 41 años, hombre, casado, con hijos. Vivo en Tenerife, soy canario. Pero no me siento lejos de ningún sitio. Como muchos millones de residentes en España tengo mi hipoteca, varias cuentas en varias cajas (siempre fui de cajas y muy reacio a los bancos), poco cash y con una economía del tipo las gallinas que entran por las gallinas que salen, como le diría el gran José Mota.
Si acaso le interesa mi ideología o mi tendencia política, por aquello de que a los correligionarios siempre se les atiende de otra manera, le diría que podría definirme como liberal y como progresista. Sí. Podríamos decirlo así. Mi ideología se llama sentido común. Mi gran objetivo en esta vida es la felicidad de mi familia y la de aquellos a los que pueda aportarle un algo que haga de sus vidas, algo más hermoso. Buena gente, como (casi) todo Cristo que conozco.
Si me atrevo a definirme así es porque me parece que este país está excesivamente administrado y abrumadoramente legislado. Soy consciente de que mamamos profundamente la herencia latina y greco-romana. De esa cruz no nos libra nadie. Pero oiga usted, qué quiere que le diga. Las normas, los impuestos, los reglamentos, las obligaciones, los indirectos y los paralelos... me ahogan. Es más, tengo la sincera opinión de que ahogan a la comunidad en su conjunto, a todos aquellos que me rodean. No dejan respirar a la sociedad civil, no le permiten crecer ni autoregularse.
Usted se preguntará por qué le cuento esto y qué tiene que ver con usted. Verá, en el fondo lo sabe. Esta situación de ahogamiento público sólo tiene un motivo, sostener un complejo entramado de intereses personales sustentado por eso que usted llama partido político. Unos oscuros entramados tejidos con favoritismos, justificado en ideales endebles, donde medra aquel que mejor repita el catecismo de turno y que mejor apuntale a los secretarios generales que toquen en suerte. Noooo, no, no. No me venga con ese cuento, no me venga con la tontería de que prefiero dictaduras a democracias. No sea necio que sabe que no quiero decir eso.
Sí, sí, sí. No me mire con esa cara de incredulidad y ahórrese sus argumentos. Estamos en privado. Nadie le ve. Y sabe de aquel caso, de la sobrina inútil que se contrató en, del hijo mimado al que se le facilitó el, del marido gandul que se le hizo hueco donde, de la esposa adicta a las compras que se le puso de asesora cuando... De eso, municipios y autonomías y todo tipo de administraciones intermedias, están llenos. Y de los favores de campaña pagados a través de la figura del asesor; de los ineptos del partido, sin otra profesión que la política, sin conocimientos técnicos definidos, metidos a gerentes, a directores generales, a vice-algo... Casos, son miles.
Pero claro, la vaca se secó. Las riquezas públicas se exprimieron tanto que no sólo se gastaron... se despilfarraron... los euros, también las pesetas que quedaban escondidas debajo del colchón. Y ahora ya no hay más. Pero yo, y toda esa gente que no vive de la teta de la vaca pública, heredamos una pesada carga, interminables e incomprensibles tramas burocráticas, contradicciones administrativas varias. Y muchos edificios que mantener, muchos gastos comunes que pagar, muchos sueldos públicos que sostener, muchas pensiones vitalicias que justificar.
Yo le pediría, con sencillez, con humildad, por el derecho que me da mi voto, que usted sea consecuente. Mire, verá, se lo voy a explicar. Si su hijo no puede ser enganchado a algún instituto público de algo o si el responsable de prensa en campaña no tiene hueco como asesor del consejero, pues oiga, no hay hueco. A joderse y a buscarse la vida, como todo dios. Y si no puede sustentar o crear nuevas empresas públicas para pagar favores, pues no se crean y no se pagan. Que curren los funcionarios de carrera, que para eso están ahí, joder, que no se han ganado un derecho vitalicio a vivir del resto de los ciudadanos.
Y basta ya de los excesos, de 90 parlamentarios (y quieren unos cuantos más) y de 100 senadores que no sirven para nada y de las asignaciones y subvenciones a partidos y sus fundaciones y a los sindicatos y a las patronales. Aquí, que quien quiera teta, que cuide su propia vaca. ¡Qué ya está bien! Paga más Angelito, paga más IVA (o IGIC) y paga más IRPF y paga más en los combustibles y paga más en el butano y paga más en la contribución y paga más en el rodaje y paga más en la basura y paga más en la luz y paga más en el agua y paga más. Como sea, pero paga más Angelito.
Hombre, ya que recortan ayudas y subvenciones y meten tijeretazos aquí y allá, por necesidad, porque a la vaca no le queda leche ni para un yogur, al mismo tiempo que nos piden más dinero y más esfuerzo, no estaría de más que usted mismo, y sus compinches, o compañeros, actuaran por una vez con responsabilidad, que lo mismo gestionan 40 parlamentarios que 120. Que no hacen falta tantas fundaciones. Que usted y yo sabemos que las fundaciones se crean para eludir los controles de las intervenciones públicas.
Así que, ahora que a usted no le ve nadie, que está leyendo esto en la intimidad de su despacho, un despacho con sillones de cuero, un despacho con una obra de arte de 3.500 euros colgando de la pared, un despacho de roble macizo, o quizás en su casa, en esos 140 metros cuadrados que muchos españoles no pueden ni soñar tener, le pido, que por una puñetera y jodida vez, piense en los demás y olvide favores y partidismos.
Que por una puñetera y jodida vez olvide el y tú más, deje de lado ese partidismo y sus eslóganes aprendidos y piense en lo que de verdad es su trabajo, su verdadero trabajo, gestionar lo público, lo que es de todos. Que por una vez deje de justificar su presencia con burocracia inútil y con complejos e insidiosos procesos administrativos que ni usted entiende. Que por una vez piense en el bien común en vez del bien del partido o de su secretario general. Que por una vez tenga claro que el dinero que usa no es su dinero, es el de todos. Que por una vez asuma que los votos no le dan ningún derecho, más bien al contrario, depositan sobre sus hombros una enorme responsabilidad. Que no es usted mejor que el resto de los ciudadanos. Que sus hijos no tienen más derechos que los míos.
Por una vez, olvídese de que es político y haga Política de verdad. (Y a ver si tiene lo que hay que tener para leer esta carta y hacerla pública. Es más, a ver si tiene lo que hay que tener, responsabilidad, para responderla.)
Esperando haber tocado, al menos un poquitito, su dudosa conciencia, se despide atentamente,
Ángel Cabrera,
un ciudadano.